Salomón Jorge

Salomón lamentó su muerte como médico y, sobre todo, como amigo. Años después me dijo una frase que nunca he olvidado: “Tu padre no tenía derecho de morir tan joven”.
Pablo Gómez Borbón - 18 de Abril de 2017 - 12:09 am - Deja un comentario

Hoy recordé a Salomón Jorge. Y me repetí que fue un honor para mí el haberlo conocido.
Salomón Jorge fue un aventurero. Tenía que serlo para abandonar Santiago, el centro del universo, e irse a estudiar a París, capital de los bárbaros galos. A los diecisiete años, justo después del paso del ciclón de san Zenón, tomó un barco cargado de guineos procedente de Martinica cuyo destino era el puerto francés de Le Havre. Sus pocos pasajeros cenaban en la mesa del capitán. A pesar de ser una embarcación modesta, estos tenían que vestir smoking cada noche. La insoportable etiqueta de los franceses…
Salomón Jorge fue, repito, fue un aventurero. Tenía que serlo para abandonar París, la ciudad Luz e irse a trabajar como cardiólogo a la aldea que era Santiago en 1937. Santiago era una aldea tan aldea que Salomón tenía que cargar a Jacqueline, con quien se había casado en París, para que no se enlodara en las calles mojadas por la lluvia. Tan aldea que Jacqueline lloró durante un mes, todos los días, añorando París, la torre Eiffel cercana a la casa de sus padres, en una aldea que no tenía si quiera un monumento.
Salomón Jorge fue un hombre culto, un lector empedernido. Una vez me contó que una noche se dirigió a la cama con cuatro libros bajo los brazos y un periódico entre los dientes. Jacqueline que, a pesar de haberse aplatanado, siguió conservando su acento francés y sus erres parisinas lo miró con desaprobación y le dijo desde la cama: “Carrrrajó, de momento comerrrremos librrrros”.
Salomón Jorge fue un gran coleccionista y un amante de lo dominicano. A escondidas de Jacqueline, quien se oponía a todo derroche, acumuló una impresionante colección de objetos tainos, que almacenaba en su consultorio.”Esa es la herencia que te dejaré”, le dijo a su esposa, a modo de excusa, cuando esta descubrió el tesoro. “Carrrrajó, lo mío me lo dejas en cuarrrrtos”, ripostó, con el mismo aplatanamiento y el mismo acento francés.
Salomón Jorge fue un hombre modesto, a pesar de sus innumerables virtudes. Recibió un montón de condecoraciones. Una vez, al ver que entre los reconocimientos que colgaban de las paredes de su consultorio figuraba la prestigiosa Legión de Honor francesa, le expresé mi admiración por los mismos. Me miró con una sonrisa burlona y me dijo: “Por todo eso en el Hospedaje no me dan ni una mano de plátanos”. En otra ocasión le propuse, mientras cenábamos en París, recomendarlo al presidente Mejía como embajador en Francia. Nuestro país no hubiera tenido un mejor representante. El doctor Jorge me dijo que estaba muy viejo para eso, a pesar de que le aseguré que la carga de su trabajo recaería sobre mí, como segundo al mando. No era verdad que fuera viejo para el cargo. Simplemente era modesto: no llegó a nuestra cita en un taxi, como hubiera sido lógico esperarlo, sino en una guagua, como lo hubiera hecho cualquier mozalbete.
Salomón Jorge fue un gran médico. Se mantuvo al tanto de los avances en su rama hasta una edad bastante avanzada. Asistía a congresos de cardiología que se celebraban en los cuatro rincones del mundo. Nunca se negó a cumplir con sus deberes. Por eso la politizada Asociación Médica Dominicana lo expulsó de sus filas. Pero él tuvo razón: el juramento hipocrático no admite las huelgas. Fue Salomón Jorge quien atendió a mi padre en su lecho de muerte. Infructuosamente. No hubo remedio: el suyo fue un infarto masivo. Salomón lamentó su muerte como médico y, sobre todo, como amigo. Años después me dijo una frase que nunca he olvidado: “Tu padre no tenía derecho de morir tan joven”.
Y es que la muerte no perdona ni a los hombres buenos. La muerte no perdona ni a hombres tan buenos como Salomón Jorge. Él, que pensaba irse primero, enviudó. Y sufrió esa desgracia tan grande que no existe para ella un nombre, en ninguna lengua: perdió a dos de sus tres hijos. Mientras que la yerba mala no muere, la muerte se ensaña con los árboles preñados de frutos.
Salomón Jorge fue sometido a una operación para subsanar un mal que la distancia y el tiempo me impiden recordar. Me cuenta Rafael Emilio Yunén que, mientras lo llevaban en camilla a la sala de operación, iba cantando La Marsellesa. Como los soldados de Napoleón seguramente la cantaban cuando iban a combatir con la muerte que los esperaba, disfrazada de invierno, a orillas del Moscova. Pero a la muerte, hélas, no la vence nadie.
Salomón Jorge murió a los 99 años. No tenía derecho de morir tan joven.

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