Manifiesto para cambiar la educación

Héctor Rodríguez Cruz - 10 de Marzo de 2017 - 12:03 am - Deja un comentario

El punto de partida de este análisis lo aporta Edgar Morín, uno de los intelectuales franceses más importantes de la actualidad, en su obra “Ensenar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación”, publicada en español en el 2015.

Para el autor, cambiar  la educación es una de las tantas reformas que pide a gritos el mundo angustiado de hoy: “La reforma de la política, la reforma del pensamiento,  la reforma de la sociedad y la reforma del estilo de vida se combinarán para producir una metamorfosis de la sociedad”.

La educación de todos nuestros países tiene serias urgencias y deudas sociales. Vivimos una crisis de civilización, una crisis de la sociedad, una crisis de democracia que envuelve una crisis económica cuyos efectos agravan las crisis de la civilización, de sociedad, de democracia. Esta crisis depende de otras crisis que a su vez dependen de la crisis de la educación.

La crisis de la educación  debe asumirse con su complejidad propia, porque a su vez conduce a la crisis de la complejidad social y humana y a cuyo encaramiento y solución debe aportar mediante el descubrimiento de fuerzas regeneradoras para contribuir con la regeneración social y humana.

La educación regenerada, es decir, enfocada en su  propósito fundamental de “enseñar a vivir”, no podrá cambiar la sociedad ella sola. “Pero si podrá formar personas capaces de enfrentar su destino, más aptos para definir y ampliar su vivir, más aptos para el conocimiento pertinente, más aptos para reconocer los errores en el conocimiento, la decisión y la acción”.

    La misión de la educación debe ser “ensenar a vivir”.  Vivir es más que sobrevivir. Sobrevivir es subvivir, es hallarse privado de las alegrías que puede proporcionar la vida, satisfacer con dificultad las necesidades elementales, no poder desarrollar las cualidades y aptitudes propias

La educación debe ensenar el “buen vivir”.  La idea del buen vivir incluye todos los aspectos positivos de la vida, rechaza los aspectos negativos que provocan malestar y abre las puertas a la búsqueda del buen vivir que contempla aspectos psicológicos, morales, de solidaridad y de buena convivencia.

Para asegurar el “buen vivir” será necesario revitalizar la solidaridad, superando las degradaciones de las solidaridades tradicionales. La educación regenerada deberá “construir sociedad solidaria, responsable  y  democrática”.

Y dado que la ética surge de las raíces de la responsabilidad y la solidaridad, “la educación para el bien vivir deberá contribuir también a la  revitalización de la ética y a la remoralización de una sociedad degradada por el aumento de la irresponsabilidad y la corrupción”.

La educación para el “bien vivir” debe favorecer e impulsar la autonomía y la libertad de espíritu de cada ciudadano para saber distinguir la verdad del error, lo injusto de lo justo, para reconocer nuestras insuficiencias y nuestras carencias. Y también para  afrontar  las incertidumbres  y los riesgos individuales y colectivos.

Debe preparar también  para argumentar, refutar y superar el odio y el desprecio. “Para defender el derecho a una mejor calidad de vida,  defendiendo y  asumiendo también la defensa ecológica que nos recuerda nuestra solidaridad con la naturaleza”. Debe preparar para conocer la condición humana.

La educación para el “bien vivir” debe ir acompañada de una “política del bien vivir”, que debe combatir no sólo las miserias materiales, sino también las miserias morales, la soledad, la humillación, el desprecio,  el rechazo a los demás y otras muchas tragedias humanas. Y cómo no decirlo: aquí más  de cuatro millones de dominicanos no viven, sobreviven.

En la crisis de la enseñanza  – dirá Morín– está la crisis de la educación. El saber vivir, se encuentra en el corazón del problema y de la crisis de la educación. Y esta crisis está presente en el corazón de la educación dominicana.

Volvamos la mirada a la crisis  de la educación de nuestro país.  Y Ampliemos la mirada a las otras crisis.  A la crisis social,  a la crisis política, a la crisis económica, a la crisis de la justicia y a  la crisis moral.  Pero no nos dejemos aplastar y avasallar por las mismas.

Tampoco nos quedemos con los ojos cerrados y los brazos caídos. Gritemos ante  el dolor de las heridas  causadas por  estas crisis y llamemos  a la indignación y a resistencia regeneradora para abrir el camino de la esperanza mediante una educación regenerada y libertaria que  enseñe el  “bien vivir”  a todos los dominicanos. ¡Y que también enseñe a reclamarlo!

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