La diplomacia al servicio de la tiranía (2 de 3)

Al extremo, nos recuerda esos voceros del trujillismo,  que al ser recibido por el propio Papa para la firma del Concordato años después, en 1954, el Pontífice lo bendijera y le impusiera además una condecoración, lo que el tirano recompensó condecorando a su vez a dos allegados del Papa.

No entiendo donde radican los méritos de esa diplomacia y mucho menos la afirmación de que esa política exterior fuera “certera” y que en su ejecución se usaran a “los mejores hombres”. La capacidad en sí misma no supone virtudes. En mi personal valoración de esos hechos, estimo, por el contrario, que acerca de esos personajes de la historia dominicana, sobre aquellos que asumieron con entusiasmo la tarea de  asignarle una justificación teórica, ética, moral y política, a un régimen tan despiadado como el de Trujillo, recae la mayor responsabilidad histórica.

Me parece repugnante, además, que se intenten reivindicar  los actos más deshonrosos en materia de cabildeo político, como las que se atribuyen al entonces embajador  en Washington Manuel De Moya Alonzo, es decir, los sobornos a congresistas y diplomáticos norteamericanos, como evidencias de las cualidades de un servicio exterior que tenía en cambio como único norte, la absoluta sumisión a un régimen que fue  entonces una vergüenza y hoy es un estigma para el pueblo dominicano.

Nadie puede negar el talento de esos hombres,  la enorme capacidad intelectual que poseían, y, si se quiere, la fascinante elocuencia de su verbo. Pero no representaron  ninguna etapa  brillante de nuestro servicio exterior. Tenían sus mentes tan altas como encorvadas sus espaldas. Tal vez sus nombres aparezcan todavía en los anales de la diplomacia dominicana, sólo porque muchos de los que ocuparon después las mismas posiciones carecieron de la brillantez intelectual que ellos tuvieron.

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