Un mundo en guerra

La mundialización o globalización de las economías que se anunciaba como la panacea universal ha generado un mundo mucho más incierto que el previsto por sus ideólogos. La realidad es que la mundialización ha favorecido la concentración de los grandes capitales, ha afectado notablemente las clases medias tradicionales y ha acrecentado de manera general la brecha entre los más pobres y los más ricos.

Al ver sus ventajas relativas declinar las clases medias se han cansado de promesas incumplidas. Frente a las crisis económicas sucesivas y la pérdida de su poder adquisitivo tienden hacia el repliegue,  se sienten además amenazadas y temerosas ante la mayor crisis migratoria de la historia y a una violencia global desquiciada.

Informes dados a conocer recientemente confirman que mentiras oficiales, movidas seguramente por oscuros motivos, determinaron las políticas que condujeron a la desestabilización del Cercano Oriente y que, en un efecto dominó, han desencadenado nuevas guerras y las grandes migraciones del siglo XXI.

Han sido estas políticas también las que han hecho surgir un enemigo “inexplicable” que sacude el mundo mediante ataques terroristas mezclando una ideología de otros tiempos, reinterpretada de la peor manera, con el uso diabólico de las más novedosas tecnologías y de una disciplina fanática financiada copiosamente por la explotación petrolera y la desigualdad social. Con una visión de futuro, sus escuelas están diseñadas para la fabricación de clones: desde la maternal los niños juegan con armas reales para estar preparados desde temprano para asumir el relevo de los yijadistas actuales.

El enemigo tiene, entre otros objetivos, vengarse, sembrar el caos, dividir el mundo musulmán sunita, dividir el mundo musulmán del mundo occidental y aniquilar todo cuanto le resista. Nadie puede objetar que, hasta ahora, a final de cuentas el mayor número de víctimas del Estado Islámico son musulmanes: Siria se desangra, al igual que Irak, Yemén y tantos otros países.

Sembrar el caos en Francia, como en otras naciones, es una de sus estrategias. La mayor concentración de musulmanes de Europa se encuentra en ese país y la mayoría de los musulmanes franceses están integrados a la sociedad. Francia tiene por lema libertad, igualdad, fraternidad. Es el país de los derechos humanos, de la laicidad, que reconoce el matrimonio gay. Todos estos son símbolos insoportables para un movimiento extremista que se rige por principios absolutamente antagónicos.

El Estado Islámico persigue con ahínco su norte que es radicalizar las sociedades occidentales; de ahí que las palabras de Marine Lepen o de Donald Trump, así como sus posibilidades electorales, sean miel para sus oídos.

No nos dejemos engañar por la propaganda del odio. No nos dejemos encerrar por el miedo al otro dentro de nuestros propios muros. No hagamos recaer sobre la figura de  todos los practicantes de una religión todas las angustias y todos los rencores de un mundo en crisis y en mutación galopante que constata la pérdida de sus valores tradicionales en un proceso económico de concentración marcada. Eso sabe demasiado a “déjà vu”. No se trata de buscar chivos expiatorios frente al horror y a la pérdida de seres queridos.

Fatima Chahirri es una francesa musulmana, madre de 7 hijos, y una de las víctimas mortales del atentado del pasado 14 julio en Niza. Franceses, suizos, ucranios, alemanes, todos seres humanos, fueron asesinados en la “Promenade des Anglais” cuando celebraban el aniversario de la toma de la Bastilla y lo que ello significó para el avance de la solidaridad y la fraternidad en el mundo.

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