Populista, elitista, trumpista

Entre los miles de artículos que intentan descifrar el fenómeno de Donald Trump, al menos uno remite a la clásica creación literaria del personaje del Dr. Jekyll /Sr. Hyde de Robert Louis Stevenson, resaltando el bueno de Donald y el Trump malvado.* Es un enfoque interesante, pero después de un análisis más detallado, resulta que el paciente exhibe un trastorno más complejo que el inicialmente diagnosticado, pues son tres facetas distintivas.

En este caso clásico de trastorno de la personalidad múltiple la primera manifestación  es el demagogo populista: Don promete devolver trabajos de la era industrial a las decrépitas ciudades del interior de Estados Unidos y al mismo tiempo recuperar la grandeza (sin definición) de la nación. Encanta con su discurso chabacano a los pobres padres de familias que han perdido su tradicional medio de vida en las minas y las fábricas, porque extranjeros arrebatan esos empleos sin que el estado defienda a los ciudadanos de los vándalos que derriban el imperio, sea cruzando la frontera, a remoto desde allende el mar con sus baratijas que entran sin barreras artificiales, o fomentando energías alternativas. Sobre esa base Don obtuvo un apoyo electoral considerable en los estados donde hay muchos obreros que añoran ese pasado glorioso cuando Estados Unidos era el indiscutible líder de la manufactura industrial, contribuyendo significativamente a los resultados sorprendentes del 8 de noviembre 2016. Ese personaje hizo la visita relámpago a Indiana para anunciar que había logrado evitar el despido de  unos 1,100 empleados de Carrier (en realidad fueron 730), y durante la transición ha seguido en campaña organizando manifestaciones multitudinarias en diferentes escenarios para mantener encendido el ánimo de sus seguidores con proclamaciones populistas. Es además maestro del tuiteo circense que alborota al mundo con sus ocurrencias madrugueras, en su mayoría mentiras patentes y desconsideraciones inoportunas. Don es el encantador de serpientes, protagonista de la pantalla chica y el arte de negociar para entretener a su público: en otras palabras un consumado showman.

El Dr. (en ciencias ocultas y artes oscuras) Trump representa el elitismo, pues pregona bajar los impuestos corporativos y hacer prosperar a los ricos eliminando regulaciones y designando en su gabinete a las personas atacadas por Don en campaña, como los ejecutivos de Goldman Sachs, por ser parte del pantano que siempre ha gobernado y hubiese seguido gobernando con “Crooked Hillary” en Washington. Es el monarca de los palacios chillones de la torre Trump y el club Mar-a-Lago, desde donde quisiera reinar como un déspota autoritario, su ídolo Putin. Es el hombre más inteligente del mundo, pues no necesita consejos de los tecnócratas de carrera administrativa en el gobierno federal ni de informes de inteligencia para establecer nuevas políticas de relaciones exteriores  y defender a Estados Unidos de ataques extranjeros, pues entiende que los verdaderos enemigos son los ciudadanos y las instituciones estadounidenses que le hicieron y le seguirán haciendo oposición democrática. Se dispone a desmantelar el gobierno federal con un gabinete en su mayoría sin experiencia en la administración pública y sin haber demostrado previa vocación de servicio al bien común, satisfaciendo así los anhelos de los republicanos más conservadores, y sobre todo de la élite económica. El Dr. siempre está dispuesto a pactar con cualquiera – si le hace el coro- incluyendo a la ex canciller Clinton y el presidente Obama, como ha demostrado después de las elecciones. Pero cuidado si en algo le contradicen y le hacen oposición pública como el dirigente sindicalista de Indiana objeto de su ira vertida por tuit.

Finalmente la tercera cabeza solo tiene en consideración su ego y sus intereses. Ese “magnate” manipula cual ventrílocuo  a los dos personajes públicos- que parecen contradictorios- como títeres a su servicio. El Sr. Don mantiene bobos a los obreros industriales amenazados por la globalización con su discurso populista-nacionalista y unos cuantos empleos comprados a cualquier precio. El Dr. Trump reparte caramelos a magnates de los negocios y el aparato militar con designaciones importantes en su gabinete y reuniones en su palacio. Mientras tanto a Donald Trump, el manipulador,  solo le importa salir siempre personalmente triunfante, pues no tolera conceder una sola batalla o negociación. Donald Trump siempre puede poner la mano donde sus deseos le indican, pues es Donald Trump, la estrella. Donald Trump no tiene conflictos de interés y siempre consigue lo que quiere. Quiere y va a imprimir su marca triunfadora que explota en todas sus vertientes como un animal que marca territorio: Trump Tower, Trump University, Trump Taj Majal, Trump International Hotel-Washington, ahora Trump Uber Alles. Para confirmar con una excepción la regla, según la revista Time, recién  ha cambiado las siglas de su avión privado con el apropiado mote de “Tyson 1”**, de seguro en homenaje al antiguo campeón de boxeo y alter ego.

A simple vista el presidente electo Donald Trump no es ni populista ni elitista, sino todo lo opuesto, es egoísta y megalómano-en fin, trumpista. Tiene ahora cuatro años para desmentir con hechos (no con un tweet) este diagnóstico íntimo de su carácter, y así disipar las reservas sobre el futuro de Estados Unidos que su egocentrismo despierta en las personas que no se engañan con los chupetes retóricos que sus creaciones dramáticas-  el Sr. Don y el Dr. Trump- dosifican para apaciguar a las masas populares y a la élite económica, respectivamente.

*http://internacional.elpais.com/internacional/2016/12/11/actualidad/1481483352_457557.html 

* http://time.com/4605666/donald-trump-plane-call-sign/

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