Un ídolo en plena caída libre

Foto: Luiz Inácio Lula da Silva, expresidente de Brasil. Detrás la expresidenta Dilma Rousseff.

En la cima de su combatida carrera Lula era un líder de proyección  mundial, respetado por sus pares e idolatrado por muchos de sus compatriotas que percibían en él a un político atípico, un auténtico hombre de estado surgido del seno del pueblo llano, y dedicado a su progreso. Un valioso símbolo de lo mejor de la verdadera democracia.

Lula hizo ingentes esfuerzos e invirtió fuertemente en cultivar la imagen de redentor de su pueblo, amparado por una bonanza económica de altos precios en las materias primas producidas por Brasil.  Para ello demostró talento y, sin escatimar recursos, utilizó a los más avezados publicistas, verdaderos brujos de la creación de imagen y de estrategias y tácticas de campaña, que pudieron llevarlo al poder y luego rescatarlo de varios tropiezos capaces de haber provocado su caída precoz.  Con Lula crearon una valiosa marca de alcance internacional que se creía a prueba de cualquier revés, después de su reelección en medio del escándalo de corrupción del Mensalao en 2005.

Obama quiere que Lula sea el próximo presidente del Banco Mundial”* fue el titular de la noticia publicada en junio 2009 por el periódico El País bajo la firma de su corresponsal en Brasil, Juan Arias, recogiendo la información de la revista de negocios brasileña EXAME que se basaba en rumores puestos a circular por los escuderos del entonces presidente. Es verdad que Obama había dicho públicamente en abril 2009 que Lula era el político más popular de la bolita del mundo, pero un político populista sin conocimientos de inglés (ni de ninguna otra lengua extranjera ni disciplina académica alguna) no es exactamente el clásico perfil de candidato a la presidencia del Banco Mundial. En realidad no hay ningún indicio de la posible veracidad del rumor circulado sobre la posible candidatura de Lula a ese alto puesto, como tantas otras noticias esparcidas para dar realce a su figura y mantener su popularidad en niveles inusitados para un jefe de gobierno finalizando su segundo mandato. Pero la prensa, y ni qué decir del público, creía prácticamente cualquier milagro del ídolo en ese entonces.  Lula y sus consejeros criaron fama, mas no se durmieron sobre sus laureles durante su mandato, reforzando su imagen de superhéroe en cada oportunidad.

Sin embargo, con el resonante éxito de superar el escándalo del Mensalao y su posterior contundente reelección, vino el exceso de confianza en poder controlar daños colaterales de los traspiés de sus acólitos, reincidentes en escandalosos actos de corrupción. Llegado el momento del relevo, Lula se descuida y opta por “de-legar” su acervo de popularidad en Dilma, quien en definitiva carece de la capacidad para enfrentar la tormenta que ya empezaba a amenazar al Partido de los Trabajadores y organizaciones aliadas “circunstancialmente”. La indisposición al trabajo en equipo- que viene siendo falta de liderazgo- llevó al gobierno de Dilma a la deriva y a Brasil a la quiebra en más de un sentido. A pesar de este adverso cuadro, el Partido de los Trabajadores  insistió en la reelección de Dilma en base a una campaña cuyo costo se desconoce, porque el Supremo Tribunal Electoral aun investiga en estos momentos toda la marulla utilizada en su financiamiento. La ineptitud de la discípula no solo provocó la pérdida de su mandato constitucional como presidenta de Brasil, sino que le imposibilitó proteger a su maestro de la reacción en su contra con el mega escándalo del Petrolao, que viene embarrando a sus mejores amigos y más estrechos colaboradores hasta alcanzar la cima de los gobiernos del PT (y todos sus otrora aliados) con la acción en justicia de la Operación Lava Jato.

A pesar del discurso del “golpe parlamentario” por un lado (Dilma) y por otro el de ser “víctima de persecución política” para inhabilitar su candidatura en 2018 (Lula), la otra campana suena con insistencia al difundirse detalles de las maniobras realizadas por sus acólitos. Se alega que los dos mandatarios no solo conocían sino que también comandaron en su momento el esquena de “propinas” de las empresas constructoras al PT y partidos aliados (aunque aún falta probarlo en los tribunales). Mientras en Brasil esperan con ansiedad el testimonio del patriarca Emilio y el resto de la familia corporativa Odebrecht en busca de algún alivio en sus sentencias, los defensores duros de Lula entre los jefes de estado de naciones amigas se desvanecen paulatinamente, limitándose hoy al selecto grupo de Nicolás Maduro, Evo Morales, Raúl Castro y unos pocos más. Cada día se hace más difícil vender la imagen del superhéroe que sigue en caída libre ante su insistencia de que es víctima de una amplia conspiración de la derecha para inhabilitarlo, mientras se acumulan testimonios y documentos que delatan un gigantesco esquema para financiar la perpetuación del PT en el poder, además de costear lujos de muchos de sus dirigentes y sus aliados políticos. Esa caída libre es en extremo larga debido a las altas expectativas que su pueblo y la comunidad internacional llegaron a tener de un venerado ídolo de la democracia, colocado en un altar fuera de toda proporción por hábiles creadores de imagen y amplios recursos, hoy venido a menos.

Fuimos muchos los convencidos de su autenticidad y de que no todo era maquillaje mercadológico, y seguimos aun hoy rogando que milagrosamente se abra un paracaídas que detenga la caída libre de ese ídolo de la democracia que fuera Lula, para ahorrarnos el desencanto que una eventual condena en la justicia provocaría en el ánimo colectivo de los que creemos en la democracia. Pero ese paracaídas bajo ninguna circunstancia puede ser la insistencia en que Lula es víctima de persecución política, pues así no se detiene su caída libre provocada por los comprobados traspiés de amigos y colaboradores que lo delatan, en algunos casos indicando que precisamente él era el comandante en jefe del Petrolao.

*http://internacional.elpais.com/internacional/2009/06/02/actualidad/1243893607_850215.html

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