¿Construir un muro o derribar la corrupción?

“Apretémonos los pantalones (las mujeres también los usan) y pongamos las cosas en su lugar y a nuestra manera en materia de muros, migración”.

 

Esta sugestiva recomendación de un editorial del periódico El Día nos  convoca a reflexionar sobre cómo un tema como el de la pertinencia o no de un muro fronterizo, se vuelve “trending  topic”: en nuestro país está de moda hablar del muro.

Llama la atención cómo una minoría activa y conservadora puede, a base de un cierto grado de mala fe, arrastrar el debate nacional hacia temas cuyas repercusiones últimas son ignoradas por la generalidad de las personas.

Desde la sentencia 168-13 del TC y  la desnacionalización de miles de ciudadanos dominicanos  ciertos sectores han  mezclado  a propósito conceptos como desnacionalización, migración, regularización y soberanía agitando un nacionalismo primario como único estandarte.

Este grupo, remanente del trujillismo, ha sido de manera desconcertante la niña bonita de los sucesivos gobiernos del PLD, aumentando su tajada en el gobierno actual.

Esta minoría ha vuelto al ataque con su nuevo hito: la construcción de un muro fronterizo. Ha tenido el mérito de decir en voz alta lo que algunos susurraban a sotto voce.  A pesar de su incongruencia, y de las tremendas consecuencias que acarrearía, ha sido puesto en la palestra de tal manera que según las encuestas al vapor que realizan los periódicos la propuesta tendría un 80% de aprobación.

Todos los argumentos son valederos para la demostración  y los muritos erigidos por los haitianos en los puestos fronterizos nos otorgarían el derecho de edificar un muro real como los que han sido construidos últimamente en diversos países del mundo como panacea a todos los males migratorios y de seguridad. La lógica sería que si los haitianos, los norteamericanos y los israelíes erigen muros, por qué nosotros no podríamos levantar uno también.

Con el muro se nos quiere hacer entrar en la lógica del concreto fronterizo, una pared de 328 kilómetros nada más y nada menos. ¿Con qué recursos y qué tecnología la levantaríamos? ¿Con qué endeudamiento internacional?  Preguntémosle al supuesto 80 % de la población si está dispuesto a pagar más impuestos para construir una muralla fronteriza, y si está dispuesto a que los servicios empeoren aún más al gastarse los pocos recursos disponibles para construir una cerca de concreto.

Al final de cuentas los muros son escenografías políticas inmediatistas que no resuelven ningún problema, pero que resultan carísimas. Se ha comprobado que son los primeros eslabones de una larga cadena  y que luego hay que acompañarlos  de fortines, de alambres electrificados,  de aviones, de más soldados y policías, de agentes especializados  sin contar que  rápidamente se le suman sofisticados túneles construidos precisamente para burlarlos y otras artimañas que ponen en jaque a los servicios de seguridad.

Hacer un muro es hacer visible una frontera abandonada, olvidada,  que en la actualidad se sitúa de un lado u otro de la carretera que la bordea, para satisfacer las exigencias de seguridad de una parte de la opinión pública.  Es una forma de desviar la atención de los reales problemas de seguridad del país. Se ha demostrado que sus vidas  son limitadas y no resuelven los verdaderos problemas.

La defensa del país pasa por la aplicación de la ley,  la lucha contra la corrupción y  contra la pobreza, por una inversión en la gente y en los pueblos de la zona fronteriza, en oportunidades, en zonas industriales y trabajo. Nuestra  gente está huyendo  de la miseria y ha dejado sus tierras en manos de más pobres que ellos que hemos sido incapaces de controlar.

“Apretémonos los pantalones (las mujeres también los usan) y pongamos las cosas en su lugar y a nuestra manera en materia de muros, migración”.

 

Esta sugestiva recomendación de un editorial del periódico El Día nos  convoca a reflexionar sobre cómo un tema como el de la pertinencia o no de un muro fronterizo, se vuelve “trending  topic”: en nuestro país está de moda hablar del muro.

Llama la atención cómo una minoría activa y conservadora puede, a base de un cierto grado de mala fe, arrastrar el debate nacional hacia temas cuyas repercusiones últimas son ignoradas por la generalidad de las personas.

Desde la sentencia 168-13 del TC y  la desnacionalización de miles de ciudadanos dominicanos  ciertos sectores han  mezclado  a propósito conceptos como desnacionalización, migración, regularización y soberanía agitando un nacionalismo primario como único estandarte.

Este grupo, remanente del trujillismo, ha sido de manera desconcertante la niña bonita de los sucesivos gobiernos del PLD, aumentando su tajada en el gobierno actual.

Esta minoría ha vuelto al ataque con su nuevo hito: la construcción de un muro fronterizo. Ha tenido el mérito de decir en voz alta lo que algunos susurraban a sotto voce.  A pesar de su incongruencia, y de las tremendas consecuencias que acarrearía, ha sido puesto en la palestra de tal manera que según las encuestas al vapor que realizan los periódicos la propuesta tendría un 80% de aprobación.

Todos los argumentos son valederos para la demostración  y los muritos erigidos por los haitianos en los puestos fronterizos nos otorgarían el derecho de edificar un muro real como los que han sido construidos últimamente en diversos países del mundo como panacea a todos los males migratorios y de seguridad. La lógica sería que si los haitianos, los norteamericanos y los israelíes erigen muros, por qué nosotros no podríamos levantar uno también.

Con el muro se nos quiere hacer entrar en la lógica del concreto fronterizo, una pared de 328 kilómetros nada más y nada menos. ¿Con qué recursos y qué tecnología la levantaríamos? ¿Con qué endeudamiento internacional?  Preguntémosle al supuesto 80 % de la población si está dispuesto a pagar más impuestos para construir una muralla fronteriza, y si está dispuesto a que los servicios empeoren aún más al gastarse los pocos recursos disponibles para construir una cerca de concreto.

Al final de cuentas los muros son escenografías políticas inmediatistas que no resuelven ningún problema, pero que resultan carísimas. Se ha comprobado que son los primeros eslabones de una larga cadena  y que luego hay que acompañarlos  de fortines, de alambres electrificados,  de aviones, de más soldados y policías, de agentes especializados  sin contar que  rápidamente se le suman sofisticados túneles construidos precisamente para burlarlos y otras artimañas que ponen en jaque a los servicios de seguridad.

Hacer un muro es hacer visible una frontera abandonada, olvidada,  que en la actualidad se sitúa de un lado u otro de la carretera que la bordea, para satisfacer las exigencias de seguridad de una parte de la opinión pública.  Es una forma de desviar la atención de los reales problemas de seguridad del país. Se ha demostrado que sus vidas  son limitadas y no resuelven los verdaderos problemas.

La defensa del país pasa por la aplicación de la ley,  la lucha contra la corrupción y  contra la pobreza, por una inversión en la gente y en los pueblos de la zona fronteriza, en oportunidades, en zonas industriales y trabajo. Nuestra  gente está huyendo  de la miseria y ha dejado sus tierras en manos de más pobres que ellos que hemos sido incapaces de controlar.

¿De qué valdría gastar millones y millones de pesos en una muralla que cualquiera podría burlar pagando un peaje como hasta ahora ha venido sucediendo? ¿No sería más rentable para nuestro país invertir en la gente y derribar la corrupción que edificar un muro?

¿No sería más rentable para nuestro país invertir en la gente y derribar la corrupción que edificar un muro?

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