Los intelectuales dominicanos y la crítica social

Los intelectuales dominicanos habrán de emprender  un agrupamiento o la formación de colectivos para fijar sus posiciones sobre las frustraciones e incertidumbres que vive la sociedad dominicana.
Héctor Rodríguez Cruz - 28 de Julio de 2017 - 12:09 am - Deja un comentario
Foto: Acento.com.do/Archivo/El Pensador, de Auguste Rodin.

La pregunta ya no es ¿dónde están los intelectuales dominicanos? Lo que debe preguntase ahora es: ¿qué  responsabilidad espera el país que ellos asuman?

La pregunta se torna más que urgente por la situación de enrarecimiento que  vive la democracia dominicana, siendo, además, que la “demanda” democrática presiona en el sentido de una mayor participación de los intelectuales en el debate público.

El prestigioso economista José Luís Alemán en un artículo bajo el título “La crítica social de los intelectuales”, escrito en el 2006, responde en parte esta pregunta.

Propone la consideración de que “para explicar el desprestigio de la democracia y  de los partidos no bastaban los malos resultados económicos y sobre todo sociales de las políticas y de los políticos que las prohijaron, sino que era necesario tener en cuenta la crítica sesgada de los intelectuales y de los medios, aunque mejor sería decir de los intelectuales que hablan en o por los medios”.

La crítica social es  inherente a la condición de intelectual. Pero no se trata del enardecimiento estéril o de la simple indignación inofensiva,  sino de llevar a la práctica su propia capacidad de análisis y enjuiciamiento de la sociedad en calidad de “facilitadores del proceso comunicacional liberador y estimuladores del debate que conduce al descubrimiento ya la construcción de verdades éticamente sostenibles”.

Esta obligada participación de los intelectuales en la crítica social es reiterada por Chomsky cuando afirma: “La responsabilidad de los intelectuales consiste en decir la verdad y denunciar la mentira. Se hallan en situación de denunciar la mentira de los gobiernos, de analizar las acciones por las causas y los motivos y, a menudo, según sus intenciones ocultas”.

Traídas estas “responsabilidades” de los intelectuales a nuestra realidad nacional, resulta necesario, tanto el examinar los niveles y la intensidad de su participación en la crítica social, como el asumir  que la vida intelectual consiste en la discusión libre y a veces polémica, y que es buena e indispensable para la democracia.

En un país como el nuestro con un creciente “déficit de deliberación democrática” no es de extrañar que la intervención de los intelectuales en el debate público de los temas nacionales sea también deficitaria. Percibiéndose también la misma carencia en la reflexión acerca de temas éticos que debería ser una tarea permanente de los intelectuales.

Siendo,  además, que muchos de ellos se ven obligados a matizar sus críticas y hasta a callarlas por cuestión de subsistencia en un país donde escasea del empleo incluyendo el intelectual.

Urge un cambio de actitud. Los intelectuales dominicanos habrán de emprender  un agrupamiento o la formación de colectivos para fijar sus posiciones sobre las frustraciones e incertidumbres que vive la sociedad dominicana.

De igual manera los centros académicos y de investigación, como hábitat por excelencia de intelectuales, habrán de  sumarse al debate público de los grandes problemas nacionales, muchos de los cuales no figuran en la agenda de los políticos ni del gobierno. No hay universidad sin intelectuales.

En este sentido, las universidades dominicanas deberán ser formadoras de profesionales críticos y con vocación para la vida intelectual. Deberán estudiar, cuestionar y repensar la sociedad dominicana más allá del saber experto, como parte de una ecología de saberes, donde el saber científico pueda dialogar con el saber popular, con el saber de las poblaciones marginales, con el saber del campesino y de otros sectores sociales. La universidad es necesariamente una comunidad crítica.

Otra de las tareas pendientes de los intelectuales dominicanos será reflexionar sobre la cosificación del pensamiento crítico en donde la búsqueda de consensos y pactos políticos ha ido afectando significativamente el cuestionamiento de los consensos y pactos en sí mismos. Su presencia en la escena pública puede ayudar a adecentar las negociaciones turbias, manipuladas y saqueadoras.

La crítica social  exige al intelectual una  constante intervención pública lo cual lo vincula con otros actores sociales en función de la defensa de determinados valores éticos, políticos e ideológicos. No hay opción para la “no-criticidad intelectual”.

Hoy más que nunca el país les exige a los intelectuales que contribuyan a superar las visiones estrechas, ligadas a concepciones nacionalistas, dependentistas y globalistas.

Les pide proponer con urgencia descubrir caminos para la construcción del futuro dominicano ejerciendo activamente su rol fundamental de ser la conciencia crítica de la sociedad. Y no permitir que su espacio sea asumido por otros sin la capacidad y el compromiso para hacerlo.

¡Ojalá que los intelectuales dominicanos no estén distraídos ni amedrentados. Ojalá que estén  despiertos y dispuestos  a “escuchar  el llanto de la democracia”.  Ojalá que se atrevan a hacer sentir su grito libertario y a atender el llamado de la patria “aquí y ahora”!

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