Al amanecer

La lujuria de los hombres serios

La frase lapidaria sin signos de interrogación persistió en la sociedad dominicana del siglo pasado y en lo que va de la actual. Ni siquiera Heródoto, padre de la historiografía, ni Tucídides, pontífice del rigor histórico, han podido definir lo que en nuestra cultura se puede calificar como un hombre serio. Incluso hasta Diógenes en las calles de Atenas tuvo sus dudas sobre las virtudes de la seriedad del hombre.

¿Puede un hombre ser tal sin ser serio? ¿O ser serio sin ser lo otro? ¿Se conjuga una con la otra? ¿En qué consiste eso? En los titulares de diarios, impresos y cibernéticos, se aplica a diario el sustantivo a “humano, animal, mamífero dotado de razón, lenguaje y memoria conscientes”, sin importar si es ladrón, pedófilo, feminicida, asesino, resentido social, tahúr de cuello blanco, psicópata o pelafustán.

El adjetivo de serio, corresponde a persona formal, cumplidora, sin engaños, sin disimulo, trascendente y digno de consideración. De manera que conjugar ambas virtudes y servicio en una sola persona, con nombre y apellido, constituye una odisea. Para unos en el tope del pico Duarte; y para otros, en un brindis en el malecón, rodeado de féminas con glúteos y senos protuberantes detrás de una billetera.

Hallar hoy día un hombre/mujer con las cualidades necesarias del serio en la media isla, cuesta un ojo y la mitad del otro. No porque no los haya, sino porque no abundan. Lo que pulula es un tipo cachondo, caprichoso, rápido con la muela. Blindado con todas las artimañas y ardides, con maestría o doctorado avanzado en astucia, engaños y enredos; taimado y bribón, entre otras indelicadezas, dado al dinero y a la vida fácil.

No son las “víctimas” de Odebrecht, ahora en vacaciones provisionales en Najayo-hombres. Ni tampoco el panel de notables –no digo hombres serios– que durante seis meses analizó a fondo los procesos de licitación y contratación de la gloriosa Punta de Catalina, para concluir que todos los procesos se hicieron “por el libro”, salvo algunas “cosillas”, que suelen ser peccata minuta. ¿Quién está libre de pecado?

El dolor de cabeza y de bolsillo llega con empleados domésticos, choferes, plomeros, ebanistas, carpinteros, electricistas, albañiles, inquilinos, y otras especies de “hombres serios.” Ni hablar de algunos políticos, abogados, empresarios y religiosos, padres de familia con tinte mafioso, por si acaso, a la hora de incumplir lo prometido, la deuda o la palabra empeñada, con la amenaza solemne. La virtud no es sólo de pícaros.

El Estado es el mejor reflejo de ello. Eso es lo que somos, de por sí complicados y tramposos. Se funciona con una hermenéutica de leyes y costumbres dignas de un mundo liliputiense, pese a los esfuerzos de avances de múltiples sectores sociales. Mucha gente en el seno político y social está rezagada y pretende saltar de la miseria a la abundancia de un viaje, sin transición, sin medir el efecto de lo mal hecho.

Se diría que los hombres serios se acabaron. O quedan muy pocos. La nueva era requiere la innovación práctica de la ética y de la moral. Más acción justa de las leyes escritas, de hombres y mujeres con valores para hacerlas cumplir. Más concertación social por el todo, no por la parte. Menos decadencia y antivalores. La violencia de los “hombres serios”, en todas sus variables, no puede ni debe ser el único referente.

Urge eliminar la lujuria y el culto del violento en las familias, los hogares y las escuelas. El inicio podría ser la resolución de conflictos por la vía pacífica. El Despacho de la Primera Dama, junto a otras organizaciones, labora en ese sentido y merecen todo el apoyo. El salvaje no debe continuar con el velo de “hombre serio.” Debe dar la cara y asumir sus hechos, llámese Lazarillo de Tormes, Bucéfalo o Suleimán el Magnífico.

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