¿Tiritaran verdes los astros a lo lejos?

Hacerlo así no absuelve de culpas, pero brinda algún sosiego a quienes alojamos en la conciencia una rabia congénita contra las injusticias
Juan Llado - 19 de mayo de 2017 - 12:09 am - Deja un comentario

A pesar de su estro por la belleza, la poesía también sirve para denunciar los estercoleros sociales y políticos que acogotan a un pueblo.  No hay que ser un “corazón sangrante” ni, hundido en una hamaca, estar enamorado frente al mar para soñar con el castigo que merecen los malvados.  Pero para ser justos es mejor primero pedir perdón antes de pedir castigo.  Hacerlo así no absuelve de culpas, pero brinda algún sosiego a quienes alojamos en la conciencia una rabia congénita contra las injusticias.  Sin pretensiones de poeta y en versos más libres que la pura libertad, a seguidas va mi confesión.

Soy culpable del accidente de nacimiento

que me ubicó en la clase media,

y me ha tornado algo indolente

ante las arteras ins en iniquidades en mi Patria,

y por eso pido perdón.

 

Soy culpable de tener una vocación de servicio público

y de no haberla trocado,

como se enarbola una bandera en búsqueda de la gloria,

en un estandarte de lucha contra esos agrios atropellos,

y por eso pido perdón.

 

Soy culpable de no haber abrazado una causa,

de no haberme enrolado en ningún partido,

con o sin ideología rutilante,

de no “servir al partido para servir al pueblo”,

y por eso pido perdón.

 

Soy culpable de no haber tenido el coraje suficiente para,

fundido en humanidad como la Madre Teresa,

dedicarme por entero a  los desheredados de la fortuna,

a los pobres diablos, a los mendigos,

a los ancianos tricicleros que, en agotadoras jornadas de Sísifo,

deben pedalear sin descanso so pena de no sobrevivir si cesan,

a los jóvenes atrapados en la indigencia que son empujados a delinquir,

a los envejecientes que amanecen descapotados en parques mugrientos,

a los dementes que deambulan sin rumbo por las calles muertas,

a los niños que han de salir “a buscársela” a como dé lugar,

a los haitianos que en nuestro pais sufren coletazos de discriminación,

a los que escarban la basura para extraer de ahí sus alimentos,

y por eso pido perdón.

 

Soy culpable de no hermanarme con las vidas que transcurren entre harapos y andrajos,

de no “casarme con la gloria” para redimir a los oprimidos y hambrientos,

de no concebir la sublevación armada contra el statu quo,

de no haber optado por la insurrección en “las escarpadas montañas de Quisqueya”,

de no inmolarme en protesta contra la corrupción y la impunidad,

y por eso pido perdón.

 

Pero es con furia y con dolor, desde esta tribuna improvisada que reclama urgente atención, que pido castigo ejemplarizante para los demás culpables que son más inmorales que yo. En nombre de las víctimas de la mezquindad y de la pulsión atávica del egoísmo, les exijo a ellos, inspirado por el poema “Los Enemigos” del inmenso bardo chileno y sin concederle ninguna indulgencia, la decencia de la solidaridad para que se ganen la dignidad.

Para los funcionarios corruptos que esquilman ingresos de un exhausto fisco,

para aquellos que venden permisos de la burocracia a cambio de ilícitas compensaciones,

para los que drenan las arcas de sus entidades públicas concediendo contratos amañados,

para los que ejercen el nepotismo con un proverbial descaro,

para ellos pido castigo.

 

Para los políticos demagogos que ven solo las mieles del poder y no las del deber,

Para aquellos que engañan a sus electores con las  putrefactas artes del clientelismo,

para los que a base de inmundas triquiñuelas le cierran el paso a los líderes emergentes,

los que venden su conciencia al mejor postor entre los partidos,

los que con su ostentación desmesurada ofenden al ciudadano llano,

para ellos pido castigo.

 

Para el patrón que mantiene a su empleado en un cepo de bárbara opresión,

negándole un salario justo aun la empresa se colme de beneficios,

zahiriéndolo con ínfulas autoritarias y epítetos abusadores,

esquilmándole su parte de la propina obligatoria,

robándole el pago de sus horas extras,

para ese pido castigo.

 

Para los altos oficiales de la Policía,

que valiéndose de su rango y su autoridad,

permiten que los barrios a su cargo estén  secuestrados

por narcotraficantes y ladrones que los conquistan con peaje,

para ellos pido castigo.

 

Para los jueces venales que con insolente cobardía descargan a los culpables,

para aquellos que venden sentencias en un mercado persa,

los que sin causa reenvían causas a fin de evadir desafíos judiciales,

los que acomodan procedimientos para favorecer amigos o familiares,

para ellos pido castigo.

 

Para los maestros que, en vez de clases, imparten veneno moral con sus inconductas,

para aquellos a quienes les importa un bledo si sus alumnos no aprenden,

los que, con infundios y manipulaciones, abusan de la inmarcesible inocencia,

los que se ausentan de sus clases por vagabunderías,

para ellos pido castigo.

 

Para los periodistas amarillos que manchan con suciedad su sagrada vocación de servicio,

para aquellos que con el solo fin del lucro adulan y cortejan a funcionarios,

los que venden su conciencia por puestos en baldíos consejos de administración,

los que desinforman a la población con sus sesgados comentarios,

para ellos pido castigo.

 

Para los pastores y sacerdotes que traicionan su labor pastoral a cambio de favoreces non sanctos,

para aquellos que, escudándose en su conexión “divina”, reclaman principalías inmundas,

los que, desoyendo su doctrina religiosa, se cuelan en política con el lucro como fin,

los que abusan de niños y párvulos sin que les remuerda la conciencia,

para ellos pido castigo.

 

Para los empresarios ladinos que se convierten en amanuenses del poder político,

para aquellos que buscan los favores de los funcionarios y entran en colusión con ellos,

los que con artilugios opacos le niegan al fisco su contribución impositiva,

los que solo conciben las relaciones interpersonales si rinden un fin pecuniario,

para ellos pido castigo.

 

Para los fiscales indignos a quienes no les pesa el ruedo de la toga,

los que, siendo juez de una querella, desechan los indicios inculpadores,

los que henchidos de una falsa modestia aceptan sobornos y dadivas,

los que por cobardía se niegan a enfrentar a los poderosos y los protegen,

para ellos pido castigo.

 

Para los legisladores que solo exhiben angurrias y soslayan sus deberes,

los que van al Congreso solo a reclamar sus “barrilitos”, “cofrecitos” y exoneraciones,

los que reciben con beneplácito al “hombre del maletín” para reformar la Constitución,

los que cobran el peaje que comprara su voto favorable a una pieza legislativa,

para ellos pido castigo.

 

Para los alcaldes incumplidores que se niegan a declarar sus bienes,

para aquellos que rehúsan someterse a las auditorias de la Cámara de Cuentas,

los que han malversado los fondos de sus cabildos en beneficio de sus parciales,

los que desatienden sus deberes en pro de sus desvaríos personales,

para ellos pido castigo.

 

Para los narcotraficantes criminales a quienes les importa un comino el sino de la juventud,

para aquellos que matan y roban con el fin de aumentar sus hediondas fortunas,

para los que se prestan a contubernios con las autoridades en el ilícito trasiego,

para ellos pido castigo.

 

Porque no me gusta callar frente a los rufianes, no estaré ausente de esta lucha.  Comprometo mi voz hasta el último suspiro para que las esperanzas verdes destierren para siempre la corrupción y la bonhomía ciudadana se arraigue  en la realidad.  Después de todo, Bécquer dijo que el verde es el laurel de los poetas y estoy convencido de que,  entre los mascarones de proa de Isla Negra, se clama  siempre por justicia.

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