La diaspora merece ser escuchada

Hacen unos días, vi como un amigo del pasado, regresaba de nuevo a mí, gracias a los avances y la magia de las redes sociales. Uno de esos conocidos que, en un momento de la post adolescencia y la pre-madurez de los veinte, visualicé como homólogo de luchas futuras.

En ese encuentro virtual, como espectador presencié como el articulaba una serie de posturas, posiciones y pensamientos, que reflejaban su interés en favor de un mejor país. Incluso uno al que él denominaba como “posible”.

Dentro de su ejercicio por lograr o comunicar la idea de que en verdad existe esa posibilidad, él ha decidido iniciar un ciclo de conversaciones con dominicanos, deseo le sirva de mucho a él, pero más aún a la patria.

Son intercambios a la antigua, los dos o tres que he visto. De esos que ya casi no tenemos. De los que en época previa al mundo del ciber-espacio, le llamábamos “hablando de tú a tú”. Platicas de antaño, que conjugan todos los sentidos y muchos más sentimientos. De esas que ya no aparecen, por el valor que poseen y que por su misma condición de excepción, hoy el marketing individual y la marca que creemos ser, lamentablemente nos obliga a publicarlas.

Pero sé que el ejercicio de este amigo del pasado, es serio y sano. Aunque aparente ser el resultado de fuerzas que accionan sobre la eterna danza del ego y la esperanza. Sé que es un gesto auténtico que viene de adentro.

Sé de buena tinta, que su trayectoria ha ido acorde con su postura. Conozco bien de los aportes de su familia. Así como creo conocer de su pensamiento, creo también, que él quiere conocer del pensamiento individual de cada uno de nosotros. Y aunque aún no se haya dado cuenta de la imposibilidad de esa tarea, ya que todos creemos poseer opiniones propias, la realidad es que a la larga, todos queremos lo mismo.

Todo ser quiere encontrar ese nirvana social. Ese cisne negro del cual algunos hemos escuchado que existe. Todos ambicionamos con esa cuna de valores que creemos haber perdido. Con esa posibilidad de una nación viable. Con esa tierra prometida que se forjó en los pensamientos de los próceres de mis arrecifes, palmeras y montañas.

Mi amigo del pasado, ha querido conversar con nosotros, porque cree que, en su intercambio, conocerá de nuestras necesidades, de nuestras añoranzas y hasta de nuestros temores. Y aunque en el mundo de los adultos, la fe y la esperanza no son suficiente para ambicionar con lo posible, quiero creer que él piensa que encontrará sabiduría en las ásperas palabras, miradas de anhelos y los relatos de sufrimiento que escuchará.

Viendo esos ensayos, yo también siento que en esos intercambios mi amigo del pasado, sabrá de los sueños que poseemos por nuestros hijos, de las virtudes que queremos que hereden y de las demandas que nunca les fueron cumplidas a nuestros padres y abuelos.

Y es ahí que llego a un momento de claridad en esta etapa de mi vida, recayendo en ese viejo adagio norteamericano. La imitación es la forma más sincera de la admiración.

Veo valor en su gesto, y aunque puede qu al imitarle, fragüe mi esencia, estoy dispuesto a ello. Pues hace tiempo que vengo pensando que nosotros, aquellos que, a pesar de vivir lejos de la isla, también tenemos algo que decir.

Merecemos ser consultados. Nosotros, los que sentimos ser descendientes de la Patria de Francisco, Minerva y Juan, también valemos ser percibidos. Esos otros que, sin nunca haber pisado las arenas de nuestra Quisqueya, dicen ser dominicanos, también deben ser escuchados.

Yo soy uno de esos que a diario viola las Leyes impuestas por el pensamiento de Newton. Esos a quienes se refieren como “los de allá”, “los de fuera”, “los de los países”.

Aquellos quienes a veces proyectan falsamente estar mejor que los de la isla, porque poseemos más por fuera. Los mismos que abanderamos los colores con más orgullo, porque nos hace falta la tierra. Los de fuera, de donde salió nuestro mayor devoto. A ese a quien mi hermano de luchas nuevas le llamaría un “Patriota Sin Miedo”. Ese que nos dio el nombre también tuvo que irse de ella. El también en su momento fue de los de allá, de los de fuera.

Todos y cada uno de ellos, al igual que nosotros, también debemos ser atendidos. Ser tomados en cuenta. De nuestras necesidades, nuestras añoranzas y nuestros temores.

Es tiempo de que alguien sepa de nuestras esperanzas, de nuestros sueños y nuestras demandas. Que no me venga a ver cada cuatro años ni cada vez que necesite quorum para una fotografía. Esa es fácil. Ese apoyo se los debemos a la democracia. Esa integración, acercamiento y sostén es debido, hacia todo aquel que nos representa y al hacerlo lo hace bien y sin interés.

Y es por eso que creo bien en lo que dije antes. Es hora de aguzar los oídos hacia los que violamos los estatutos de la Física, separando el cuerpo del corazón. La carne del alma. Viviendo con la mente en nuestra tierra y el cuerpo en las fincas de otros.

Hoy viejo amigo, sin que lo sepas, duplico tu gesto. Porque la imitación es la forma más sincera de la admiración. Y con ello me comprometo a escuchar a los que admiro. A los que aún no regresan a la tierra, pero piensan ser enterrados en ella. A esos que hacen patria sin nunca haberla vivido. Y a los que aún son dominicanos, desde otras costas y cordilleras, de otras playas y planicies.

Con ellos me sentaré a hablar. Pienso conversar a la antigua, “de tú a tú”. No por ti. Sino por mí y por la Patria, les diré… “Dime compatriota. ¿Qué piensas? ¿Que sientes? ¿Qué deseas? “Déjame escucharte, porque estoy seguro de que la nación que sueñas, aún existe.”

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