El surrealismo y la diáspora

Con itinerario o sin ninguno, aunque suene como una doble negación, esos días, a los que llamamos entresemana, son los que mas me gustan, para escapar. Y fue en el marco de la Semana Santa reciente, que opté por viajar a la ciudad de San Petersburgo. Una expansión antigua, pero aún virgen. Un tanto al sur de Tampa y un poco mas al norte de Naples. Aquí en el Estado de la Florida, donde reside el Museo de Salvador Dalí, mi destino.

Fijada la burbuja, me extrapolo a la isla. En años reciente, la celebración de la Semana Santa en la República Dominicana se ha limitado a iniciar desde el miércoles en la tarde, en los Estados Unidos, solo los maestros y sus estudiantes gozan de una semana feriada plena, la cual inicia el viernes antes. Nueve días en total.

Visto la diversidad religiosa de la nación americana y la maquinaria consumista de su economía, el país americano, no se puede dar el lujo de disponer de una semana de desocupación colectiva. Aquí, la mayoría de la población, solo goza de poder tomarse el Domingo de Pascua, como libre. Sin embargo, no todo residente de acá, trabaja de nueve de la mañana a cinco de la tarde. Esta población laboral utiliza las 24 horas del día, para sus tareas, servicios, oficios y operaciones. Cada día, aquellos que suplen las tramerías de una ferretería o un supermercado, como aquellos otros que atienden a deshoras una gasolinera o una farmacia, los que patrullan las calles o esperan a llamados de emergencia, ven sus relojes derretir ante sus ojos y con ello, los años pasar más rápido que sus sueños.

“Entonces, entro al edificio de cristal y hormigón. Me deslizo sobre las texturas oblicuas que distorsionan sus pisos. Asumo el caracol que arropa su doble altura extendida, hasta el tercero de sus pisos. Y ahí, me entrego a su realidad. En el salón de exposición, soy víctima y héroe, como los cuadros que cuelgan en sus muros.”

Cierto que sus horarios se complementan con el de los demás, para cubrir todos los bloques productivos que requieren los servicios de esta sociedad. En este surrealismo laboral, aunque todos dormimos, en realidad, el país no. Incluso, ni en Semana Santa. Esta articulación de horarios, se sostiene como huevo en horqueta, diluyendo las diferencias entre los días que llamamos de semanas y los otros a los cuales los de oficina y despacho le llaman fin de semana. Por ende, así como no todos tienen un horario real, tampoco no todos tienen días libres sujetos a sábados y domingos. Lo que a veces resulta ser imperfectamente perfecto, si de escapar es que se trata.

Demarcado el escenario, regresemos a la burbuja, para volver a nosotros.

Aquel artista catalán, de Figueras, que fui a visitar, es conocido como el mayor exponente del surrealismo. Y el al igual que nosotros, terminaría sus días en América y parte de sus obras, en la floreciente antigua colonia de su Madre Patria.

Separado forzosamente del grupo que una vez le llamó suyo, el flamboyán y provocador, es excluido de entre los surrealistas, por no ser revolucionario suficiente, ni por ser suficiente velador del socialismo que arropaba los pensamientos de los intelectuales de todas las artes y luchas de su tiempo. América y el Nuevo Mundo, pensaba él. Una idea perenne pero cambiante. Sin tiempo pero en el futuro. Sin referencias pero fijándolas. Sin historia pero escribiéndola. O puede que eso no lo haya pensado él, sino yo, u otros tantos como yo, que abandonamos el surrealismo por fuerzas de otras tendencias o tendidos: por plata, por pleitos, por pleitesía, por propósito, por propuestas.

Entonces, entro al edificio de cristal y hormigón. Me deslizo sobre las texturas oblicuas que distorsionan sus pisos. Asumo el caracol que arropa su doble altura extendida, hasta el tercero de sus pisos. Y ahí, me entrego a su realidad. En el salón de exposición, soy víctima y héroe, como los cuadros que cuelgan en sus muros.

Me insumo en la experiencia, entre sus dos mayores exponentes, ubicados a los extremos de la infraestructura y en negación complementaria del uno al otro. Ahí es que mejor logro entenderlo y a la vez, comprendernos más a nosotros.

Ellas, obras nutridas de la realidad del clasicismo y la ignorancia intencional de evitarlo. En el “Descubrimiento de América por Cristóbal Colon” y el paisaje óptico dual de su musa y el honesto Lincoln titulada “Gala Contemplando el Mar Mediterráneo”, Dalí resume los deseos de todos nosotros. Los de allá, los de aquí, los de siempre. Aquellos envueltos en fe, esperanza y el incansable deseo de mirar hacia atrás mirando hacia adelante, dentro de la “persistencia de la memoria”, mientras combatimos el inevitable derretir del tiempo. Pues el futuro solo nos niega lo que no le hemos pedido. Y lo hace sin reclamar nada a cambio. Aunque estas sean esferas oblicuas sobre ilusiones horqueteadas en arenas movedizas, esperando que la tierra se estabilice y rinda ser firme.

Ah reflexión paradójica, para una visita no intencionada. Entonces, solo me queda abandonar los salones, por el mismo rizo que me condujo a él. Y parto de los espacios de aquella edificación de mortero y vidrio, sin itinerario, un día entresemana, marcado por la Semana Santa que no se parece a la mía. Un tanto al norte de donde quisiera estar. Y un tanto al sur de donde estoy. Allí, donde reside el Museo de una Diáspora de Dalíces dominicanos, afectados todos, por pensamientos Freudianos, que ya hay que dejar de emular.

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