“Se murió” Andrea

A Andrea le gustaba ir al mercado de la Duarte, no por necesidad,  sino por el placer de comprar vegetales frescos.  Andrea era una mujer en sus sesenta, chapada a la antigua, fina, tranquila, muy de su casa, de su familia, de su iglesia, solidaria con sus vecinos, sonriente, querida de todos. Una persona decente en un entorno difícil.

El pasado lunes, con todo un brazo enyesado se fue, como de costumbre, hacia el mercado cruzando la fatídica avenida Nicolás de Ovando, vía que se ha convertido en una autopista en el tramo que va de la Máximo Gómez a la Duarte: conchos, guagüeros, voladoras y motores se han apropiado del espacio. Vuelan, atropellan, “zigzaguean” y hacen de las suyas en el más total irrespeto de las leyes de tráfico y de los peatones.

Pues a Andrea, esta mujer apacible y dulce, se la llevó de encuentro una guagua; la voló, la estalló, la destrozó. Así se murió Andrea en un instante, dejando atrás su hija y su nietecito que vivían con ella.

Andrea no es la primera ni será la última víctima que muere en este trecho de avenida que parece tierra de nadie, como muchas avenidas y calles de nuestra ciudad capital. Sin embargo, quizás su muerte haya hecho rebosar la copa en su barrio. La semana pasada, una guagua atropelló un niño que volvía del colegio. Hace poco, fue el sereno del hotel de la esquina con la 21. En este mismo lugar, la dejadez y desidia de nuestras autoridades han cobrado demasiadas vidas inocentes.

La Nicolás de Ovando se ha convertido en una línea invisible y peligrosa que divide Villas Agrícolas en dos partes. No hay un semáforo, ni un lugar donde los peatones y  especialmente los niños  y las niñas, puedan cruzar para llegar a las dos escuelas públicas ubicadas en la parte sur de la calle.

La realidad de la comunidad es difícil. Los padres mandan sus hijos a las escuelas con  mandamientos diarios: “debes cuidarte, debes pedir a alguien que te cruce en la Ovando, no te pares en el medio, no corras en la calle, cuidado con las guaguas, los carros, los motores, las voladoras”.  Los niños no saben si cruzar o dejar que el sol los queme en las orillas de las aceras esperando que un alma doliente se compadezca y los cruce, corriendo otros riegos, como el de que un depravado los tome de las manos con otras intenciones.

La historia de Villas Agrícolas se escribe día a día con pérdidas de vidas; si no son pandillas que se enfrentan por tener el dominio de un punto de venta de sustancias prohibidas, es una bala perdida, si no es un carro, motor o voladora que ciega la vida de un morador de este sector marginado, dejando como resultado más niños y niñas huérfanos, viudas que tienen que dejar sus hijos solos en casa para salir a la calle a hacerle frente a la vida y buscarles comida a sus hijos cómo aparezca y dónde aparezca.

El vecindario y la junta de vecinos ahora están hablando de unirse para solicitar un puente peatonal, que podría mitigar el mal si los pequeños y los grandes peatones aceptaran ir a lo seguro y no a lo rápido. Hacen falta también dos semáforos que había y quitaron.

El mismo día que escribo sobre la muerte de Andrea, leo una entrevista de Roberto Salcedo en el Listín Diario, donde éste declara que dejará una ciudad totalmente diferente, describiendo algo cercano a un paraíso.

Sin embargo, la ciudad que nos dejan los 14 años de gestión peledeista es una ciudad insegura, agresiva, no amigable con la gente ni con el medio ambiente, llena de basura en los sectores más desfavorecidos. Una ciudad sin ningún ordenamiento urbano, una ciudad ni siquiera para carros y tampoco para la gente, el espejismo de un pequeño Miami en un país que quiere aparentar lo que no es.

Hace mucho tiempo que se desvanecieron las promesas de los ideólogos de la primera línea de metro, que prometían arreglar el caos del transporte organizando de manera moderna las rutas alimentadoras de las estaciones de metro.

Populismo, incapacidad, intereses financieros espurios desmedidos y clientelismo se unieron para dejar crecer el deficiente e inseguro sistema de transporte público que nos esta asfixiando como capital.

Tener un transporte público de calidad es la única garantía para que Santo Domingo no se estanque y para reducir el peso de la inequidad que obliga a los sectores más vulnerables a padecer los estragos de un servicio peligroso e ineficiente.

¿”Se murió” Andrea? ¿Le “había llegado su hora”? ¿Pudo ser evitada su muerte  como la de tantos otros? ¿”Se murió” o mataron a Andrea? La pregunta es cruel,  en tal caso, ¿quién o quienes son responsables de esa muerte? ¿Un sistema injusto, o sus insensibles administradores?

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