Botella en el mar

Ernest Hemingway: el mito y el escritor

 

El modelo casi perfecto del típico héroe individualista que representaba Hemingway dio paso al mito. El mito Hemingway. No fue necesario retorcer su biografía para elevarlo a tal categoría, aunque no es un secreto para nadie que los datos “objetivos” pueden ser interpretados en un sentido o en otro, según las conveniencias. La imagen o propuesta de un Hemingway mitológico corresponde perfectamente al programa de una publicística tendenciosa que ha logrado esconder la parte más sufrida y tormentosa de su existencia y la importancia de la historicidad de su arte.

El mito Hemingway, alimentado en parte por Hemingway, sobre todo al final de su vida, es una especie de bomba de humo que solo permite ver y admirar lo que Kurt Vonnegut Jr. considera, con mucha razón su parte más odiosa: “The slayer of nearly extint animals which meant him no harm”, su “noisy manliness” (“El  exterminador de animales casi extintos que no le hacen ningún daño”, su “ruidosa hombría, masculinidad”).

Este es el aspecto que el mito pone mayormente de relieve y asume como modelo. Hemingway superhombre, dignísimo producto de una nación de gigantes en perenne floración. En base a este criterio no es difícil descubrir una filosofía reaccionaria que idealiza al hombre decidido ante el cual todas las puertas se abren. Lo que muchos celebran, en efecto, en la biografía de Hemingway, es  el ejercicio y desperdicio interrumpido de energía vital, algo tan cercano a la concepción del héroe fascista. Pero Hemingway no lo era. No del todo. Alberto Moravia -cumbre de la literatura italiana-, escribió sin embargo un artículo  titulado “Il colonnello

Hemingway”, “El coronel Hemingway”, donde lo trata mal como “coronel” y como fascista y elitista. Pero de eso habláremos en otra ocasión.

De muchas maneras se vende la idea de un Hemingway aproblemático y ahistórico. De este modo se vende un Hemingway cuya relación con su tiempo es idílico,  armónico hasta el fondo. Un Hemingway siempre vencedor y sonriente, de tal manera que hasta el suicidio será asimilado como un dato romántico (un plato de contorno), más bien que como un fracaso personal y una traición a su código de  valores, el famoso código Hemingway.

Hay un interés preciso, de naturaleza política, en la base del  mito Hemingway. Forma parte de la ideología del sistema y corresponde perfectamente a un programa ideal de vida inculcado desde lo alto a todas las generaciones, la propaganda  de un país, un imperio. donde se quiere hacer creer que la felicidad y prosperidad está  al alcance de todos. El optimismo ha sido adoptado como arma secreta en Usamérica, a manera de vacuna contra los más serios problemas sociales y económicos, el  racismo, la discriminación. Usamérica pretende ser una sociedad feliz y justa, a la que todo el planeta es deudor.

A fuerza de escuchar que son ricos y felices -aunque la violenta realidad desmienta los hechos-, incluso los depauperados, los miserables sin techo y los nadatenientes sueñan el sueño americano que para muchos es pesadilla. Es el efecto mararavilloso de una política de persuasión no oculta, mentirosa y aberrante, que cuenta con todos los recursos avasalladores de los medios de comunicación de masas, y también con mecanismos más sutiles, capilares, que se infiltran en las mentes desde la más temprana educación escolar. El arma más poderosa del imperio es la mentira. Su capacidad de abultamiento y ocultamiento de la realidad.

Ernest  Hemingway, entre los grandes narradores norteamericanos del siglo XX, es uno de los más cercanos al sistema. Este es un hecho incuestionable. Pero también es incuestionable que a pesar de encontrarse más cerca que lejos de dicho sistema, no es del todo asimilable, no es recuperable al cien por ciento. Hay al menos un dato en su biografía que difícilmente se reconcilia con el optimismo oficial del american way of life: su visión absolutamente negativa del mundo, así como del mismo malogrado “sueño americano”.

Por lo tanto, no era éste para él, como se ha querido hacer creer, “el mejor de los mundos posibles” como proclamaba el filosofo en “Cándido o el optimismo”.

Parece evidente que, como decía Julio Argan, un criterio semejante “no es ya un componente del sistema cultural, y el tipo de valor que representa no es integrable en el sistema  de valores, y si fuese admitido lo pondría en riesgo”.

Debe quedar claro, sin embargo, que el retrato de Hemingway  provisto por  la ideología no es, sin embargo, del todo falso. Se trata de una media verdad y una media mentira. Más que un juego de palabras, se quiere aquí responder a una pregunta difícil. ¿Cuál es el verdadero Hemingway?

 

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