Acabemos con la minusvalidez que sustenta “The American Way of Life”

Dios debe bendecir a "América", pero los "americanos" están compelidos a aceptar y comprender que Dios tiene, también, que derramar sus bendiciones sobre Siria, Libia, Irak, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Vietnam, Afganistán, Rusia, Irán, Corea, República Dominicana, Argentina, Puerto Rico, Perú, Costa Rica, Chile, Haití…
Nemen Hazim Bassa - 17 de Abril de 2017 - 12:08 am - Deja un comentario

Los norteamericanos deben aprender que todos los humanos tenemos el mismo valor ante Dios (al que usan de manera irresponsable para sentirse superiores y bendecidos, como vil expresión del desprecio con el que miran al resto de la humanidad, y en el que creen, de forma muy peculiar, validando el exterminio sistemático de millones de personas que sus mandatarios ejecutan en otras naciones a las que, da la impresión, la soberanía les ha sido despojada por encargo del propio Todopoderoso); que no son mejores que nadie y que cometen un grosero crimen al permitir al poder imperial tratar como desechables a quienes pensamos y actuamos, por ley natural de vida, de manera diferente.

¡Luchemos por la paz, no por la guerra! Hagamos saber a los “privilegiados ciudadanos del norte” que el Pentágono -con la monstruosa y destructiva capacidad militar que posee- y quienes administran el Estado están llevando a cabo interminables masacres de ciudadanos de otros países, arrogándose derechos que nadie, absolutamente nadie, les ha otorgado. Así como el pueblo americano tiene su forma de vida, otros pueblos del mundo tienen costumbres y estilos definidos, y, por tanto, prácticas de autogobierno que les son necesarias y propias.

¡Ya basta! Debemos realizar una campaña, dirigida exclusivamente al ciudadano estadounidense, que conmueva lo más profundo de su ser y abra sus ojos con relación a lo que las esferas pentagonistas, a las que sirve ciegamente, realizan con seres humanos que arribaron a este mundo con derecho a disfrutar de las mismas oportunidades; no con un sello en la frente que los etiqueta de inferiores porque, supuestamente, y con un interesado carácter de exclusividad, “Dios bendice a América“.

¿Quién invadió República Dominicana en 1916 y dejó sembrada la semilla del dictador Trujillo? ¿Quién impuso en Nicaragua la dinastía dictatorial somocista? ¿Quién derrocó a Juan Bosch en 1963 y mancilló, en 1965, nuestra soberanía? ¿Quién despojó a Colombia del territorio que hoy ocupa Panamá con la finalidad de construir un canal y establecer una hegemonía económica y militar? ¿Quién defenestró en Chile a Salvador Allende e instaló la sangrienta dictadura de Pinochet?

Dios debe bendecir a “América”, pero los “americanos” están compelidos a aceptar y comprender que Dios tiene, también, que derramar sus bendiciones sobre Siria, Libia, Irak, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Vietnam, Afganistán, Rusia, Irán, Corea, República Dominicana, Argentina, Puerto Rico, Perú, Costa Rica, Chile, Haití…

Es prerrogativa de cada pueblo darse el gobierno que merece; unos están moldeados para la vida “civilizada y democrática”, otros para ser presididos por “indolentes y corruptos” y unos cuantos para hacer vida comunitaria bajo la acción de una mano “férrea y tranquilizadora“. La democracia es la forma de gobierno que da sustancia al salvaje e inhumano capitalismo norteamericano; no es designio celestial ni mandamiento que el Omnipotente entregara a Moisés, según la Biblia, en el monte Sinaí.

¿Existe verdadera democracia en Estados Unidos? Los norteamericanos deberían preguntarle a Al Gore y a Hillary Clinton; y a quienes votaron por ellos. La dictadura del sistema pentagonista no dista mucho de los regímenes autoritarios convencionales: mientras en los últimos se castra la vida humana (y la lucha y la esperanza mantienen la llama encendida), en la primera, además de la desaparición física, se cercena el espacio para el sentimiento y la razón.

¿Se han preguntado alguna vez, los más de 315 millones de “americanos” -serviles incondicionales del imperio bajo el esquema de “trabaje, no piense; nosotros pensamos por usted“-, cuál es la razón del terrorismo musulmán en su contra o del odio que la mayoría de los humanos profesa a su nación? Si dedicaran, sólo para ilustrarse, una hora de cada día a leer la historia de los acontecimientos más importantes que han influido sobre su país, o a verlos por vía de los documentales que constantemente actualizan la realidad, desarrollarían conciencia acerca de las destrucciones, los vulgares robos de recursos naturales y las masacres que han perpetrado en muchos pueblos que no los han tocado, siquiera, “con el pétalo de una rosa“.

¿No fue el imperio que en Afganistán dio sustancia a Osama bin Laden y Al Qaeda para combatir las tropas soviéticas? ¿Qué hacía Donald Rumsfeld, exsecretario de Defensa, a principios de los ochenta, en Irak, mientras este se enfrentaba a Irán en una cruenta guerra, reunido con Saddam Hussein? ¿Por qué los norteamericanos no se ocuparon de las firmas yanquis que se ofrecieron a “ayudar” al mandatario iraquí “en el desarrollo de armas de destrucción masiva, según reportó un periódico alemán que obtuvo una copia del informe realizado por la Organización de Naciones Unidas? Pero no sólo fueron empresas, sino el propio gobierno estadounidense (encabezado por Ronald Reagan, NH) el que ofreció apoyo para desarrollar el potencial bélico de Irak” (La Jornada).

¿A los estadounidenses les ha sido vedada la lectura de los correos electrónicos de Hillary Clinton que demuestran que ella facilitó la entrega de armas al Estado Islámico, grupo terrorista que ha causado muerte, desolación y destrucción en Siria, una de las naciones que más bienestar proporcionaba a sus ciudadanos? ¿Con qué derecho Estados Unidos interviene en Libia y asesina a Muamar Gadafi, el mandatario que hizo de su país el más próspero de África? ¿No muestran, además, los correos electrónicos de la exsecretaria de Estado, información clasificada sobre el suministro de armas a los grupos desestabilizadores libios y los aprestos para derrocar a Gadafi?

¿Se han planteado los norteamericanos, en algún momento, la visita de inspectores de la ONU para determinar la posesión de armas de destrucción masiva? ¿Nunca les ha dado por preguntarse cómo, y con qué moral, siendo su país el único que ha lanzado bombas atómicas sobre seres humanos, se atribuye el derecho de privar a otros de tenerlas? ¿Quién le robó a México más de la mitad de su territorio? ¿Quién invadió República Dominicana en 1916 y dejó sembrada la semilla del dictador Trujillo? ¿Quién impuso en Nicaragua la dinastía dictatorial somocista? ¿Quién derrocó a Juan Bosch en 1963 y mancilló, en 1965, nuestra soberanía? ¿Quién despojó a Colombia del territorio que hoy ocupa Panamá con la finalidad de construir un canal y establecer una hegemonía económica y militar? ¿Quién defenestró en Chile a Salvador Allende e instaló la sangrienta dictadura de Pinochet?

Ni fueron fábulas ni palabras al aire las emitidas por dos de los más extraordinarios e ilustres latinoamericanos de todas las épocas. Decía Simón Bolívar, en 1829, que “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”; y José Martí, en 1895, “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas“. 188 y 122 años han transcurrido de la emisión de una y otra sentencia y los “americanos”, todavía hoy, con toda la tecnología al alcance de sus manos, no han sido capaces de asimilarlas. ¿La lógica? La gringa es una sociedad en la que es más fácil comprar un arma, ver a Los Simpson y tomarse una Budweiser que leer algún folleto o panfleto histórico; es una sociedad hecha para cautivar las mentes castradas por el consumismo… una sociedad en la que se comercializa el más vulgar y horrendo de los asesinatos… en la que los canales televisivos de historia no son más que vehículos para lo absurdo, lo insensato y lo vulgar.

Es tiempo de que el ciudadano imperial asimile las raíces de su cacareada bendición: cada carro, cada bombilla, cada acondicionador de aire… está respaldado por la muerte de un ser inferior -desechable, amputado-, así como cada dólar estaba respaldado por oro hasta que la administración de Richard Nixon le pusiera punto final en 1971. Llegó la hora de formar un movimiento que ponga fin a la minusvalidez que sustenta “The American Way of Life“, porque, de no hacerse, estaremos validando el tránsito, por la vía más expedita, hacia una hecatombe mundial.

Nemen Hazim

San Juan, Puerto Rico

15 de abril de 2017

 

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