El espantoso transporte público

Con la entrada de cien nuevos autobuses al parque vehicular de la OMSA, se espera que mejore el transporte público, uno de los grandes problemas del país. Por la forma tradicional en que se ha manejado, con el tiempo el servicio se ha  convertido en una calamidad cotidiana para la mayoría de los ciudadanos, incluso para quienes no lo usan.

La forma en que conducen los señores del concho—uno de los últimos reductos del surrealismo criollo—y los de las llamadas “voladoras”, que parecen extraídas de las páginas de una horripilante novela de terror, constituyen un verdadero peligro público. No hay autoridad para esa gente. Las luces de los semáforos sólo cuentan aparentemente para los conductores privados. Los de automóviles y  autobuses públicos, pequeños, medianos y grandes, cruzan a enormes velocidades las señales de paro ante la indiferencia de los agentes de la AMET, tan celosos, sin embargo, al uso de los teléfonos celulares en los vehículos privados.

Ni que hablar de los motoristas. Llegan por manadas a las esquinas, copándolas, entrecruzándose entre un vehículo y otro en fascinante y demencial exhibición de desprecio a las leyes de tránsito, provocando incontables accidentes día tras día. Para ellos, las señales de una vía o de pare no existen. Para los agentes fuera como si esos conductores no estuvieran ceñidos a los mismos reglamentos que los demás. Nadie en este país ha podido organizar a los sindicatos del transporte público, que se pelean con violencia en las calles, sin importarles la seguridad de quienes usan sus servicios. Ni siquiera en los aeropuertos estos señores del transporte se ajustan a las normas de organización y buena conducta. Ninguna autoridad ha podido lograr incluso que estos gremialistas acepten la colocación de tablillas de identificación, lo que se hace cada vez más necesario ante el auge de la criminalidad y el deterioro del clima de seguridad ciudadana.

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