Duelo Nacional por Juancito Sport: JA!

La pura verdad es que, actualmente, tengo una percepción del mundo, de la vida, de las gentes, que me impide alegrarme de las muertes o desgracias de cualquiera, aún de los que harían un gran favor si se murieran o, al menos, si padecieran cualquier desgracia que parezca equilibrar un poco la impunidad de unas bonanzas ilegítimas y el ejercicio abusivo de cualquier función social.

Y es que, honestamente, por lo que me he obligado a desaprender de la generalizada domesticación colectiva, no me es posible regocijarme con la idea de castigos sangrientos, crueles, mutilantes o mortales, ni siquiera contra quienes realmente se los merezcan, que los hay.

Si yo me sumara a los que claman por sangre y el fuego, o los celebran, ¿qué hobbies y banderas, les dejaría a los simpatizantes de La Inquisición, del KKK y de los asesinatos y torturas trujillistas y balagueristas?

¿Qué les dejaría a los paleros del PLD? No, yo no soy ellos, para alegrarme con desdichas de otros, ni para aplaudir atrocidades y  violencias de ningún tipo, ni para justificarlas. No! No soy ellos, que le buscan excusas -si es que no los perpetran y ordenan por si mismos- a abusos, homicidios y asesinatos. No, a mi no me entusiasman los exterminios, ni me deja impasible la ejecución de una persona, aún en los casos en que su función sea equivalente a la de una de esas cucarachas que solo transmiten pestes y/o ni aún cuando esa persona forme parte de la casta gobernante, que tiene responsabilidades directas en la propagación de esta clase de violencia.   

Estoy en otro bando. En el de los que se han resistido a sumarse a la bestialidad política que nos arropa. Soy de esa parte de la sociedad dominicana horrorizada, crispada, ante esta banda de tígueres rastreros, que han animalizado el país en su totalidad.

Juro que no me alegraré si algún día, sentada a la diestra del Padre, comiendo los frutos del árbol de la sabiduría (que ya legalizaron en el cielo) llega alguien a informar que al Cardenal lo están friendo en una olla de alquitrán en una de las frituras del Infierno. O que ya el Diablo dispuso lo ordenado por Dios, de que pusieran al Cardenal de masajista -obligado a proporcionar finales felices a cualquiera que se lo solicite- en el elegantísimo, sofisticadísimo y exclusivísimo club privado que algunos miembros de la comunidad LGBT están construyendo en el penthouse de La Gloria.

Tampoco seré feliz, si se dispone que a Vincho lo pongan, en el día, como encargado de limpiar letrinas en el barrio haitiano del Cielo y que en la noche, lo vistan de bailarina egipcia y lo destinen por toda la eternidad a abanicar a esos haitianos, con pesados abanicos de plumas de marabúes y que, además, deba apresuparse a preparar las jukas, con menú de opio, cocaína y crack -sin que puede él mismo disfrutar de una- cuando sus amos de lo ordenen.

A pesar de ser así, cuando hice referencias en Facebook a la reciente muerte de Juancito Sport (después de muerto se llama Juan de los Santos) algunas personas interpretaron como alegría y «falta de respeto a la familia» lo que estaba muy lejos de ser una u otra cosa y además, algunos parecen confundir una serie de nociones, cada vez menos entendidas en la sociedad dominicana, donde prima un arroz con mango, propiciado desde el gobierno ( con estrategias como pronunciar el nombre de Dios en vano, utilizándolo como arma de chantaje y haciendo citas bíblicas, sacadas de contexto por los cabellos) para responder cuestionamientos jurídicos y asuntos de orden social, que debían asumirse con un poco más de responsabilidad y sin dar por sentado que toda la audiencia es idiota.

Cuando me enteré de la muerte -y sobre todo, de las circunstancias en que esta ocurrió- no solo no me alegré, sino que me sentí sobrecogida y angustiada, digo, francamente, no tanto por Juancito Sport, sino por nosotros, quienes no somos los Juancitos Sports que están gobernando  en nuestro país y que padecemos un nivel de vulnerabilidad, que no es el que lo afectaba a él, ni a ninguno de esos compinches, ni a los cada vez más repugnantes y agresivos y podridos compañeritos del partido y socios de empresas mafiosas, que han creado mayores problemas sociales de los que ya existían, al hacer que las bancas de apuestas tengan más presencia en la vida dominicana que las escuelas, aparte de todos los embobamientos, alienación y brutalidad que se siembra desde la infancia, en una población que pone sus esperanzas en los juegos de azar.

¿Por qué el JA! ante el «duelo nacional»? Porque en duelo estábamos desde antes de que lo decretara la mosca muerta con dientes y estómago de cocodrilo que tenemos por «Presidente». En duelo estábamos los que nos sentimos rodeados por una manada de hienas, peleando por nuestros despojos.

La familia de Juancito merece todo mi respeto, solidaridad y, sinceramente, compasión,  en su condición privada de familia, que pasa por una tragedia espantosa. Merece ese respeto, tanto como el que se le debe a las familias de los guardaespaldas asesinados y a la familia del mismo agresor, así a como todas las familias que son afectadas por la frivolidad con que se recurre a la violencia y al asesinato para dirimir cuestiones que debían tener instancias donde dilucidarse con alguna racionalidad.

Es casi el mismo respeto que se le debe a las familias a la que la policía le ejecuta un miembro en la calle. Ocurre con tanta frecuencia, que ha acabado por volverse una epidemia de gente resolviendo querellas contratando sicarios (un negocio que floreció con padrinazgo) o halando por una pistola por cualquier quítame esta paja o por rebatiñas entre delincuentes, que se pelean por los trozos del país al que han secuestrado.

En el ámbito político y social la familia de Juancito también merece todo respeto, en especial, los integrantes de la misma que no sean botellas del gobierno, ni tengan acceso irregular a recursos públicos.

Con relación a la manida y manipulada frasecita de que «no se puede juzgar a nadie», se trata de una frasezota, cuando asumimos esa brillante enseñanza, para frenarnos la boca, a la hora de rebuznar censurando, discriminando, menospreciando, denostando y chismeando sobre conductas personales, privadas, a las que los individuos tienen pleno derecho; pero cuando se trata de funciones públicas y de crímenes y robos y otros delitos, si no vamos a juzgar a nadie, entonces ahorrémonos el presupuesto del Poder Judicial y del Legislativo también, lo cual, así, de repente, no me parece tan mala idea.

La recomendación de no andar juzgando es brillante, para aplicarla a hostilidades gratuitas o limables, de la convivencia cotidiana y para tenerla como guía para no andar metiendo las narices en donde no nos corresponde; pero a los funcionarios públicos que nosotros mantenemos con unos ingresos que ellos mismos se han designado, y se sirven a capricho, destrozando nuestra calidad de vida y nuestros recursos, hay que pedirles cuentas. Es un derecho y un deber ciudadano.

Por cierto, ¿cómo es que el matador era como «un hijo» para Juancito y trabajaba en las empresas «privadas» de éste, pero que también era contratista del mismo cabildo en el que Juancito era alcalde? Esa práctica, que suelen usar los alcaldes para robarse los recursos de los cabildos de los que son dueños, teniendo varios testaferros de sí mismos dentro de la institución, ¿ya es legal?

Porque antes de declarar los duelos nacionales, debían deshollinar un poco a los héroes homenajeados con ese recurso.

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