La columna de Miguel Guerrero

De verdades y posverdades

De un tiempo reciente a esta parte, en el mundo hispano parlante se ha extendido el uso de la voz “posverdad”,  hija bastarda de la inglesa “post-truth”, aunque podría  apostarse doble contra sencillo que muy pocos sepan qué  se quiere decir con ella. Ahora que la Real Academia  Española (RAE), de labios de su director, Darío Villanueva, ha anunciado la inclusión del término en la próxima edición de su diccionario, cabe esperar una explosión de su uso a nivel local, especialmente en los medios y en las tertulias de intelectuales. Como toda novedad, el término  tiene un aire aristocrático y su empleo en las conversaciones y en ciertas escrituras dará a quien se lo apropie alguna apariencia de erudición, falsa por supuesto.

Diarios españoles han anticipado que “posverdad” sería definido en el diccionario de la Lengua Española como el vocablo relacionado a “toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público”,  pero como todavía la Academia no ha definido con total claridad el significado de la expresión  habría pues que esperar la próxima edición del diccionario.  Mientras, dudo mucho que su uso entre nosotros, como a menudo ya escucho, tenga conexión con el contexto en que se emplea.

Lo cierto es que la idea que se intenta reflejar en la expresión no entra en todas las cabezas y su uso, por lo menos en la política, habrá de crear más confusión de la que necesitamos en una actividad que a diario nos aleja del entendimiento. Para los que tienden a complicar las cosas, posverdad vendrá siendo algo así como la verdad que aún no llega y por la que hemos estado esperando desde la fundación misma de la República. De manera que ya uno puede comenzar a imaginarse el enredo que la Real Academia nos traerá  cuando en el Congreso, tribunales y salas capitulares la posverdad  nos separe de las verdades reales que necesitamos.

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