¿Quirino o Leonel?

Quirino Ernesto Paulino Castillo fue extraditado para ser juzgado en el distrito sur de la ciudad de Nueva York por asociación ilícita para importar y distribuir sustancias controladas en los Estados Unidos y lavar ganancias derivadas del narcotráfico. Admitió su culpabilidad y declaró haber enviado cerca de 33 toneladas de cocaína desde República Dominicana a Estados Unidos entre 1996 y 2002. Sobre su confesión negoció un acuerdo con las autoridades judiciales americanas que le permitió una reducción de su pena. Después de haber obtenido su libertad el pasado año, el capo sorprende nuestra rutina con unas cartas perturbadoras seguidas de reiteradas llamadas telefónicas en las que acusa a Leonel Fernández de haber recibido, a título de “inversión política”, una suma equivalente a doscientos millones de pesos que presuntamente le entregó para uso personal y de la fundación que dirige.

Después del pasmo, la reacción defensiva de Leonel Fernández fue el silencio, arma que le ha retribuido políticamente, al menos hasta ahora. Calló, como siempre, para subestimar y desconcertar al contrario. Pero las inquietantes declaraciones del capo generaron una morbosa onda expansiva que amenazaba con desmigajar los más categóricos argumentos de réplica, entonces la respuesta se hizo apremiante. San Valentín prestó la excusa; así, en nombre de una amistad dudosa, el presidente Medina, junto a otros miembros del comité político, visitó a Leonel el día del amor. Los medios, todavía aturdidos, recogían, como en una piñata, la confitería de motivos para velar las verdaderas razones del encuentro, como si los consumidores de sus envasados fueran útiles imbéciles. Aquellos leales al expresidente presentaban la visita como una reunión ordinaria del comité político; otros la reseñaron como un encuentro de afecto en ocasión del día de la amistad, y muy pocos como una muestra de apoyo por “la difamación” del capo.  La verdad es que el expresidente, contrariado, buscaba el consejo de los miembros más cautos y reservados del poderoso comité; la selección de los invitados no fue fortuita ni caprichosa, por eso desechó tempranamente la ayuda de sus formidables gladiadores “progresistas”. De esa reunión salió la estrategia ofensiva que incluía el comunicado del expresidente. La foto del abrazo era la primera acometida para despejar subliminalmente la confusión pública.

Luego vino la respuesta del líder. Ninguna sorpresa: elusiva, genérica y retórica, muy “a lo Leonel”. Alega una denigrante campaña “que pone en relieve la firmeza con que mi gobierno enfrentó a esos sectores del crimen transnacional organizado, a quienes extraditó en cumplimiento de la ley”. Arguye, además, que el motivo del descrédito en su contra es político. Habiendo marcado el compás, entonces los medios tradicionales, encabezado por su incondicional Listín Diario, arrancan impetuosamente con una festiva comparsa de sátiras y descalificaciones para envilecer las confesiones del capo. Sin embargo, por más empeños para apocarlas, queda una sensación salobre en gente que todavía piensa con la cabeza.

Leonel no desmiente a Quirino, simplemente lo descalifica porque es un narcotraficante y, en tal condición, le resta mérito a lo que dice. Esa posición es sofista y miedosa, como cuando alega que las confesiones del capo son fruto de una retaliación en su contra por haberlo extraditado. ¿Quién no sabe que la DEA opera y realiza libremente sus investigaciones en la República Dominicana y presiona, como rutina, a los gobiernos para obtener la extradición de los narcotraficantes?  Leonel no es hombre de contradicciones y menos con Washington. El retrato más fiel de su deleznable carácter se perfila en uno de los cables Wikileaks cuando en una ocasión le dijo al embajador americano de entonces “que las Fuerzas Armadas de República Dominicana eran una institución ´corrupta´, pero que él creía que si destituía a los jefes militares corruptos podría ser depuesto como gobernante”. Esa patriótica confesión del líder se produce ante la preocupación de la embajada por la conducta de altos oficiales, entre ellos, coincidencialmente, uno de los que Quirino implica en su denuncia, el exgeneral Manuel de Jesús Florentino y Florentino. Leonel extraditó más narcotraficantes porque tuvo más tiempo en el gobierno y porque en los últimos años las agencias de investigación de los Estados Unidos han contado con más presencia e influencia en la República Dominicana dado el nuevo mapa del tráfico de drogas hacia Estados Unidos en el que el país aparece como un tránsito estratégico.

Mientras Quirino señala lugares, fechas, personas y cifras, Leonel invalida sus declaraciones  por su condición de “narcotraficante convicto”.  No obstante, su respuesta es saludada por la prensa dominante como “contundente”, “inteligente” y “honorable” y, para rematar, le da resonancia a las más serviles expresiones de exaltación a la moral del líder en tanto omite las declaraciones de Quirino; un ejercicio vulgarmente irresponsable y desleal de la comunicación. Asumir como difamatorias las acusaciones del denunciante es tan irresponsable como afirmar que son veraces. La prensa no debe juzgar como ciertos hechos no probados ni desmentirlos por su propio criterio o prejuicio. Es bochornoso que los medios internacionales más prestigiosos le hayan dado más notoriedad a la denuncia que algunos del país, como lo evidencian las crónicas de Associated Press (AP), Bloomberg, Yahoo News, Correspondet, Latin Daily News, El Nuevo Herald, la BBC, Univisión y The Guardian. Esto desnuda los severos condicionamientos que le imponen los intereses políticos y corporativos al ejercicio de la opinión en la República Dominicana. La condición de los actores involucrados -un expresidente con perspectivas propicias de volver y un narcotraficante con conocidos y altos vínculos con el poder- debe ser suficientemente meritoria para, en cualquier contexto, reconocerle la debida dimensión informativa al hecho. Quirino no es un denunciante cualquiera, es un narcotraficante pesado que viene de negociar, con sus declaraciones, una reducción sustancial de su condena y las emite desde la jurisdicción que lo juzgó después de abandonar presuntamente un programa de protección de testigos. Se trata de una denuncia grave que no debe ser subestimada por nadie y menos por los que tienen la responsabilidad social de informar objetivamente. En cualquier país del mundo este escándalo sería motivo de investigación;  en el nuestro, una ofensa a la divinidad ¡Oh Dios! Lo curioso es que esa prensa es la primera en sacar los pies si al Departamento de Estado le da las ganas de hablar como sabe hacerlo.

Si aplicamos la lógica de defensa de Leonel basada en la invalidación del denunciante por su condición personal y no por la valoración probatoria y objetiva de lo que declara, entonces tenemos igual derecho a descalificarlo. Mientras Quirino es un convicto confeso que aceptó someterse a un juicio como culpable en un sistema judicial independiente, Leonel Fernández es un expresidente sindicado de corrupción que nunca ha confesado ni siquiera un error político y ha eludido, con su respetado silencio, las acusaciones más graves de corrupción de la historia política dominicana. Esa percepción no es personal, 6 de cada 10 dominicanos estiman sus gobiernos como los más corruptos de la historia reciente, según los resultados de una encuesta realizada el pasado año por la firma Penn, Schoen & Berland. 

Leonel no es más moral que Quirino. La diferencia está en los contextos. Quirino fue condenado por un sistema judicial institucionalmente solvente; el sistema judicial represivo dominicano, en cambio, es una hechura malograda de Leonel, quien lo controla a su antojo. En ese oblicuo escenario, las preguntas sobran: ¿están niveladas las comparaciones? ¿Dónde estaría la moral de Leonel Fernández si sus impunes desafueros hubiesen sido cometidos en los Estados Unidos? De algo estoy absolutamente seguro, que hubiera merecido una condena más severa que la de Quirino. Sobre esa premisa cobra fuerza y sentido la expresión de Quirino cuando dijo: “Leonel es más delincuente que yo, coño”. Personalmente no lo dudo, incluido el coño.

El otro argumento de Fernández es el carácter político de la difamación. Quirino no es un político. Sus acusaciones vinculan personalmente a Leonel. El primero en politizarlas fue su destinatario, cuando, en su comunicado, afirma: “Esta campaña en mi contra se produce días después de que reputadas encuestas del país, … me sitúan como favorito frente a cualquier candidato opositor para salir airoso en los próximos comicios presidenciales”. La estrategia de la politización es la única defensa de Leonel; la más fácil, cómoda y evasiva. El expresidente nunca responderá a los hechos imputados, sino a las presuntas intenciones que animan su denuncia. Hacerlo sería acreditarlos y darle relevancia a un interlocutor a quien ha descalificado. El único escenario donde respondería sería en un tribunal federal, caso remoto pero no improbable.

Si las declaraciones de Quirino son una trama de descrédito, como ya han sentenciado los medios afectos a Leonel, lo más lógico y honorable es que el injuriado por acusaciones tan graves, difundidas, incluso, al mundo, demande al capo por el delito de difamación e injuria en la República Dominicana. Si Leonel lo hace le presto gratuitamente mis servicios profesionales como abogado en su defensa, solo con la condición de que me precise contra quién o quiénes, porque sus defensores políticos todavía andan a tumbos buscando a quién imputarle su autoría: Quirino, el narcotráfico organizado, el PPH, la sociedad civil, Guillermo Moreno, el prohaitianismo, Estados Unidos, Canadá, Francia y hasta la ONU. Solo espero, como espera Quirino la respuesta…y también el pago.

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