Juan y José

Los casos de violencia y maltrato que he descrito en mis artículos anteriores siempre han tocado temas sobre niñas y mujeres. Sin embargo, los varoncitos de las familias más desfavorecidas son igualmente víctimas de las vidas de sus progenitores con la diferencia de que son expuestos todavía más jóvenes a la dureza de la calle. En la mente de la mujer más vulnerable que sea está grabado que las niñitas no pueden andar muy lejos, que corren más peligro, que les puede pasar “algo” siendo, hasta cierta edad, más vigiladas y protegidas por el mismo vecindario. Además, ellas cumplen “oficios” en las casas.

El niño desde que camina se independiza. Empieza a seguir a los más grandes, a recorrer el barrio en búsqueda de espacios, a batear en la calle en medio de los carros. La calle es el único terreno de juego para la gran mayoría de la niñez de nuestros sectores marginados urbanos con la agravante que hasta las aceras son invadidas por talleres y comercios de todo tipo.

Generalmente, las niñas no forman parte de los grupos de niños y adolescentes que rondan en los barrios. Los varones andan en manadas, en grupos de tigueritos. Como en todas las etapas de la vida, hay una distinción de género muy clara en el juego. Si las niñas no están plantadas en una cama frente al televisor se las ve jugando en las aceras frente a sus casas o a las casas de las vecinitas: se divierten con muñecas y cochecitos de muñecas. Para quienes viven en el hacinamiento la calle es el único lugar de expansión. En muchos casos es la única posibilidad de ver la luz del día que no entra en las casas. Los muchachos batean con palos, comparten bicicletas, vuelan chichiguas. A falta de lugares de esparcimiento públicos en algunas calles y callejones se ven canastas de básquet donde los jóvenes practican mientras pasan carros y motores.

Juan vive con su hermano José y su mamá en un pasillo de una casa inmunda donde, según los vecinos, viven solo prostitutas y ladrones. Su reino es la calle. Tiene 7 años y sin necesidad de estudios psicológicos profundos se nota que tiene problemas: Juan sufrió de una meningitis; al igual que su hermano José rechaza todo contacto físico. Uno es de una hiperactividad enfermiza, el otro más bien apático. No tienen ninguna confianza en la gente y mucha hambre atrasada. Juan muerde a todos los que quieren disciplinarlo y lo anuncia: “muerdo”. Le tienen miedo, a tal punto que se metió recientemente en el Centro Infantil de Atención Integral (ex Conani), del barrio y, como no quería irse, sus directivos llamaron a la Policía para que esta lo condujera a su casa. Además, se lleva también lo que encuentra, lo que le ha valido un alto grado de rechazo en el vecindario así como muchos golpes y cicatrices. De alguna manera, Juan es como un pequeño animal no domesticado.

Juan y José nunca han ido a la escuela y se han socializado en las calles de un sector sin mucha piedad y en la casa de brujas donde viven entre tecatos. La madre tiene 28 años, vende su cuerpo para darles de comer y dice a la franca que no puede con sus hijos, que quiere salir de ellos y empezar a vivir para ella. Tuvo dos hijas con un hombre mayor que ella, la primera a los 13 años, luego el hombre la botó.

Me pregunto, frente a esta realidad, ¿cómo es posible que tantas mujeres y jóvenes no tengan otro recurso que ejercer el trabajo sexual que las obliga muchas veces al consumo de drogas con sus clientes? Les hablo de mujeres patéticas, no de chapeadoras. ¿Cómo es posible que una sociedad no ofrezca otras alternativas a jóvenes mujeres que la de vender su cuerpo para procurarse el sostén frente a la desdicha, al abuso intrafamiliar, a la maternidad a temprana edad?

Cuando son apetecibles y todavía lindas, lo hacen en moteles. Cuando ya no pueden, se venden en los callejones o detrás de un carro, a veces con sus bebés durmiendo en la acera en cajas de cartón para no dejarlos incurrir en una peor suerte en habitaciones sórdidas.

Aunque la sociedad dominicana no las mire, porque cree que no existen, o sencillamente porque no las quiere ver, ellas están ahí y merecen solidaridad y justicia. Para ellas y sus hijos e hijas se deben establecer programas que les permitan fortalecer una auto estima que está por el suelo y empoderarse poco a poco de sus vidas. La mayoría de las veces, a pesar de los riegos en que incurren, ni se protegen ni se planifican y tienen hijos e hijas librados a sí mismos que deben ser insertados en la sociedad a como dé lugar.

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