Atalaya del escrutinio

El dilema del gobernante

La Pasión de Cristo que la comunidad cristiana conmemora en Pascuas es también la historia del dilema de un gobernante llamado Poncio Pilato.

 

Explicablemente el drama  del gobernador de Judea es opacado en los Evangelios y en nuestras mentes por la trascendencia del martirio de Jesús, pero no por eso es menos digno de nuestra atención, estudio y reflexión.

Así como la lectura de los Evangelios provoca al lector a emular a Jesús de Nazaret por sus virtudes, el estudio de cómo Poncio Pilato reacciona ante el dilema de qué hacer con la acusación de la jerarquía religiosa contra el “Rey de los Judíos” debe servirnos de valiosa lección en nuestras vidas, sobre todo en momentos de tomar decisiones que impactan poderosamente las vidas de nuestros semejantes.

Todos los que aprendimos el Credo apostólico cuando niños  tenemos grabado en nuestro disco duro la expresión, “Padeció bajo el poder de  Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado…”, que lapidariamente condena al desdichado gobernante por su decisión de ceder ante la presión de Caifás y los sumos sacerdotes del Templo. En palabras de Jose Antonio Pérez-Rioja, «Pilato se ha convertido en un símbolo tradicional de la vileza y de la sumisión a los bajos intereses de la política».

Y todo esto porque a pesar de lo que le dictaba su conciencia, que era descargar a Jesús de Nazaret de los cargos levantados en su contra por los jerarcas religiosos, prefirió complacer a los poderosos y a la muchedumbre, como explica el comentario bíblico  a continuación:

“Puede que Pilato haya querido hacer lo correcto, pero también deseaba conservar su cargo y complacer al pueblo. Finalmente, antepuso su carrera a la conciencia y la justicia. Pidió agua, se lavó las manos y se declaró inocente de la muerte que acababa de aprobar.  A pesar de estar convencido de la inocencia de Jesús, hizo que lo flagelaran y dejó que los soldados se mofaran de él, lo golpearan y lo escupieran (Mateo 27:24-31).Pilato hizo un último intento de liberar a Jesús, pero la multitud gritó que si lo hacía, no era amigo de César (Juan 19:12). Ante aquello, se dio por vencido y cedió. Cierto estudioso comenta lo siguiente sobre su decisión: “La solución era fácil: ejecutar al hombre. Lo único que se perdería era la vida de un judío en apariencia insignificante; sería tonto permitir que surgieran problemas por él”.

El tiempo de Pilato difiere mucho del nuestro. Aun así, ningún gobernante puede por debilidad  o conveniencia política con justicia condenar a los que considera inocentes, sacrificando a los más humildes e indefensos para complacer a los poderosos y/o a la muchedumbre. Si lo hiciere, ya sabemos cuál será el veredicto de la justicia divina de la posteridad.

Como sentenciara el académico Francisco de Vara de la Universidad de Navarra: “…la figura de Pilato que conocemos según los Evangelios es la de un personaje indolente, que no quiere enfrentarse a la realidad y prefiere contentar a la muchedumbre.”

Y es que lavarse las manos con excusas, en lugar de exonerar de culpa, lo que provoca es la ira de la Historia.

 

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