El arte: ascesis radical del ser

Plinio Chahín - 12 de Septiembre de 2017 - 12:08 am - Deja un comentario

Todo acto estético entraña un gesto voluntario y consciente. Implica relajar la voluntad para que sea involuntaria una parte del producto; es aferrarse, en definitiva, a una necesidad denominada azar. Esta conciencia de  contingencias expresivas tiene muchos puntos en común con la creación de los símbolos profundos que se producen como libertad de lo inconsciente, derivado de un momento singular del arte. Entiendo ese momento inexplicable de parte de cualquier análisis de la crítica, y con ello no estoy hablando de misterio, laberinto abstruso o metafísica alguna. A lo que me refiero es a la incoherencia de cualquier teoría que pretenda marginar, especialmente después del surrealismo, el papel del arte como vigor interno y, asimismo, como actividad del sujeto frente a la vida.

La experiencia artística resulta del encuentro del hombre con el mundo como complejidad imaginaria y sensitiva. El arte no puede empero darse sin una voluntad que se proponga superar simbólicamente al mundo. No todo está previsto y establecido previamente. Debajo de nuestra conciencia actúa la erudición sensible de una cultura, que podría simultáneamente contradecir o afirmar nuestro imaginario.

La aventura artística es una forma de conocimiento, pero además es una operación capaz de cambiar el mundo en tanto cambia al sujeto por su imbricación con lo social. Asimismo, esa aventura es un método de liberación interior, pensamiento no dirigido, emoción, intuición, catarsis o locura; experiencia innata, trabajo sostenido de las formas. En suma, es la especificidad de la obra lo que cuenta y su poder liberador, no instrumentalizado.

Lo que para Octavio Paz es la otredad puede así corresponder como anular, es decir, el hecho estético “es” y se resuelve en una dialéctica contradictoria. El artista hace la obra en ese preciso momento dialécticamente creador, pero la obra termina por fundar al

artista revelando siempre lo Otro. En consecuencia, todo acontece en medio de los símbolos que surgen espontáneamente, a pesar de que la obra únicamente se hace real al realizarse la creación y, por tanto, depende de ésta en su realidad; a pesar de eso, incluso precisamente por eso, la esencia de la creación depende de la esencia de la obra. Aun cuando “el ser-creado” de la obra hace referencia a la creación, sin embargo, el ser creado de la obra, así como también la creación, deben determinarse a través de su específica singularidad e historia. Es decir, el desocultamiento de la obra frente a toda otra producción, tendrá la particularidad de que ella misma exige su propia revelación.

El arte, antes que “servir”, destruye y niega las decisiones, los mandatos y los programas establecidos por las costumbres, los hábitos y el poder, pues el arte mismo posee algo de inconciencia y asombro que yo he denominado “viaje”. Desde y hacia nosotros. En un punto intemporal, ni desde, ni hacia: más acá, en la otra orilla. Fuera de ti o de mí, en ningún espacio o lugar. Quizás fuera del mundo. Sea como fuere, he aquí cómo podríamos reinventar la vida retomando lo más natural e inocente, hacia ese punto de cambio, distinción y catástrofe. De hecho, verdaderamente caótico al interior del ser. Esta realidad resulta por ello insostenible y limitada. La misma empobrece y reduce. Comporta variaciones continuas pero relativamente ideales a mi particular propósito.

Así pues, podría decir que mi objetivo es crear un substrato abierto en lo estético, incorporando lo cuántico a la intuición propiamente zen y ateológica. Se trata de crear formas e imágenes, aún inexistentes en nuestra tradición. Mi sugerencia supone abrir un espacio de transformación y crítica para fundar una “epifanía poética”, misteriosa e inasible. Se trata de una serie de “situaciones disipativas” estrictamente estéticas que hacen difícil la simplificación al mismo tiempo, desaconsejan el considerar el problema desde un único punto de vista y definir con excesiva facilidad, con optimismo o con pesimismo, la situación actual del arte dominicano.

De cualquier modo, deberíamos arriesgar nuestra libertad a través de esos signos hiperbóreos de creación, pues, en realidad, ¿qué somos y en dónde encarnaremos propiamente como imago? La vida es un invento del arte. El arte puede, por ello, conocer profundamente nuestras vidas. Somos esencialmente una leyenda, una representación exterior y vacía. Casi una novela o tal vez un drama sin representación. En cambio, la experiencia artística, con sus dimensiones profundas y siniestras, niega la exterioridad y funda una realidad Otra. Un orden mágico, alegórico y oblicuo. Naturalmente, una visión hiperreal y obscena, que de ningún modo tiene relación con ésta, no saliendo de ella, aunque siempre ya salida, velando lo que no ha comenzado ni nunca terminará, aquella vida donde el arte reemplaza al ser rozando el infinito.

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