La columna de Miguel Guerrero

El reto inaplazable

Una cosa es innegable. Los problemas  son demasiado evidentes y grandes como para que no hayan podido ser identificados. Todo el mundo habla de ellos. Y a diario escuchamos a nuestros dirigentes políticos sugerir fórmulas para resolverlos. Sorprende  los grados de identificación visibles en los discursos y propuestas políticas de los partidos. Y asombra la dificultad que encuentran para ponerse de acuerdo en aquellos puntos en que no guardan diferencias. Tampoco consiste la crisis que padecemos en la falta de recursos para enfrentarla, si bien es preciso reconocer que ellos no son siempre los necesarios. Todo el mundo sabe de las prioridades. La esencia no reside en este punto.

La debilidad fundamental radica en nuestra inveterada inclinación a ceder a los encantos de la retórica, que tantas veces relega lo básico del debate y posterga indefinidamente la acción, tan imprescindible como insustituible. Pero más allá de la denuncia y los lamentos ¿qué hemos logrado al cabo de centenares de foros, millones de textos apilados en inútiles estudios de poca aplicación práctica, para encontrar una solución rápida a este enorme flagelo moderno que es la pobreza generalizada?

Todo cuanto hemos logrado es convencernos de la escasa utilidad de las iniciativas emprendidas. En el umbral de este nuevo siglo pletórico de oportunidades y amenazas, debe procederse con resolución y firmeza, guiados esencialmente por un sentido cabal de las posibilidades. Cuidarse de los atractivos de las ilusiones, como de las negativas influencias del pesimismo a que tantas veces conduce nuestra percepción de las realidades nacionales, nos puede llevar por un mejor camino. Todo es cuestión de voluntad para tratar de hacer mejor  las cosas.  Lo peor es saber que muchas veces en el pasado hemos perdido oportunidades por la simple razón de no haber dado un paso al frente.

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