Una nación en búsqueda de un personaje que la represente

No, esos son acaso los únicos rebuseros como su viejo tocayo que nos quedan. Por tal razón no son representativos. Prueba de ello es la desaprobación que entre nosotros en general levantan sus protestas
Pablo Gómez Borbón - 1 de septiembre de 2014 - 12:04 am - 11 Comments

En estos tiempos, son pocos los que saben quién fue Concho Primo. Concho Primo fue una personificación de la nación dominicana basada en los “generales” que pulularon en su geografía hasta el primer tercio del siglo pasado, antes de la llegada de los marines al país y de Trujillo al poder. La leyenda dice que el origen del personaje se basa en el sentimiento de zozobra que embargó a uno de nuestros vales al  observar el montón de muertos que dejó una de las tantas batallas que provocaron nuestras guerras civiles.

“¡Concho, primo!”, le dijo a otro vale, como para lamentar la tragedia.

Otra versión dice que el que dijo la frase fue un “general” que descubrió en medio de la batalla que un primo suyo formaba parte de las filas enemigas.

Nunca sabremos cuál de las dos versiones es la verdadera. En todo caso, es seguro que fue el caricaturista Jacinto Gimbernard quien, en 1919, le dio cuerpo al personaje: Lo dibujó como un campesino recostado en una silla de guano, tocado de un sombrero de alas anchas, fumando un cachimbo de barro, vestido de pañuelo al cuello, camisa y traje de dril claros, pantalones arremangados, con sandalias en los pies, un acordeón en una mano y – como no – un machete amarrado al cinto.

En cuanto a su personalidad, Concho Primo compartía la de los cientos de “generales” que reunían las características del alma dominicana de  entonces: Era impulsivo, levantisco, indisciplinado, irreflexivo y heroico. Añadiría que era también pudibundo: Prefería la reticencia de un “¡Concho!” a la interjeción más vulgar de un “¡Coño!

Otras personificaciones nacionales siguen siendo un fiel retrato del alma de sus pueblos: Los americanos siguien siendo tan intervencionistas y abusadores con los pueblos chiquitos como su  tío Sam; los franceses siguen siendo tan broncos y rebuseros como su  Marianne, la misma que guia, con los pechos al aire y la bandera francesa en una mano, a los revolucionarios franceses en el cuadro de Delacroix; los ingleses, en fin, siguen siendo tan elegantes y flemáticos como su Johh Bull.

Concho Primo, de Bienvenido Gimbernard

Pero Concho Primo ya no nos representa. En lugar de sillas de guano, nos sentamos en sillones de pasolas o de toyotas (si es que no nos los han robado; en lugar de sombreros usamos cachucas; en lugar de cachimbos fumamos cigarrillos; en lugar de pañuelos llevamos cadenas de oro al cuello (si es que no nos las han arrancado); en lugar de majaguas de dril, yines y polochés; en lugar sandalias, tenis de marca. Eso sí, muchos llevamos todavía cachafús al cinto (muchos más eficaces que los colines para cuidar nuestros toyotas y nuestras yipetas y nuestras cadenas de oro).

Mas importante aún, mientras los dominicanos de entonces eran rurales, los de ahora somos citadinos o, más exactamente, urbanos, como los merengues que escuchamos (que no son como el perico ripiao, netamente campesino); mientras los de entonces eran indómitos, los de ahora somos mansos. mientras los de entonces no dudaban en empuñar sus machetes, los de ahora nos limitamos a agarrar celulares.

(“A estos no les importaría que les cortaran los cojones, con tal de que les dejaran seguir escribiendo en sus celulares”, me dijo una vez de sus compatriotas un taxista madrileño. No sé por qué entonces pensé en nosotros).

Me parece que es tiempo de buscarnos un nuevo personaje que nos represente ¿Pero cuál? ¿El chofer de concho?¿El motoconcho? No, esos son acaso los únicos rebuseros como su viejo tocayo que nos quedan. Por tal razón no son representativos. Prueba de ello es la desaprobación que entre nosotros en general levantan sus protestas (Protestas que los franceses apoyarían sin reservas).

¿El pelotero? ¿El zanky panky? Desafortunadamente los primeros no son numerosos. Afortunadamente, los segundos tampoco.

¿Cuál entonces?¿El diputado?¿El activista?¿El interactivo?¿La megadiva?¿El tributario?¿El sicario?¿El yolero?¿La bocina?¿El chiripero?¿El que da tumbes?¿El guardia?¿El guachimán?¿El limpiabotas?¿La operaria de zona franca?¿El reguetonero sandonguero o el chacalonero?¿El revoltoso?¿El merenguero urbano?¿El dominican-york?¿El AMET?¿El “nacionalista”?¿El columnista?¿Sus lectores?

Reconozco que mi largo y voluntario exilio me incapacita para esclarecer este misterio. Muchos de los términos mencionados más arriba, que describen nuestra realidad actual, se acuñaron después de que crucé el charco. Es posible incluso que muchos de los arquetipos mencionados estén ya tan extintos como el mismísimo Concho Primo.

Ojalá que alguno de los columnistas de ACENTO – pienso, sin menoscabo de los demás, en Sara Pérez, en Rosario Espinal, en Miguel Guerrero, en Andrés Mateo, en Colombo, en Dino Bonao, – se propusiera  realizar este ejercicio. Ojalá los lectores de ACENTO me aclararan a cuál personaje sienten más cercano y cómo se llamaría. Ojalá que Fausto Rosario se animara a lanzar esta iniciativa. Sería un interesante ejercicio de autoanálisis nacional.

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