¿Tígueres, timoratos o ciudadanos pensantes?

Foto: Michael J. Sandel

“El derecho es el conjunto de condiciones que permiten a la libertad de cada uno acomodarse a la libertad de todos.”  Immanuel Kant

¿Se justifica educar a nuestros niños y a nuestras niñas en el tigueraje para defenderse en el mundillo (calificado de selva por algunos) que nos circunda?  ¿Cómo hacemos para que la marrullería  así aprendida se utilice solo para defenderse, y no para pisotear a los demás?

Si no criamos tígueres marrulleros, ¿arriesgamos cosechar lo que vulgarmente los dominicanos llamamos “amemados”?  ¿Se puede prosperar (no solo acumular bienes materiales) sin tigueraje en nuestro medio?

¿Qué hace- por designio o de facto-  nuestra sociedad actualmente: fomentar la marulla, criar amemados, o todo lo contrario?

Nuestros hijos generalmente se crían en un ambiente de fuerte competencia, en ocasiones hostil, observando ellos que se tolera (por no decir que se fomenta y celebra) el sacar ventaja sin importar los medios para lograr el fin. No enfocaremos lo que pasa en la familia y en la privacidad del hogar, entre otras razones porque se dificulta generalizar sobre el ambiente en ese espacio íntimo. Pero desde que salimos a la calle es evidente que el más listo y marrullero es el que obtiene mejores resultados personales, sin consecuencias negativas para el transgresor. Llegar primero al destino, aunque sea conduciendo el vehículo en vía contraria- “robando un trechito”- es algo que vivimos todos los días en la César Nicolás Penson. Para evitar tener que llegar desde el Colegio de la Salle o la Fundación Global hasta la congestionada avenida Máximo Gómez para ir en dirección oeste por la Bolívar se pone en riesgo la vida de quienes siguen las reglas sin sospechar de la marrulla del otro: ¿uno es tíguere y el otro amemao? El tiguerazo ve condescendientemente al pobre diablo que se molesta en dar la vuelta reglamentaria  porque lo cree timorato; no le cabe en el caco  la posibilidad de que alguien cumpla la normativa para no arriesgar vidas y propiedad, y no por ser pariguayo. Ponemos precisamente este ejemplo porque no se trata de choferes de carros públicos y es probable que no sean tígueres totalmente carentes de educación formal los que con pleno conocimiento violan la norma por sentirse con derecho a satisfacer su deseo a cualquier costo social. El caso es que los jóvenes (y no tan jóvenes) que ven este espectáculo muy bien pudiesen concluir que robarse ese trechito de la Penson es muy rentable, pues se ahorra tiempo (y combustible) sin costo aparente para el conductor temerario. ¿Por qué no emular al exitoso tíguere en su conducta marrullera?

En el mejor de los casos es posible que al llegar a la escuela el niño reciba una prédica contradictoria de lo que observa en la calle (y posiblemente en el hogar) sobre la conducta correcta de los ciudadanos en sociedad. Pero la praxis pronto le indica que para avanzar en la escuela importa más el allante y las conexiones, el hablar duro y bravuconear, el presentar la tarea copiada aunque no conlleve aprendizaje, plagiar el trabajo o pagar para que otro lo redacte siempre que se haga con argucia,  y pasar los exámenes  aunque sea metiendo chivo para obtener el diploma. Llegar rápido por cualquier medio, y sin mirar mucho a quien hay que pisotear en el camino para arribar primero es la consigna implícita. Si el estudiante llega a la universidad o instituto pedagógico, entonces quizás le espere un “paño con pasta” en forma de unas charlas sobre “ética profesional”, que no le hacen absolutamente nada a la epidermis curtida por el ambiente selvático de la experiencia escolar y callejera. Después de tanto “dale por el pelao”, la exhortación a respetar el derecho ajeno, cae en un hoyo negro. Generalizando, a ese nivel los sermones quizás le sirvan de cursillo de ética y protocolo para hacerse pasar por buen profesional. Esa básicamente es la enseñanza implícita en el sistema, en nuestro sistema educativo producto de la desidia colectiva ancestral, y que urge transformar. Y ni hablar de cómo generalmente  los medios de comunicación refuerzan el tigueraje aprendido.

Habiendo formado marrulleros, entonces todos nos quejamos de los resultados cuando las acciones agregadas de tantos tígueres sueltos provocan caos en el tránsito, criminalidad en los barrios y residenciales, contaminación por doquier, y el largo etcétera de todos conocido. Ni la AMET, ni todas las fuerzas represivas del país juntas pueden lidiar con el pandemonio de tígueres marrulleros sin frenos éticos,  haciendo lo que la sociedad le ha enseñado a hacer, pues el sistema funciona a la perfección para formar en la marrullería. Y del tigueraje a la delincuencia mayor es un salto fácil para muchos. No hay justicia cuando dependemos primordialmente de la represión para garantizar los derechos individuales de los ciudadanos.

Actuemos colectivamente sobre la urgente necesidad de permear nuestra educación de “nociones éticas de convivencia que preparan para enfrentar los propios desafíos y comprender la experiencia de otros”, contribuyendo a  formar ciudadanos pensantes, ni tígueres ni amemaos. Empecemos por formar maestros de educación básica empoderados para imbuir a sus tiernos alumnos de las herramientas intelectuales para conducir sus vidas con un sentido práctico de la justicia tan imprescindible para la convivencia civilizada. Nunca mejor expresada esta apremiante necesidad que por el profesor de filosofía política de la Universidad de Harvard, Michael J. Sandel, al decir recientemente en Brasil:

“La educación formal debería concentrarse mucho más en el comienzo de la vida. En la escuela y en el hogar también el infante precisa tener contacto con todas las áreas de conocimiento, incluyendo la Ética, que es una herramienta necesaria desde los primeros años. ¿Cómo un niño sabe que no debe comer bombones que no son suyos o conducir el carro de la familia sin permiso o utilizar un arma que encuentra en casa contra otra persona? Hay situaciones en la vida que no están previstas y no sirve la prohibición pura y simple. Son las nociones éticas de convivencia las que preparan a los niños no solo para enfrentar sus propios desafíos sino incluso para comprender la experiencia de otros. La comprensión de las acciones de los otros es vital  para el establecimiento de la noción de justicia.”*

*Traducción libre de la entrevista al Prof. Sandel publicada en el siguiente enlace en portugués :  http://istoe.com.br/desigualdade-social-e-base-da-corrupcao/            A quien se interese por el pensamiento ilustrado de Sandel  y tiene 10 minutos recomendamos como introducción  la conferencia magistral en ingles con subtítulos en el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=qakTtlnmXz4   Su cátedra  “Justicia: ¿Qué es hacer lo correcto?”, la más popular de todos los tiempos en la Universidad de Harvard, en inglés con subtítulos, se puede ver en el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=GeHcXYQcXXo

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