César Sánchez Beras: “Los políticos dominicanos superan la ficción”

“Sigo siendo dominicano como el que más, me siguen doliendo las mismas cosas por las que me fui; por eso lloro cada vez que leo Ahora que vuelvo Ton”, dice el escritor, que aborda los crímenes de Balaguer en una obra de teatro ganadora del premio Cristóbal de Llerena 2017

Aquella metáfora del dolor que fueron los doce años de Balaguer, aquellos días terribles que sudaban tristezas salpicadas de sangre, aquella larga noche que no se puede olvidar aunque lo quieran los libros de historia, son narrados por César Sánchez Beras en Cuatro disparos en la noche, una de las obras ganadoras del premio de teatro Cristóbal de Llerena 2017.

César cuenta lo que vio. Y lo que escuchó de boca de sus tíos, algunos de ellos molestados por el gobierno. Y cuenta también las cosas que le susurró el tiempo. “Todo era una atmósfera trágica, mezcla de prepotencia militar, inequidad de la justicia, represión de civiles apandillados, el miedo al chivato y al informante que te pueden hacer desaparecer con una acusación, por temas tan triviales como que tu novia le interese y él decida que te eliminen físicamente, acusado de ser enemigo del gobierno”.

El mundo a su alrededor huele a café y a nostalgia, y él, mientras tanto, se dedica a recordar en voz alta:

“Lo que más me impactó de aquellos días fue la frustración de las madres por la desaparición de sus muchachos, sus caras laceradas frente a la cárcel de La Victoria o la Preventiva, buscando información de sus parientes. La voz de doña Adriana (Howley) pidiendo justicia por Orlando Martínez; la voz de Manuela Aristy reclamando que la dejen enterrar con dignidad al héroe Amaury German Aristy; la postura digna de Juan Bautista Castillo Pujols frente al fiscal que lo acusaba; la entereza de Silvano Lora, de hombre y arte al servicio de la patria…”

César Sánchez Beras vive en Lawrence, Massachusetts, Estados Unidos desde 1995, donde imparte español en la secundaria Lawrence High School. Nació en Santo Domingo pero creció en Quisqueya, uno de los municipios cañeros de la provincia San Pedro de Macorís, en la región este. Y hasta allí le llegaban los aires del dolor que reinaba.

“La desaparición de amigos estudiantes, los allanamientos a media noche sin presencia de Ministerio Público, la reclusión de terceros (padres, tíos, amigos, parejas) para que se entregue a la Policía una persona relacionada con ellos solo de parentesco. Las redadas en los barrios como forma de amedrentar a los estudiantes y  militantes, la denegación de justicia por parte de jueces y fiscales de obedecer al rango militar y no impartir justicia, todo eso marca a un adolescente campesino”.

El premio Cristóbal de Llerena lo obtuvo por Dos piezas trágicas, un complejo dramatúrgico compuesto por las obras Cuatro disparos en la noche y Mansión Herminia, ambas dedicadas a recuperar la memoria de situaciones y acontecimientos ocurridos durante los doce años de gobierno de Joaquín Balaguer. 

Las cuentas de la historia

Cuatro disparos en la noche no es una obra histórica —aclara su autor—; es una visión dramatúrgica de los hechos históricos ocurridos en República Dominicana desde el año 1966 hasta 1978.

“Es una pieza trágica que recrea, desde la ficción dramática, la desaparición física de una parte de la juventud de aquellos días: los asesinatos de Amín Abel Hasbún, Otto Morales, Gregorio García Castro, Orlando Martínez y del grupo Los Palmeros”, precisa.

Las cuentas de la historia son sustancialmente distintas a las cuentas de la literatura. También sus registros. “La historia solo cuenta los hechos. Su pragmatismo temporal no la deja caminar por los entresijos de las penas. La literatura tiene más libertad, no solo para contar lo que ocurrió, sino para contar lo que pudo haber ocurrido, la multiplicidad de planos en donde ocurrieron las cosas; la historia te presenta el difunto; la literatura y, sobre todo el teatro, te muestra al muerto, te da la autopsia y te dice de cuántas maneras pudo morir. La literatura es, por decirlo de alguna manera, más panorámica y más incisiva”.

Y observa: “Sabemos más de la vida del comienzo de siglo 20 por un libro de décimas de (Juan Antonio) Alix, que por un volumen de historia de la misma fecha. Siempre será necesario contarnos desde la literatura, pues además de ser cronista, el escritor debe tener la sensibilidad para contar la historia desde ambos planos, desde el vencedor y desde el vencido”.

Dos Piezas Trágicas, explica su autor, pertenecen a un cuerpo textual de varias tragedias. “En la primera pieza quise acercarme a una época de nuestra historia reciente, que no ha sido tratada en la profundidad ni en la extensión que merece. Existen algunos textos (prosas, cuentos, narrativa larga, poesías) que han analizado parte de este fragmento de la vida sociopolítica de los dominicanos, pero hay muy pocas dramaturgias en ese sentido. Además, creo que, por la naturaleza del tema, el teatro es la visión artística que mejor pudiera mostrar lo contado”.

Las viudas de los doce años ya tienen el pelo blanco

Un solo poema a veces es toda la poesía contra la dictadura

Ha pasado el tiempo y las viudas de los doce años ya tienen el pelo blanco y un millón de inviernos en las manos. Y César Sánchez Beras dice que escribió estas obras pensando en ellas y en la manera en que han envejecido sin aquellos seres queridos que les fueron arrebatados.

“Estas piezas –precisa– son un ajuste de cuentas a mi memoria, a los amigos que perdí, a lo débiles que hemos sido frente a las injusticias de nuestra generación malograda. Es un ajuste de cuentas para mirar hacia las viudas y los huérfanos que no tienen voz desde la literatura para la denuncia y la argumentación. Es una forma de validarme a mí mismo y poder mirar con honestidad a Mirna (Santos), a Elsa (Peña Nadal), a Sagrada (Bujosa), a Manuela (Aristy), a Pocholo (Efraín Sánchez Soriano) a esa generación que dio la cara por todos nosotros afrontando las más terribles de las consecuencias”.

¿Qué debe hacer la literatura cuando se encuentra con personajes como Balaguer, Trujillo, Lilís y Ovando?

La literatura debe ante esos personajes pagar su precio de ser una forma elevada de la comunicación artística. Debe tomar partido desde la lengua, con honestidad y responsabilidad, sin las ataduras que silencien su decir, como a menudo ocurre con los escribanos al servicio del poder. Un solo poema a veces es toda la poesía contra la dictadura [Hay un país en el mundo] una sola novela [Over], puede ser toda la narrativa contra las injusticias en los bateyes. El que tiene el privilegio de escribir por otros debe tener la autoflagelación de sufrir por ellos.

¿Balaguer y sus doce años aún no han sido abordados en forma suficiente por la literatura?

Los temas no se agotan, se agotan las miradas desde la lengua sobre esos temas. Aun nuestra historia reciente está por contarse. Imagina que aún no hemos contado con propiedad la Guerra de la Restauración, que pudiera ser menos lacerante porque los vencedores y los vencidos no están con nosotros. Aun es tarea pendiente contar a plenitud a Balaguer y a Trujillo. Todavía se sientan en la misma mesa torturadores y torturados, sin que ninguno como actores, enfrenten sus realidades. Mientras quede una injusticia del régimen de Balaguer, mientras permanezca impune una atrocidad de Balaguer y de Trujillo, tenemos la obligación permanente de enfrentarlas desde todos los flancos, en este caso desde la literatura.

¿Esos seres que se la pasan haciendo cosas extrañas y que todos conocemos como políticos, le llaman la atención como personajes literarios?

Claro que sí, pero sin enmascararlos con otros nombres, sin rebautizarlos con otras máscaras. Deben y son personajes literarios de nuestra historia reciente. Pero estamos en la obligación de llamarlos con sus nombres, con sus oficios, con sus adjetivos descriptivos. Tú no puedes llevar a escena a Jhonny Abbes sin identificar. Es Jhonny Abbes el torturador. Tú no puedes llevar a la narrativa a Balaguer con paños tibios, ni a Trujillo con mediatintas. Asumir a medias tu función de cronista es una cobardía.

Tampoco es que Balaguer sea la gran cosa como escritor

De lo que dice César se infiere que tampoco es que Balaguer sea la gran cosa como escritor. “Balaguer fue un buen prosista, dueño de una oratoria barroca desconectada de la audiencia a la que iba dirigida. Para mi gusto, no es ni buen poeta, ni buen antólogo. No creo que deba representar a nuestro país, ni a su generación, en ninguna de las áreas de la literatura que cultivó”.

Según él, no hay desdoblamiento entre el Balaguer político y el Balaguer literato. “Uno es la continuación del otro. Un ejercicio escritural donde solo importa su intimismo y su propia personalidad”, observa. Nada que ver, entonces, con la buena literatura.

 

El que tiene el privilegio de escribir por otros debe tener la autoflagelación de sufrir por ellos

Mansión Herminia, la otra pieza teatral premiada en el conjunto Dos piezas trágicas, tiene que ver con la prostitución y sus conexiones con los personeros del poder en la época balaguerista. Y el escenario es el Rincón Boricua, aquel célebre prostíbulo situado en la avenida Máximo Gómez casi esquina 36.

“Elegí Herminia por ser un ícono en ese aspecto. En cualquier lugar que haya un dominicano, si dices Herminia y no pones apellidos, todos saben que te refieres a la mujer que administraba “Rincón Boricua”, indica Sánchez Beras.

Y explica: “La pieza es un drama en tres actos hecho para enfrentar, desde la crítica social, la trata de mujeres, la prostitución de clase media-alta, la vinculación de la clase política dominante con el proxenetismo y, sobre todo, las motivaciones sociales y económicas que llevan a muchas muchachas al callejón sin salida de la prostitución local y de explotación a otros países”.

Poeta de la vieja estirpe

Una vez escribió este verso: Su dicha era una bruja que con ojos vendados / desataba en mi boca los últimos conjuros / con una lluvia nueva nacida de los pájaros; luego escribió este otro: Ella amaba la lluvia / y ella era en sí misma / una lluvia indecible de trigos y amapolas. Y todos a su alrededor se dieron cuenta de que César Sánchez Beras era un poeta de la vieja estirpe, uno de esos que guardan en sus versos un millón de otoños y hacen magia con la nada; de esos que construyen luz con trocitos de oscuridad y pueden mirar de cerca los cauces por donde transita la noche.

Tiene un largo andar por la narrativa, la poesía, la literatura infantil y el teatro. Pero por más vueltas que da por las avenidas de los géneros siempre termina rendido ante la fuerza de atracción de la poesía. “Siempre vuelvo a ella y ella siempre vuelve a mí”.

En un mundo que se cae a pedazos, la poesía debe cargar el dolor del mundo, dice César. Y mostrarlo, también dice. Y ser andamio y fortaleza. Y verdad relampagueante para aclarar los espejos de la duda. Y ayudar a acercarse al gran motivo de la existencia. “Como decía Lorca, la poesía debe mostrar los huesos”. Esa es su visión sobre la poesía y sus obligaciones. Esa su manera de sentirla. Esa su mirada sobre aquel género que se resiste a morir, por más incomprensiones que la adversan. 

La sociedad dominicana vista del otro lado del mar

Cuando miran al país que dejaron atrás, lo que ven algunos escritores de la diáspora desde su cercana lejanía es, nada más y nada menos, que una sociedad que naufraga en el lodazal de la injusticia, la desigualdad y la impunidad, con todo lo que eso acarrea.

“Nosotros tenemos los mismos problemas que enfrentaron las pasadas generaciones, pero ahora agravados e hipertrofiados por la crisis moral, de identidad, de institucionalización y un largo etcétera. Pero todo se resume a la impunidad que nos arropa, no exclusiva de este Gobierno, sino propia de un sistema, injusto, un engranaje de inequidad, una maquinaria social y política excluyente”, puntualiza Sánchez Beras.

Los temas no se agotan, se agotan las miradas

Esta es una crisis que encaja en cualquier novela de cualquier tiempo. “Es que estamos enclavados en un pasado autoritario y decadente –precisa– pero con los vicios propios de la postmodernidad. Cualquier novela de la dictadura, de la montonera o de la década del 1940-1950 nos retrata de cuerpo entero. Amalia (1851), Tirano Banderas (1926), El señor Presidente (1946), El recurso del método (1974, Yo el Supremo (1974), El otoño del patriarca (1975)] o con los nuestros: (Juan) Bosch, (Marcio) Veloz Maggiolo, (Roberto) Marcallé Abreu, esa novelística y la dramaturgia contemporánea nos ha descrito con denuncia y argumentación, pero no ha pasado nada, es una nación pasando  como frente a una vitrina del Conde, mirando tras el cristal de la desidia a los maniquíes al otro lado del escenario”.

Y en medio de este naufragio moral los escritores tienen un papel que jugar, opina. “Estamos más que obligados a asumir nuestro rol desde las páginas, desde el arte, desde todos los escenarios. Educar, insistir, rebelarse, no cejar, fue la clave en el pasado en otras naciones, quizás aquí también pueda proporcionar el milagro del cambio”.

Esto sin dejar de reconocer que la sociedad dominicana, a pesar de las pequeñas esperanzas de los últimos, vive tiempos de una desilusión hecha de sucesivas derrotas y de largas e infructuosas esperas, una desilusión que se parece demasiado al pesimismo.

“Todos los que ejercen una función artística, social o humana en sentido general, sienten lo mismo. Una impotencia de no poder cambiar en lo inmediato ni a mediano término las cosas. Para qué subo a unas tablas y denunciar con el drama, para qué canto en una tarima [Siete días con el pueblo], para qué escribir [Hay un país en el mundo, Over, El pueblo se queja en verso, El viento frío, Los que falsificaron la firma de Dios], si todo sigue como si nada, si ni el asombro abre los ojos ante la podredumbre”.

En el centro de las tormentas morales de este tiempo están esos seres que se las pasan haciendo cosas extrañas: los políticos, que según César Sánchez Beras, ya superaron la ficción. “No solo la superan, sino que ya es prácticamente imposible saber de qué lado de la realidad estamos. Es una esquizofrenia social irreversible. Es un Macondo, Luvina, un infierno de Dante, con la mala noticia de que no podemos cerrar el libro porque la historia continúa más allá de las páginas”.

Con su mirada de dramaturgo, Cesar Sánchez Beras concluye: “Nuestra clase política fue Pantomima hasta la muerte de Trujillo, ahora es tragedia.

 

La diáspora es no pertenecer a ningún lugar

César Sánchez Beras se fue de su tierra en 1994, según dice “hastiado por algunas circunstancias del país, que aún permanecen, ahora agravadas”. Y gran parte de su obra tuvo que escribirla lejos de aquí. “Me fui para abrir caminos, tratar de que los que dejaba atrás tuvieran otras oportunidades de progresar, que el ingenio no se los comiera en el batey y que el gran ingenio de la ciudad no los dejara como bagazos al final de sus días. Pero casi fracaso. No tener residencia legal, la falta del idioma, la vocación de hacer las cosas correctas, los gastos fijos aunque no se tenga trabajo digno, fue una limitante que casi me mata”.

¿La literatura de la diáspora es literatura en el exilio?

Tú no puedes llevar a la narrativa a Balaguer con paños tibios, ni a Trujillo con mediatintas. Asumir a medias tu función de cronista es una cobardía.

La literatura de la diáspora es en gran medida una literatura binacional y biterritorial. El sujeto de las historias, la tramas de las novelas, los temas de la poéticas, todo gira en torno a un pasado reciente, a una nostalgia sempiterna, a una ubicuidad, a un no pertenecer, a un ser en tránsito. Como si la isla, el campo, el barrio, la esquina, la calle, se alargaran para escribir desde ella y sobre ella, en otras coordenadas, cronistas tras los cristales del destierro, mirando desde la vitrina del dolor a los maniquíes que sobreviven en el viacrucis insular.

¿La nostalgia es una premisa de la literatura de la diáspora? 

Emigrar siempre es una ruptura, un desgarramiento, casi siempre doloroso en extremo. La patria es la infancia, como dijo el poeta francés, y esa patria se desdibuja al marcharte. El convencimiento de que volver es solo un tango, porque ya es imposible, que aun regreses físicamente, la patria es otra, los amigos no existen y lo que fue tu entorno físico y emocional se ha desmembrado, te deja un vacío difícil de reparar con otros amigos, con otras culturas.

¿Qué buscaba y que encontró cuando se fue? 

Buscaba una sociedad donde el trabajador tuviera seguridad social. Donde las oportunidades de empleos fueran equitativas y en proporción a la preparación y al talento. Donde la justicia no fuera una sirvienta de los intereses políticos y militares. Donde  el niño y el anciano fueran prioridad. Donde la educación no fuera un lujo privativo solo para una clase social. Donde el arte fuera un valor más allá del apellido del artista. Encontré casi todo eso, pero el costo de dejar la familia, de que los viejos y los hijos se quedaran atrás, el desmembramiento del ser social que era, no me permite celebrar la huida, pues era casi un logro personal y esa no es la solución ni personal ni colectiva.

¿Siente que al cambiar de lugar también cambió un mundo por otro?

Cambié de locación pero no de sueño, permuté la lengua pero no las ganas de decir. Trastoqué los sueños pero no el objetivo. Cambié el método pero no la perspectiva. Sigo siendo dominicano como el que más, me siguen doliendo las mismas cosas por las que me fui. Por eso lloro cada vez que leo Ahora que vuelvo Ton.