Flechas

Sobre la «banalización del mal»

Me han llamado la atención los interesantes comentarios que ha provocado mi último artículo publicado en este medio. Entre otros aspectos me referí a mis vivencias: más de 10 años trabajando casi a diario, en un barrio desheredado de la capital, junto a entrañables compañeras con quienes he compartido esta enriquecedora experiencia.

Expreso mis vivencias de un modo llano, como me sale.  De la misma manera que cuando vuelvo a casa las cuento alrededor de la mesa, porque necesito compartir la carga y tratar de entender. Muchas veces me salen gritos de impotencia frente a historias de muertes anunciadas sobre cuyos cursos es casi imposible incidir.

Relacioné mi última entrega con el tema del bien y del mal que me ha preocupado desde la infancia, y con el concepto de la “banalización del mal”.

Este concepto fue expuesto por la filósofa alemana Hanah Arendt en ocasión del proceso al verdugo nazi Adolfo Eichmann y fue objeto de una larga controversia. La autora subrayaba que el acusado era un mero ejecutante incapaz de expresarse porque era incapaz de pensar y que él era un producto de la sociedad alemana de la época que “se había defendido ella también contra la realidad y contra los hechos con los mismos medios que el acusado, o sea: la autointoxicación, la mentira, la estupidez”.

Entonces, ¿a qué pueden llevar “la autointoxicación, la mentira, la estupidez”?   Cómo no preocuparse por estos conceptos, si bajo el manto de la ignorancia, la indiferencia, la complicidad y la acriticidad  hemos dejado crecer generaciones de hombres, mujeres y niños sin capacidad para dotarse de criterios o juicios equilibrados. Seguimos siendo, a pesar de nuestro salto al mundo global, una sociedad con deficiencias educativas abismales, conservadora, hipócrita  y de doble moral, mentirosa sobre muchos temas de fondo. Nuestros líderes políticos, religiosos y económicos, diciendo una cosa y haciendo otra, nos han conducido por los caminos de la impunidad, del clientelismo ascendiente, de la falta de dirección coherente y de la fractura social.

Nos están fallando los políticos, los congresistas, las fuerzas del orden y las autoridades espirituales. Cómo extrañarse entonces de la deshumanización que se está produciendo entre nuestra gente. Agobiados por las necesidades, criados en una cultura de dominación, sin educación, sin valores, bombardeados con mensajes totalmente contradictorios, su repuesta es la violencia que brota en los hogares, en las calles, de la misma manera que brotan aguas hediondas de muchas canalizaciones.

¿Dónde está el límite entre el bien y el mal en los ajusticiamientos extrajudiciales de presuntos delincuentes por la policía, aplaudidos por la mayoría de una población que ve en el aumento de las penas propiciado por nuestros legisladores la respuesta a la violencia?

¿Y qué decir del límite entre el bien y el mal a propósito de los recursos que enriquecen a nuestros legisladores a costas del contribuyente por medio de los famosos “barrilito” y “cofrecito”?

La doble moral y el machismo borran la responsabilidad del hombre en los embarazos de menores, en las violaciones, en el sexo forzado. Las familias negocian con violadores para sacar su tajada, ponen sus hijas a vender sus cuerpos “por necesidad” y se hacen los ciegos bajo pretexto de las mismas necesidades como salió a relucir en la entrevista realizada por Nuria a uno de los niños abusados por el nuncio Yusepe.

Estamos en un país hipersexualizado donde los límites de lo que está bien y mal se han diluido por completo. No se puede entrar en la mayoría de las oficinas públicas con ropa sin mangas, pero sí se puede entrar con mangas y los senos explosivos brotando de manera más que llamativa. Las nalgas sobresalientes en pantalones hiper apretados son también más que bien aceptados.  En los barrios las madres están obsesionadas con que las niñas mantengan las piernas cerradas para que no enseñen sus panties; sin embargo, no les molesta y bien por el contrario, aplauden y le hacen fiesta a cualquier niña que se menea y baila de manera más obscena y  provocadora que una diabla en la TV.

¿Cómo saber lo que está bien y lo que está mal cuando no se nos educa para poder establecer la diferencia?

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