Válidos para el amar

Quienes lean este libro se darán cuenta que Gutiérrez Negrón no exagera un chispo en sus descripciones del narco-paisaje de San Juan.
Rey Andújar - 6 de junio de 2015 - 12:10 am - Deja un comentario

Entre el deseo y el espasmo,

entre la potencia y la existencia,

entre la esencia y el descenso,

está la sombra.

T.S. Elliot

The Hollow Men

 

Admito que esta columna va escrita con retraso para retractarme de inmediato porque ¿de qué otra cosa está hecho el mito sino de tiempo? Digo que son palabras tardías porque hace bastante recibí Dicen que los dormidos de Sergio Gutiérrez Negrón y al entrarle a la novela, empecé a escribir junto con la lectura, más o menos al galope. Hay novelas que reclaman relecturas y esta es una de ellas. Los temas que aborda son por momentos tan tiernos y escalofriantes que obligan a dejar el cuaderno de notas a un lado y entregarse de cabeza y sin red. Dejé de escribir y me puse a gozar. Por eso me he tardado.

Leo esta novela, galardonada con el Premio del Instituto de Cultura Puertorriqueña 2014, como un cuento de terror, primero por el tono y segundo por el tema. La narración se lleva primordialmente en segunda persona, con una cadencia que a mí me suena a murllido (murmullo+aullido), con notas definitivamente bajas, en una mezcla de sala de espera y funeral. Me hace recordar un libro de Hitchcock que leí mucho en mi adolescencia, Historias para despertar la noche o algo así decía la traducción. Perdí ese libro en un viaje, luego lo recuperé en el viraje, durante mis clases de cine en California, solo para volverlo a perder. Finalmente he dado con el texto hace un par de años aquí en Chicago.

El suspenso tiene dos variables indispensables, que son el tono y la dosificación; hablo de la preparación de cierto estado, precario digamos… El lado tenebroso de la fragilidad. En cuanto al tono, el narrador de suspenso siempre vacila y esa vacilación para quien escribe ficciones es gasolina. En esta novela se vive en un estado de violencia que causa estrés y tensiones que llevan al exceso. Ahora mismo paro en seco para aclarar que esta novela no tiene nada que ver con el cinismo deliberado de los que aprovechan el presente o abusan de la autoficción para hacer sus inventarios de Sucesos. La copia amarilla de la copia. No. Sergio consigue instalar este terror a la par de un lenguaje de alto nivel artesanal. Se me ocurre así rápido, una aleación entre Angelamaría Dávila y Luis Rafael Sánchez, el lenguaje de la carencia y querencia Caribe, pasado por el filtro de nuestra violencia particular. Quienes lean este libro se darán cuenta que Gutiérrez Negrón no exagera un chispo en sus descripciones del narco-paisaje de San Juan.

Desde las primeras líneas, hay un sopor y un misterio que conquista. Esta parte es el planteamiento, la mis en place. Principalmente, esta es la historia de dos hermanos. El mayor cae, por equivocación de unos sicarios, en un atentado. El menor trata de reconstruir mediante recuerdos, conjeturas y noticias, el trágico acontecimiento, Tienes dos rotos en tu costado, tres en tu brazo y uno que cruzó tu oreja izquierda y te dio en la cabeza… tu pie pisa el acelerador.

La víctima sobrevive al ataque pero acaba en un coma profundo. Adelanto también que esta es una novela de la hermandad de dos artes, ya que uno pinta y el otro escribe. El pintor pinta puentes. Quiero creer que el hermano que escribe a su vez escribe puentes. Esta figura es la metáfora de la imposibilidad de conciliar. Se fracasa siempre al hablar de lo que se ama, repetía Borges. Contando la historia, el escritor informa al hermano de su propia vida, y su relato es también la manera de reinventar y aferrarse a la familia, institución agonizante de la sociedad, como ha buenamente apuntado más de un sociólogo.

En un excelente planteamiento narrativo, el hermano menor queda como la voz que enlaza la vida y los gestos familiares; este relato incluye a la novia del herido, como si el menor tuviese que enamorarse de la muchacha para contarla bien, para que el hermano vuelva  a enamorarse. Eso está genial. La nota triste se instala cuando todos descubren que no pueden resguardarse de ese estado de coma, que deben resignarse al avance a paso amargo. A cualquiera le toca. En cuanto a ser testigo de la violencia, recién Teju Cole aclaró en su columna del New York Times que nuestra conectividad nos permite ser testigos de actos violentos como nunca antes. Ya sean decapitaciones del narco o del terrorismo, o un policía disparando a mansalva al desarmado… Violentos también son los discursos y acuerdos políticos en donde brilla la ironía y la mentira del descaro.

Par de páginas después el muchacho despierta Como un animal extraño, de otro planeta, que se ha alejado demasiado de su nicho. Este despertar es una alegría pero representa un problema, porque quien regresa del coma es una suerte de alienígena familiar. La novela triunfa porque al narrar estos sucesos en segunda persona se consigue una pasmosa intimidad que en mi caso se tradujo en morbo: por un lado está la historia de esta familia boricua, espacio privado o sagrado que el lector invade gracias a la propia violencia: trauma que supone una ruptura y por esa brecha pasamos a ser juez y parte. Uno puede llevarse las manos a la boca y exclamar sorpresa o rogar a una virgen, tanto por esa familia como por la nuestra, porque en cualquier lugar de nuestra América puede darse el caso. Quien anda por las calles de Santo Domingo, del Bronx o Medellín puede contar con una bala, no hay que andar en malos pasos para que te desgracien en una esquina, una bodega o una autopista.

Como un lector que escribe relatos, quiero insistir en las maneras que esta novela utiliza para ilustrar el amor fraternal. En una ciudad dividida por el hecho de sangre, el vaso sanguíneo que une a los hermanos también los encuentra en diferencias, silencios y negaciones que solo harán más fuerte la relación. Esta escritura anima el recuerdo de algunos relatos de Junot Díaz, tanto de Drown como los de This is how you lose her, en donde pueden estudiarse los intercambios entre Rafa y Yunior. Si uno hace un viaje a través de la escritura de Junot encontrará que en la relación de estos hermanos hay un asunto de superioridad, tanto por antigüedad como por skill; y también está, fuerte y clara, la cuestión de la salud, que saca de balance el asunto del seniority y deja establecida la ambigüedad que hace interesante el relato, que lo saca fuera de lugar.

El que haya leído Palacio del mismo Sergio, publicada por Agentes Catalíticos, encontrará guiños de aquella en Dicen que los dormidos. La escena de este entrecruce es interesante, ya que es una conversación del hermano escritor con Laura, la novia del hermano que ha despertado. Se juntan en un bar de Nueva York -ciudad neutral- durante un concierto de la jazzista Willow. El tiempo ha pasado y estos dos testigos de la violencia, como propiamente se autodenominan, repasan el inventario de las heridas y los errores. No culpan a nadie. La poesía está en mirarse rotos pero amables, válidos para el amar.

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