El gran fumigador

Macondo, República de Aracataca. En una decisión que los aldeanos no alcanzan a explicarse racionalmente (un hecho más del proverbial surrealismo macondiano), el jefe de la gran tribu decidió dedicarse por tiempo indefinido a matar mosquitos dengueros (feroces enemigos de su Gobierno) por patios y callejones. “¡Por favor, no!”, claman los lugareños, alarmados porque la solemne imagen del totémico jerarca puede ser afectada por una tarea propia de nomineros y palurdos. “¡Por favor, no!”, vocea inútilmente la gleba, mientras ministros, gandayas y caciquitos, fervorosos vagos, aplauden tan insólito espectáculo.

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