Los Judas atribulados

Un Judas es un Judas. Y decirlo así parece una tautología, pero es bueno aclararlo porque el único que no se siente Judas es un Judas. La noche del 23 de marzo de 1844 Juan Pablo Duarte entraba en la casucha destartalada que ocupaba Pedro Santana en la ciudad de Azua. Nadie sabe qué hablaron. La historia solo registra el desplante que Duarte sintió frente al caudillo seibano, y la retirada silenciosa del patricio acompañado de sus combatientes; mustio frente al estupor y la impotencia. Santana no conocía a Duarte, un idealista de mierda que escribía versos, y del cual había oído hablar. Duarte, quien tampoco conocía a Santana,  lo calibró en la petulancia del hatero habituado a mandar peones, y el aura del triunfo de la batalla reciente. ¡Judas!- dijo entre dientes el Padre de la patria, montándose en su caballo-, y diecisiete años después, en marzo del 1861, Santana era un Judas, un traidor perdido para siempre en la alternativa de sus mentiras.

Nada hay más triste que un Judas atribulado. Un Judas es siempre la omisión de alguien. Una agresiva y engreída manera de no ser que lo lleva a creer que todos son sus semejantes. Un Judas simula, inventa, aparenta, y elude así su propia condición. “La mentira se instala en su ser y se convierte en el fondo último de su personalidad”. Pero si es un Judas atribulado se excede en el disimulo de sus pasiones. Cuando asume la defensa de un gobernante de turno es el más radical, eufórico, implacable. Con su vozarrón crea un nicho de infalibilidad, y con el párpado algo plegado amenaza a todo el que no esté con su defendido. Es un trueno, se pasea por todos los salones, hace fortuna, encuentra una mirada glacial y la desdeña, es la pausa de la conversación en las fiestas de los diplomáticos, y parece que es la sombra protectora del amo. Pero tan pronto advierte que el amo va a caer del poder se repliega buscando campos de acción más efectivos. El Judas bíblico, padre de la metáfora, besa a Jesús no por remordimiento, sino porque se había secado, endurecido, porque ya era incapaz de legitimar otro azar. El Judas de nuestros días traiciona por haber llevado la sumisión hasta el extremo, y ser un lambón de oficio que pone sus bienes por encima de la lealtad. El Judas bíblico se bambolea en la soga del ahorcado. El Judas de hoy en la obscenidad.

Un Judas atribulado tiene el poder de hacer su ración de daños, su traición, en cierto modo, es un espectáculo del miedo. Incluso es un ritual erótico porque el Judas atribulado se tiene que desnudar frente a todo el mundo.  Pierde todos los escrúpulos. Antes justificaba y alababa sin medidas al líder a quien atribuía todos los dones, como un ser superdotado; y unas horas después, sin ningún remordimiento, lo abandona. El simulador jamás se entrega, su objetivo es mantener sus privilegios y hacerse útil a los ocultos intereses del orden. Y el modelo político rápidamente le recompensa. El Judas bíblico, bamboleándose en la soga, tiene el saquito con las treinta monedas apretado en las manos. El Judas de hoy recibe nombramientos para sus familiares, recompensas y cargos diplomáticos. El antiguo jefe ha sido abandonado sucesivamente por sus Dioses, sus vasallos y sus aliados. El Judas verdadero solo asciende  para volver a caer, traicionar, y volver a crecer. Esa viñeta es la más parecida a la historia dominicana.

¿De dónde saca un Judas atribulado el mandato de vivir?  ¿Se puede alguien inventar sus rasgos? Nadie es un Judas sin volverse ilustre. Únicamente leyendo su práctica se puede reconocer a un Judas atribulado. De un solo vistazo Duarte reconoció en Santana al Judas de sus martirios, y no confundió el desencanto con la verdad. Nuestra historia es escatológica y ruin, frecuentemente son los Judas, los canallas, los triunfadores. La verdadera revolución que necesitamos tiene que ser moral.

Pido perdón a mis lectores por estas reflexiones casi filosóficas, me brotaron de un tirón después de leer dos artículos de César Medina, un verdadero triunfador de la sociedad dominicana. Me resulta imposible atravesar la inasible y movediza frontera que separa la posesión de la representación. Un Judas es un Judas.

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