Nadie es poeta en su tierra o donde haya gente de su tierra

Debo confesarle, amable lector que no es gestor cultural, que he leído poemas y cuentos en público varias veces. A mis amigos les doy pela con mis vainas, pero siento un verdadero terror a hacerle lo mismo a desconocidos, y de manera colectiva, y con luces y celulares fotografiando y grabando. Siempre me llega a la mente la cara de aquel poeta lírico que leyó un poema de 33 minutos (donde repetía mucho las palabras Oviducto y Ovoide) y cuando terminó se escuchó una voz borracha vocear desde el anonimato: «REPÍTELO OTRA VEZ, BARBARAZO». En fin, me da mucha vergüenza, si por mi fuera leyera con una burka. Siempre he pensado que el poeta que se ofrece sin ton ni son a leer sus vainas en público es capaz de cualquier cosa.

Una noche leí en una reunión de escritores dominicanos diasporeros aquí en el Alto Manhattan. Esta actividad cultural tomó lugar en el apartamento de una doña muy agradable, que le gustaba escribir poemas con rimas, y se armó un mini rebú cuando uno de los poetas le dijo a otro que eso que él había leído con voz engolada, titulado «Soneto Sin Título», era la mierda más grande que había escuchado en sus 49 años. «MIRE MAMAÑEMA», fue la respuesta en verso del poeta injuriado; tirarle una botella de Corona fue su respuesta en prosopopeya.

Cielo Naranja en Nueva York. Fotografía de Alex Guerrero

Esto también es a propósito. En noviembre del 2010 el entrañable Miguel De Mena me invitó a participar en Cielo Naranja en Nueva York, iba a poner en circulación un libro de Luis Días, lo mejor que ha salido de Bonao junto al Típico y los hongos. Acepté sin saber en ese momento que me estaba invitando a leer frente a un público compuesto mayormente por artistas dominicanos diasporeros. Pero bueno, la actividad iba a ser en el estudio del pintor Rider Ureña, adorador de ciguapas y excelente anfitrión, además de vivir justo arriba de una discoteca donde en los carteles se anunciaba esa misma noche a Peña Suazo y su Banda Gorda, en vivo, es decir, amable lector que le gusta quemar, cuando los intelectuales empezaran a discutir teorías sobre la aliteración del sístole y la dilatación del diástole en los poetas de los 80s, justo después del segundo gobierno del PRD, uno muy bien podía bajar y bailar con una culúa dominicana o boricua que trae fuego, pa la cintura, que trae fuego, pa las caderas.

Llegué antes de las 8 y ya varios artistas visuales decoraban el lugar. Algunos bondadosos habían preparado platos de picadera diversa. Una mesa con líneas de sillas al frente. Un tanque lleno de hielo y cervezas bien frías. La alegría era casi sólida. Hombres y mujeres sonriendo mucho por cualquier cosita anticipando el placer de ser quienes verdaderamente son aunque sea por una noche, artistas; olvidar por unas horas ese trabajo diario tan necesario para pagar las cuentas. Saludé a Miguel y a Junot que hablaban sobre un azuano, saludé colectiva e individualmente,

Miguel me presentó con halagos de pana full, yo tragué en seco y empecé a leer a mil dos un cuento que brega con un taxista quien, sin ser cotorra, le gusta mucho repetir el vulgarismo «Cuero». Luego leyó Josefina Báez, Claudio Mir, Miguel dijo unas palabras sobre la obra de Luis Días, leyendo el mejor poema de la noche. Entre el público había un caballerete, atronao y showcero, desesperao porque llegara la sesión de preguntas y respuestas, «Interactuar un rato con los escritores», dijo, queriendo decir «Enumerar por una hora lo malo que fue todo lo leído». Junot le pidió que por favor respetara, que no interrumpiera a Miguel.

«Mire carajo eso que leyeron ahí no e poesía na y tú you not tú no ere dominicano na que tú ecribe sen inglé sy si cree que porque te ganate un Púliser va sa vení sa echale vaina sa uno…»

Ipso facto empezó voceadera y empujadera y movedera de sillas. Después de dimes y diretes inconsecuentes, sin mentadera de madre ni mamanada, varios voluntarios valientes sacaron a la fuerza al designado por Demencia para defender la poesía y el idioma español, no sin antes tirarse efímeramente varias trompadas al aire, al infinito, que los artistas usualmente no saben pelear y raramente alguno anda armao.

Se dio cuenta, amable lector refranero, esto es un caso de lo que Vox populi sabiamente llama «Nadie es profeta en su tierra», o, «donde haya gente de su tierra». Es decir, ¿cuál es el motivo de la tirria de este dominicano hacia un compatriota suyo que no vive de sus impuestos? ¿Que escribe vainas dominicanas pero en inglés y ha ganado prestigiosos premios? ¿Envidia pura? ¿Malaonda nata? ¿Bobería bestial? Vaya el Diablo a saber. Pero bueno, la verdad es que la velada cultural fue un apogeo, para nada aburrida gracias a la combinación de mucha bebida con poco rigor. De hecho, no hubo necesidad de bajar a bailar con Peña Suazo y su Banda Gorda.

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