Secuencias, acontecimientos…, o ser es acontecer

Podría responder enseguida al decir que el sentido es la clave que se expresa en todo lenguaje humano natural. Cuando hablamos, queremos transmitir, comunicar, distorsionar u ocultar un sentido.
Luis O. Brea Franco - 17 de Julio de 2017 - 12:08 am - Deja un comentario

El mundo es tiempo. Es espacialidad fugaz. Es tiempo espaciado. Es, aún, tiempo dilatado, tiempo abierto, florecido, amortajado, encubierto, agostado.

¿Qué se desprende de estas afirmaciones?

Primero, que el tiempo se revela como relación, como vínculo, como acontecimiento. Es espacio que brota y brilla como desvelado, como descubierto, como evento libre que se deja ser, es despreocupado ser que es simplemente, que acontece.

Y si nos aventuramos a cuestionar la extraña expresión “¿qué es ser?”, que parece deslumbrar por su presentarse como el linde del abismo que retoza en danza dionisíaca con la nada, ¿No provocaremos en las personas que usualmente se deslizan por las estricturas opacas de sentido de la vida cotidiana un mirarnos de soslayo, y un rictus de agotamiento, de tedio, con la seguridad ingenua de que se habla de un oxímoron, de algo contradictorio en si mismo? ¿Porque – se dirá- qué es este preguntar en apariencia por el ser del ser?

¿No constituye ese planteamiento un modo de perderse en un juego de palabras sin sentido? Quizás -podrían pensar- es, a lo máximo, puro juego, perder el tiempo. Aunque estos seres desconocen que el tiempo nunca se pierde, siempre se gana, siempre es, pues es el tejido de nuestro existir, que es gratuito, sin utilidad. Desde el punto de vista de la cotidianidad, desde el percibir de estos seres normales, existir es inútil. Necesariamente no está obligado a producir nada.

Para intentar superar el escepticismo del ser humano “normal”, arraigado, aparentemente, en el terreno firme de la cotidianidad, donde cada cosa se presenta  con la pinta de lo que parece, deberíamos intentar analizar lo que se pregunta y la estructura de la formula que empleamos para cuestionarnos sobre el tema.

Desmembremos la interrogación. Se pregunta, ¿qué es ser? Veamos. El “qué” es un pronombre, adjetivo y adverbio interrogativo y exclamativo, que cuestiona la naturaleza, la cantidad o intensidad de algo. Eso lo aprendemos con los rudimentos del idioma. Entonces en la pregunta se inquiere cuál es la composición, forma o estructura de “ser”, en este caso se demanda por el sentido de la palabra que nombra “ser”.

Se que no estamos en un aula de filosofía, por ello, no voy a desmigajar más detalles. Resumo lo captado: la pregunta cuestiona por el sentido de “ser”, por el sentido de lo que se nombra con esa palabra. Todo esto está bien, pues ya tenemos una dirección para nuestro cuestionar. Ahora surge ante nosotros otro asunto. Si nuestro preguntar se puede reducir a que cuestionamos por el sentido de ser, ¿qué significa sentido?

Podría responder enseguida al decir que el sentido es la clave que se expresa en todo lenguaje humano natural. Cuando hablamos, queremos transmitir, comunicar, distorsionar u ocultar un sentido.

Simplificando las cosas y poniendo el problema en sus términos más sencillos, lo que llamamos “sentido” se puede definir de múltiples maneras pero su estructura básica se sostiene en que relacionamos algo nuevo, desconocido o reconocido a medias con otro significado que ya conocemos. Por tanto la estructura básica de todo sentido se revela como una relación entre dos asuntos, estructuras, objetos o eventos conocidos, que creemos saber que significa, con otro elemento que al relacionarlo con lo que le ponemos de marco, de contexto o de base, como se quiera decir, y mediante ello, se le atribuye una orientación que se relaciona con el contexto que le sirve de apoyo o de marco de referencia. Toda esta palabrería pide ejemplos pulposos, concreción.

Tengo que saber lo que es mar para saber lo que es una barca o un pez, porque su contexto es ser un poblador del mar o un utensilio para transportarnos sobre el agua de la mar. Igualmente, los sueños en cierto sentido, acaecen en el dormir o en un estado de debilitación de la consciencia. Sabemos el que tiene un martillo, y lo distinguimos de una roca natural, pues el martillo adquiere su sentido de la utilidad que tiene para nosotros, ya que sirve como un utensilio para facilitar la edificación nuestro vivir.

Si imaginamos una oscuridad sin transición, a pesar de que esas tinieblas son, no podemos decirla, no estamos capacitados para nombrarla, pues en teoría es un único elemento, y la mente humana solo está capacitada de captar relaciones.

Lo que aparece como fondo ultimo, como lo absoluto, como horizonte final no podemos percibirlo sino como campo que sirve para contextualizar otros significados, otros entes. Sí podemos imaginarlo, pero en ese proceso siempre colocamos la negrura que aparece en el contexto de nuestra mente y por ello podemos percibirla en abstracto, pero siempre será percibida en el marco de nuestra imaginación como finito.

Cuál es el gran valor del ser, que constituye el gran descubrimiento del filósofo griego arcaico Parmenides, este es un reconocimiento fundamental que revela más sobre nosotros, sobre nuestro modo de percibir o sobre el modo de nuestra apertura constitutiva, que sobre el mundo considerado desde sí mismo.

Dicho de otra forma, el pensamiento revela que en nosotros opera un modo de develar, un modo de de descubrir lo otro, que somos seres abiertos a lo que aparece, es por ello que resume su revelación al afirmar que “ser y pensar es lo mismo”.

Sin embargo, lo que permite que aparezca el ser y el pensar como lo mismo es “la apertura constitutiva del ser humano”, nuestra constitutiva libertad, somos diferentes a los animales en cuanto estos permanecen encerrados en el instinto. Nosotros somos seres abiertos a lo otro, esa apertura es lo que constituye la capacidad de ser libre del humano.

Una descripción de esta experiencia fundamental de lo cerrado del animal la encontramos serenamente traducida a la palabra, en un poema de Rainer María Rilke, uno de los grandes creadores de la palabra del siglo XX, quien se expresa en alemán. La poesía se titula, “La pantera”, y está recogida en una colección titulada, “Nuevos Poemas”, que publica en dos volúmenes en los años 1907 y siguiente, cuando se encontraba muy influenciado por la obra del gran maestro francés de la escultura, Auguste Rodin.

Para facilitar la comprensión del lector de lo que digo, reproduzco el poema en la traducción del editor de la obra del poeta al castellano, Jaime Ferrero Alemparte, Espasa Calpe, Colección Austral, 1968, Madrid.

El poema se titula “La pantera”: “Su vista está cansada del desfile/ de las rejas, y ya nada retiene./Las rejas se le hacen innumerables,/y el mundo se le acaba tras las rejas. // Blando andar de flexibles fuertes pasos,/ y girar en el más pequeño círculo/ en que su voluntad se halla aturdida. // Sólo a veces se alza mudo el telón/de sus pupilas. Luego entra una imagen,/va por la tensa calma de sus miembros/ y se extingue al llegar al corazón //”.

El horizonte oscuro, último, se constituye y descubre en el instante en que percibimos por abstración ese “paisaje” lóbrego, tenebroso, que hemos postulado, y es aquello a que nos hemos habituado a nombrar como “la nada”, porque ese campo abierto es una noche sin sentido, que somos incapaces de expresar y que se constituye en nosotros como lo inexpresable, y por tanto usualmente es el marco inicial de lo que podría aparecer y que no puede ser dicha, ni expresada en palabras con sentido.

Pero Parmenides descubre el ser, para describirlo utilizo una imagen o metáfora. “Ser” se constituye metafóricamente como un primer, originario punto de luz que se despliega en el marco de la noche extrema que es la nada.

Y es desde la aparición como rayo refulgente que se constituye el ser en cuanto aparición de sí mismo, y al mismo tiempo, este esplendor de luz metafórica constituye la posibilidad de ser captado fuera de sí, es decir, se constituye como lo que nombramos como pensamiento o la función de aprehender esa luz desde fuera de sí, y sería desde allí que se constituye la capacidad de pensar, de captar un rayo de luz refulgurante desde su exterioridad.

Es por ello que Parmenides afirma con una formula su descubrimiento. Es la formula con la cuál interpretamos -al utilizar como instrumento para manifestar de alguna manera el contenido de lo que quiero explicar con nuestro pensamiento es necesario expresarse mediante una metáfora- y describimos el fenómeno que podríamos llamar fundacional, que se revela en y desde esta posible  relación originaria que nos constituye como seres humanos dando origen a la apertura que es nuestra libertad.

Desde este planteamiento me atrevo a señalar que a lo que apunta nuestra pregunta, “¿qué es ser?”, significaría que “ser” indica siempre a un “estar o ser en relación”.

Esta relación se revela de una manera histórica, en un tiempo, es el acontecimiento de que ha sido protagonista Parmenides, y en que hoy, históricamente -es decir en otro contexto y escenario vital-  constituye nuestro ser, nuestro acontecer, despliega lo que somos ahora/aquí. En cuanto somos evento o acontecer nunca podemos concebirnos como cosa, como materia objetiva.

Concluyo al decir que debemos aprender a experimentarnos en cuanto acontecimientos, es decir,  como circunstancia, como coyuntura, como una secuencia reunida, unificada por un sentido, por lo que ser en sentido humano jamás podría ser correctamente interpretado como una cosa, un objeto, una sustancia, un sujeto consistente o consciente. Ser significa circunstancia, mundo, época.

Todo lo dicho es válido sin olvidar nunca el gran descubrimiento de Nietzsche, que interpretar es siempre ejercer violencia sobre lo interpretado.

Conocer y ser en sentido general es violentar, es violencia ejercida sobre el mundo que se revela como una manera determinada vincular ser y pensar.

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