Nada en exceso, todo en su medida

La abstinencia total es algo tan excelente, que no debe practicarse en exceso. Mi dedicación a la abstinencia es tan apasionada que me abstengo absolutamente de la abstinencia total misma.” –Mark Twain

Fruto de conocerse a sí mismo, homo sapiens descubre que su ser pende entre dos extremos: materia  y espíritu, para decirlo de manera figurativa. Y lo que es más importante, resulta que nos conviene evitar ambos extremos, pues no somos ni animales ni dioses, y necesitamos tanto de lo físico como de lo etéreo, en moderación. 

No tenemos registro documental de cuándo ocurrió ese estremecedor descubrimiento de nuestra naturaleza ambivalente con sus consecuencias, pero sabemos que a la entrada del templo de Apolo en Delfos, hace unos 2500 o más años, figuraba prominentemente el aforismo, “Nada en exceso” (por algunos atribuido a uno de los Siete Sabios de Grecia, Solón), como corolario del primer mandamiento de “Conocerse a sí mismo”. 

Evitar los excesos ya era precepto en tiempos presocráticos, y este aforismo fue desarrollado y afinado más tarde por Aristóteles, al establecer el concepto del “justo medio”:

Todo hombre instruido y racional se esforzará en evitar los excesos de todo género, sean en más, sean en menos; sólo debe buscar el justo medio y preferirle a los extremos. 

Con los actos sucede absolutamente lo mismo que con las pasiones: pueden pecar por exceso o por defecto, o encontrar un justo medio. Ahora bien, la virtud se manifiesta en las pasiones y en los actos; y para las pasiones y los actos el exceso en más es una falta; el exceso en menos es igualmente reprensible; el medio únicamente es digno de alabanza, porque él sólo está en la exacta y debida medida; y estas dos condiciones constituyen el privilegio de la virtud. Y así, la virtud es una especie de medio, puesto que el medio es el fin que ella busca sin cesar.     

Mientras tanto en el Lejano Oriente, hace también unos 25 siglos, Buda Guatama establece el mismo precepto prescribiendo el equilibrio que él describe como el camino medio, uno de los pilares de su fórmula para la felicidad y la convivencia. Evitar tanto el ayuno hasta la inanición como  la obesidad por gula, ese es el justo medio. Así dos grandes tradiciones confluyen en prescribir la moderación como guía para el correcto comportamiento humano: el camino medio es el justo medio.

Sobre los fundamentos de Aristóteles el cristianismo escolástico de Santo Tomás de Aquino establece la templanza – que es moderación y sobriedad en los sentimientos, los deseos y las acciones- como una de las cuatro virtudes cardinales junto a sus compañeras fortaleza, prudencia y justicia. Luego algunos puritanos elevan la templanza a un sitial inexpugnable en su filosofía de vida, provocando las observaciones geniales de Mark Twain al respecto:

“La templanza templada es la mejor. La templanza destemplada perjudica la causa de la templanza, mientras que la templanza templada ayuda en la lucha contra la destemplanza destemplada. Los fanáticos jamás aprenderán esto, ni que se grabe en letras doradas en el firmamento.”

El fanatismo- que es igual a extremismo-  es perjudicial hasta cuando surge de una buena causa, y la moderación misma llevada a un extremo es contraproducente por aburrida. Antes de la penitencia de la cuaresma celebramos con pasión el carnaval para  equilibrar y en conjunto promediar la templanza que es una virtud cardinal. Un eventual exceso -siempre que no agreda a los demás- realza el valor de la sobriedad usual.

Llevamos  muchas generaciones con el conocimiento teórico sobre el valor del justo medio sin haber dominado su práctica aun (“con las excepcionales excepciones a la regla”). Mucho se ha hablado y mucho se ha escrito sobre evitar los excesos de todo tipo, sin embargo  la sentencia del inefable Mark Twain sigue vigente: «El hombre es el único animal que come sin tener hambre, que bebe sin tener sed, y que habla sin tener nada que decir». O que teoriza compulsivamente, pero practica menos. Hay momentos para hablar, y otros para silenciar, intercalados para mejor resultado, evitando los extremos.

Por eso el precepto “Nada en exceso” aplica a todo en la vida, incluyendo la moderación misma. Si siempre somos sobrios en todo, somos aburridos. El exceso de moderación es un exceso también. Debemos mantener el equilibrio: tan contraproducente es nunca excederse en nada, como siempre excederse en todo. El camino del medio, pero no con una raya inflexible, sino una amplia franja por donde transitar con equilibrio.

No tenemos medios para grabar esta verdad con letras doradas en el cielo, pero prometemos un tatuaje en un algoritmo prominente de nuestro cuerpo-alma futuro: NADA EN EXCESO. Y sobre todo esforzarnos por cumplir lo que profesamos desde la remota Antigüedad: generalmente evitar los extremos.

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