Todo al verde

Hoy, la bola está en el ámbito político y preocupa que la evaluación de lo posible se esté haciendo con la vara de lo que se ha hecho siempre, de los que hacen siempre.
Guillermo Cifuentes - 19 de Abril de 2017 - 12:09 am - Deja un comentario

“…la única posibilidad posible es reconstituyendo lazos con la historia.

No la de los monolitos sino la de las mujeres y los hombres vivientes.”

Eddie Arias

De lo estrictamente semanal hay dos cosas que no se pueden dejar de anotar: primero, el sorpresivo paso de República Dominicana al puesto N° 1 de los países en que más se lee la prensa brasileña, naturalmente fuera de Brasil. El incremento del número de lectores ha ido acompañado de un aumento en la inscripción en cursos de portugués en línea y le ha otorgado a los periódicos cariocas ciertas cualidades o  habilidades adivinatorias asociadas con cupos en recintos carcelarios, que obviamente no tienen. En segundo lugar llama la atención que luego de tantos años de que insignes intelectuales brasileños formularan la Teoría de la Dependencia, el gigante del sur esté nuevamente en la vanguardia de la filosofía social gracias al regalo de transparencia hasta la exageración que nos ha hecho Odebrecht al decidir literalmente pasearse en pelotas, y eso que no tiene Asesor de Transparencia. Ha quedado confirmado, tal como lo explicó Byung-Chul Han, que el problema no es la falta de transparencia sino la falta de confianza. Los periódicos brasileños dicen que si hacen falta ambas, la transparencia y la confianza, no hay nada mejor que la justicia.

Sin embargo, para entrarle a este miércoles, habría que añadir que en el margen de error del estudio cuyos datos he anotado arriba, se destaca que los dirigentes políticos están dentro del segmento de dominicanos y dominicanas que no leen los diarios brasileños. Eso ayuda a explicarse por qué una parte importante de la dirigencia camina por la coyuntura ignorando lo más decisivo de la realidad política y social: el verde.

El mejor camino al fracaso de los verdes y de la dirigencia política –y consecuentemente del país- es tener agendas distintas. Los primeros piden el fin de la impunidad. Los segundos, en todo el sentido de la palabra, ley de partidos y electoral, cuando en realidad tengo la impresión de que a varios de ellos lo que les importa es asegurar el financiamiento público, y pocos dudan que lo consigan a cambio de la mantención de la impunidad. El daltonismo político se expresa de manera transparente: están confundiendo el verde con el rojo, y al parecer quienes se están llevando los créditos son precisamente los rojos, amigos entusiastas del consenso y de la impunidad, nunca afectados por una denuncia o exigencia de institucionalidad o justicia electoral que, además, siempre ha sido bendecida por el empresario santiaguero árbitro del “play” más largo de la historia política.

Esta realidad, de un movimiento social sin el apoyo de los partidos políticos, que en su mayoría están en otra, es casi desconocida, o por lo menos ni se topa con experiencias exitosas de otros lados.

Lo digo a partir de revisar la experiencia chilena, en donde casi siempre que se habla de movimientos sociales se recuerda a los pobladores (los habitantes de los barrios), cuyas acciones urbanas les ganaron el título de constructores de ciudad. Pero cuando se trata de analizar la aparición de un movimiento social exitoso, en plena dictadura y con reivindicaciones políticas, es inevitable hablar de la movilización convocada por la Confederación de Trabajadores del Cobre en mayo de 1983.  Es eso lo que comienza a delinear el principio del fin de la dictadura.  De la convocatoria a esa gran protesta, que consistía en no comprar, no enviar los niños al colegio, marchas en todo Chile, copio un párrafo porque parece que lo escribieron para nosotros: “Nuestro problema no es de una ley más o una ley menos, o de una modificación u otra de la existente, sino que es mucho más profundo y medular. Se trata de un sistema completo económico, social y cultural y político que nos tiene envueltos y comprimidos, que se contradice con nuestra idiosincrasia de chilenos y de trabajadores, que nos ha tratado de asfixiar con armas como el terror y la represión para cada vez envolvernos más; porque nos fue impuesto a la fuerza y con engaño” (Llamado de la Protesta efectuado por la CTC en abril de 1983).

El análisis de esas experiencias hace que adquiera un primer plano la aparente dificultad entre un movimiento social y los partidos políticos convenientemente estimulada por quienes en esta vuelta eligieron darle la espalda al pueblo (pueblo en el más estricto sentido roussoniano) y por quienes apuestan al fracaso del movimiento.

A esta hora creo que los verdes mantendrán su accionar de movimiento social, aunque muchos hacen como que no entienden y los llaman movimiento anticorrupción cuando el motivo del conflicto es el fin de la impunidad y otros les abandonan en la calle mientras creen que serán un conveniente soporte a sus reivindicaciones sectoriales para ocuparse de nuevos contratos de defensoría legal, consultorías y asesorías y, por qué no, quizás hasta les caiga un proyectito.

Hoy, la bola está en el ámbito político y preocupa que la evaluación de lo posible se esté haciendo con la vara de lo que se ha hecho siempre, de los que hacen siempre. Atentos a los silencios del CONEP, ANJE o FINJUS, tan comunicativos en otras coyunturas, señales que el miedo a la democracia los paraliza y los hace arroparse junto al poder que les da calor, sea Trujillo o Balaguer o todos los demás.

Un nuevo acuerdo social y político realista, positivo y con vocación de cambio no pasa por que los verdes apoyen a los partidos: se trata de que los partidos apoyen la movilización del pueblo y de que los dirigentes políticos abandonen el twitter y en la difícil coyuntura que se avecina estén disponibles para la construcción democrática. Por supuesto me refiero a personas y a partidos que no estén en la lista de los sobornados.

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