Ningún hombre es una isla

 Ningún hombre es una isla, 

Entera en sí,

Cada hombre es pieza de continente,

Parte del total…

Toda muerte me disminuye,

Pues estoy con la humanidad

Así no pidas saber por quién dobla la campana;

Dobla por ti.

(John Done)

Ningún hombre es una isla y cada vez que matan un hombre, policía o delincuente, las campanas doblan por cada uno de nosotros. No podemos sencillamente voltear la cara con la idea de no ver lo que está pasando a nuestro alrededor y dormir tranquilos: cada muerte de  un policía y cada ejecución extrajudicial es un nuevo dolor para toda la sociedad.

Pasaron cincuenta años de la muerte del tirano sin que se haya creado una comisión de la verdad para establecer responsabilidades, lo que ha permitido a remanentes  del Trujillato  mantenerse enquistados y activos  en las más altas esferas del país. La limpieza fue cosmética, no sirvió de ejemplo y no puso  frenos reales a las tendencias autoritarias de la sociedad dominicana. Mientras hay grupos que todavía gritan con fuerza  para que se haga justicia otros grupos  han borrado las  asperezas de la memoria histórica y exhiben nostalgia de la Era o de sus métodos.

En tiempos de crisis resurgen con fuerza conceptos como los del antihaitianismo disfrazado, de mano dura en la lucha contra la inseguridad y el sicariato, plaga moderna de las sociedades desiguales.

Europa hizo  su “aggiornamento” a la caída de los fascismos y, sin embargo, setenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial con su secuela de horrores resurge, en tiempos de crisis económica, una ultraderecha dura, implacable y racista encubierta de modernidad. La diferencia es que todavía se puede esperar que el cuerpo inmunitario europeo se movilice y reaccione frente a esta alza de partidos que sobre fondo de patriotismo y anti europeismo agitan el cuco del inmigrante y exaltan la intolerancia para ganar adeptos. Como bien lo dice una reciente canción francesa: los franceses no son todos fascistas.

Si auscultamos nuestras propias  inmunidades podemos fácilmente inducir que el giro que toma  la sociedad dominicana frente a las ejecuciones extra judiciales y otras tantas lacras que nos agobian es un giro peligroso: no podemos sencillamente no verlas, dar la espalda, no sentirnos aludidos. Es lo que hicieron  muchos pueblos durante el nazismo: no ver, no saber para sentirse disculpados de su parte de connivencia que permitió los horrores. Por eso hoy en día no podemos no ver y debemos exigir que se ejerza la misma justicia para la muerte tanto de policías como de sus asesinos.

Parte de nosotros no quiere ver: para preservar sus privilegios, su bienestar, su statu quo, su licencia para estafas de cuello blanco y asaltos a los fondos públicos. Otra parte de la sociedad está  cloroformada por todos los “ismos” propiciados por los gobiernos de turno: populismo, clientelismo, patrimonialismo, asistencialismo que impiden una verdadera democracia.

Por todas estas razones, tanto nuestra seguridad ciudadana como nuestra democracia son todavía  imperfectas. La Policía, como todas las instituciones que integran nuestra sociedad, tiene sus sombras y el gobierno actual no ha actuado con la firmeza necesaria para realizar la limpieza impostergable en sus rangos.

Un Estado de Derecho no puede dar a sus cuerpos castrenses licencia para matar a diario presuntos delincuentes,  para satisfacer una opinión pública que no quiere entender que no es sólo con mano dura, aumento de las penas y “ajusticiamientos” también criminales  que se resuelven los problemas de seguridad, sino enfrentando las terribles  desigualdades sociales que se han incrementado en los últimos gobiernos del PLD.

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