Judas Iscariote, el deicidio y la maldición de los “otros”

“Odios contra grupos siempre existieron. Pero en nuestro estudio partimos de la base de que el despecho contra los judíos es único. Los judíos fueron odiados en sociedades paganas, religiosas y seculares. En bloque, fueron acusados por los nacionalistas de ser comunistas, por los comunistas de ser capitalistas. Si viven en países no judíos, son acusados de dobles lealtades; si viven en el país judío, de ser racistas. Los judíos ricos fueron agredidos y los pobres maltratados. Cuando gastan su dinero son resentidos por ostentosos; cuando no lo gastan, son despreciados por avaros. Fueron llamados cosmopolitas sin raíces o chauvinistas étnicos.

Profanacion de la hostia consagrada

Si se asimilan al medio, son temidos por quinta columnas; si no, son odiados por cerrarse en sí mismos. Cientos de millones de personas han creído por siglos, que los judíos beben la sangre de los no-judíos, que causan plagas y envenenan pozos de agua, que planean la conquista del mundo, o que asesinaron al mismísimo Dios.” – Gustavo Perednik en La naturaleza de la judeofobia*

Si bien la judeofobia- reputada como “el odio más antiguo”-  antecede a la era cristiana, no hay duda de que a partir de la expansión y consolidación del cristianismo como religión de Estado el anti-judaísmo devino en un fenómeno que ha socavado durante siglos las profundas enseñanzas del más amoroso de los profetas hebreos, Jesús de Nazaret. Paradójicamente, sustentando su argumento en el Nuevo Testamento – cuyos máximos aportes son el amor al prójimo, la hermandad de toda la humanidad, y el perdón de las ofensas y los pecados-  hacia el año 150 e.c. el obispo Melitón de Sardes atribuye al pueblo de Israel el deicidio con la sentencia:

Dios ha sido asesinado, el Rey de Israel fue muerto por una mano israelita.

Luego otros se ocuparon de traspasar la presunta culpabilidad de un apóstol llamado Judas Iscariote por traicionar al Maestro, o de Caifás y los jerarcas del Templo por solicitar al gobernador romano la ejecución de Jesús, al pueblo judío colectivamente y a sus descendientes hasta la eternidad. Ignorando que compartimos con el judaísmo los diez mandamientos como norte en nuestras vidas, generaciones de cristianos satanizaron a los judíos, creando la caricatura del Hebreo sucio, avaro, sanguinario, conspirador y violador de los más sagrados preceptos mosaicos contenidos en la Torá y el Talmud. En lugar de ser creados a imagen de Dios, los judíos fueron recreados en el imaginario cristiano como caricatura de Satanás. Y como era muy difícil distinguirlos a simple vista, fueron obligados a vestir con sombreros de pico, campanas audibles en los vestidos o emblemas visibles de una  caricatura de  la estrella de David en sus abrigos. Leyendas negras como las de la profanación de la eucaristía, el envenenamiento sistemático de aljibes y el libelo del uso de sangre cristiana en sus ritos fueron leña para la hoguera del odio a los judíos.

Con fuerte impulso dogmático, el prejuicio y la discriminación fueron creciendo como bola de nieve en la Europa cristiana: del aislamiento en juderías a la expropiación de bienes, de la expulsión de judíos a pogromos esporádicos hasta desembocar en la monstruosa “solución final” de Hitler y sus secuaces. En el perfecto caldo de cultivo del odio de origen religioso acumulado durante siglos, la chispa del nacionalsocialismo hizo explotar el odio ancestral en el genocidio del Holocausto a mediados del siglo XX.

Libelo de la sangre

La Iglesia católica tardó dos décadas- desde la liberación de los campos de concentración nazis en 1945 hasta la Declaración Nostra Aetate del Segundo Concilio Vaticano en 1965- para oficialmente abolir el dogma católico romano del deicidio, principal sustento doctrinario del anti-judaísmo europeo durante casi dos milenios. Luego, en visita a Jerusalén, el 26 de marzo 2000, el Papa pidió perdón por primera vez por “los no pocos  cristianos culpables de la persecución de judíos” en una oración depositada por Juan Pablo II en el Muro de las Lamentaciones, documento que hoy se exhibe de manera destacada en el museo del Holocausto de esa ciudad, y que reza:

Dios de nuestros padres, habéis elegido a Abraham y a sus descendientes para llevar Vuestro nombre a las naciones: estamos profundamente afligidos por el comportamiento de aquellos que, en el curso de la historia, hicieron sufrir a Vuestros hijos, y os pedimos perdón. Deseamos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo del Libro.

Hoy parece más que evidente que Dios no fue asesinado, y mucho menos por el pueblo de Israel en su conjunto. Si un apóstol “se desvió” y “traicionó” a Jesús (¿no vino a sacrificar su vida por los pecadores?), doce otros de similar procedencia probaron su lealtad y veneración al Maestro. Maria Magdalena, Marta, Lázaro y tantos otros le fueron siempre fieles. Además, los hijos no heredan las culpas de los padres. Es aparente que fue un absurdo achacar el supuesto deicidio (que no lo fue) a todos los judíos, in saecula saeculorum. Pero la quema de Judas persiste aun en las tradiciones de muchos pueblos cristianos, y el odio a los “otros”- porque vienen de fuera o simplemente son superficialmente diferentes- no ha sido extirpado de todos nuestros corazones. En algunos casos, el ancestral odio a los judíos persiste, pero en muchos más ese odio ancestral se manifiesta contra otros grupos, pues solo ha cambiado de blanco.

Hoy los que fomentan el odio contra los “otros” no denuncian la profanación de la hostia consagrada como en el medioevo europeo, mas igualmente agitan las tropas acusando al vecino de profanar la bandera nacional. Cuando no sustentan su odio tergiversando pasajes de la Biblia, manipulan las palabras de los próceres para atizar el odio. Porque un general invasor fue sanguinario hace muchas décadas, todos los vecinos son monstruos de la violencia. En lugar del libelo de la sangre, tenemos el Comegente o Cuco que se lleva los niños de noche. Cuando los “otros” trabajan, nos están quitando los empleos; si no trabajan, son una partida de holgazanes mendigos. Si bien no los acusamos  de obrar para conquistar el mundo como algunos vienen acusando a los judíos, aseguramos que “ellos” están tomando nuestro territorio para fundirnos en un solo estado, o contagiarnos con su perversidad. Si los “otros” se integran es para esconder su verdadera identidad; y si son sinceros y revelan cándidamente lo que son, es peor.

Sombrero de pico de uso obligatorio para poder distinguir a los judíos de los cristianos

¿Es que los “otros” nunca podrán ser nosotros porque heredan un segundo pecado original no bíblico y no redimido por el Mesías?

No esperemos otros tantos siglos para deponer el absurdo odio grupal en sus diversas manifestaciones, hoy muchas veces disfrazado de patriotismo, puritanismo, o cualquier otra manipulación de nuestros textos sagrados. Meditemos sobre lo que significa atribuir la culpa (en muchos casos fabricada o al menos magnificada) de uno o más de sus integrantes a cualquier conglomerado humano en su conjunto, adaptando a nuestro contexto la declaración del Vaticano en 1965 sobre el error de acusar al pueblo de Israel de deicidio:

Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios.

Además, la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los judíos, e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos.

Por los demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia, abrazó voluntariamente y movido por inmensa caridad, su pasión y muerte, por los pecados de todos los hombres, para que todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su predicación el anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia.

Papa Juan Pablo II en el Muro de las Lemantaciones, en marzo del 2000

No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y con los demás hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritura: «el que no ama, no ha conocido a Dios» (1 Jn 4,8).

Así se elimina el fundamento de toda teoría o práctica que introduce discriminación entre los hombres y entre los pueblos, en lo que toca a la dignidad humana y a los derechos que de ella dimanan.

La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto, el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que, «observando en medio de las naciones una conducta ejemplar», si es posible, en cuanto de ellos depende, tengan paz con todos los hombres, para que sean verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos.

La fraternidad universal excluye toda discriminación.**

*http://www.izionist.org/wp-content/uploads/es_archive/2011/10/La-naturaleza-de-la-judeofobia.pdf

** http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html

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