Atalaya del escrutinio

Perdonar o pedir perdón

La oración que muchos aprendimos en nuestros hogares desde imberbes nos insta tanto a pedir perdón por nuestras ofensas como a “perdonar a los que nos ofenden”. En ciertas encrucijadas debemos decidir si perdonar o pedir perdón. Usualmente asociamos a las personas en posiciones de poder más con la acción de perdonar.  Pero no, el Papa Francisco prefiere confesarse pecador y pedir perdón no solo por sus propias acciones, sino también por las de muchos de sus colegas religiosos. Y por  su indiscutible arraigo moral quizás otros lo emulen.

Tenemos hoy una excepcional oportunidad de decidir si perdonamos o nos disculpamos ante Juliana Deguis Pierre y miles de otras personas que vienen viviendo un viacrucis porque sus progenitores se establecieron en la Republica Dominicana sin tramitar oportunamente  su permiso de residencia oficial ante la Dirección General de Migración.

Algunos ciudadanos  dicen que sería “perdonar” a Juliana por su pecado original. Resulta que sus padres estaban “en tránsito” en la Republica Dominicana cuando ella nació y que ellos (sus padres) “fraudulentamente” o “ilegalmente” la hicieron inscribir en el Registro Civil “en componendas con el oficial encargado de éste. Ahora  deberían  pagar ella y su descendencia por las acciones de sus antepasados y el burócrata. El perdón consistiría en permitirle, por la gracia de su misericordia, naturalizarse dominicana después de llenar este engorroso proceso, sobre todo para una persona que no tiene documentos de identidad que no sean los dominicanos que le estamos negando.

Otros actores más justos y compasivos admiten que Juliana fue inscrita en  el Registro Civil por error ajeno (de sus padres y el oficial civil) y no por maldad, y están dispuestos a perdonar el error y proponen subsanarlo reconociéndole la nacionalidad dominicana de manera expedita por medio de una ley especial.

Pero emulando al Santo Padre de Roma, nos parece que no basta con perdonar los percibidos errores del pasado, si los hubo, porque fueron cientos o miles de oficiales civiles que inscribieron a infantes de extranjeros sin cédulas entre 1929 y 2010, y pareciera inaudito que todos se confabularan con miles de haitianos  para violar la Constitución y las leyes dominicanas durante décadas. Debemos disculparnos, pedir perdón a todas las personas que hemos sometido a gran sufrimiento (por comisión u omisión) y hecho perder años de su vida por mezquinamente regatearle los documentos que las acreditan como nacionales dominicanos.

Y naturalmente, cuando pedimos perdón no debe ser para seguir haciendo lo mismo, sino para enmendar nuestro comportamiento.

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