El carnaval como industria creativa

Carlos Andújar Persinal - 20 de Marzo de 2017 - 12:09 am - Deja un comentario

Las industrias creativas, conocidas también como industrias culturales, se concibieron desde los organismos internacionales que contribuyen  a definir políticas sociales, culturales, económicas e institucionales, eficientes y sostenibles para los gobiernos, que hagan viable los temas del desarrollo, la convivencia y el mejoramiento de la calidad de vida de la gente.

Por eso, muchas de las pequeñas cosas que la gente sabe hacer, desarrolla destrezas, o define un estilo propio dentro de oficios y actividades laborales específicas, todas se articulan en la gran madeja de las industrias creativas.

El talento, la creatividad, el saber hacer, la manera de expresar formas particulares de vida, son parte del acervo sobre los cuales se montan los criterios a tomar en consideración en este novedoso concepto, que busca convertir en riqueza social, en medio de vida y en programas de desarrollos sostenible, muchas maneras de hacer y de crear de los pueblos y comunidades, que, a veces, no se imaginan, que estas formas particulares tiene un valor de cambio y pueden ser generadoras de medios de vida, bien conducidas, con valores éticos, de preservación del medio ambiente y socialmente integradoras y reproductoras de modelos culturas y formas de vida.

Es así como la culinaria, la música, la artesanía, las expresiones diversas del arte popular, la danza, el carnaval y las demás expresiones y manifestaciones de la cultura y el propio folklore, se hacen apadrinar de esta nueva manera de gestión del saber popular, para traducirlo en un medio posible de actividad económica que pueda generar empleos, circularidad monetaria, mercado y riqueza social entre sus portadores y representantes.

Muchas cosas se derivan de su ejecución, una vez focalizada la manifestación en particular que pueda ser motivo de empuje y prioridad como industria creativa. Ello requerirá por supuesto, un conjunto de acciones dirigidas hacia la consecución de objetivos concretos, como la fortaleza hacia determinadas prácticas organizativas y de gestión que permitan logros y metas y por supuesto, la transformación de todo el andamiaje cultural motivo de la escogencia en una estructura tendente a generar demanda, mercado, circulación monetaria y fuentes de empleos que culminen con lo anteriormente dicho: una industria creativa que sea capaz de detectar talentos, habilidades, recursos humanos, gestión administrativa e integración de familias y grupos humanos a la misma.

El carnaval precisamente es considerado potencialmente un medio idóneo para crear una industria creativa: tiene los insumos, la gente, los protagonistas, la adhesión de públicos, la demanda, los recursos y la circularidad monetaria necesarias para colocarse en el camino de una verdadera y potente industria cultura. Hoy moviendo más de 500 millones de pesos, el carnaval con una presencia extensa en el territorio, no ha encontrado una ruta expedita que lo conduzca a su conversión como industria creativa.

No basta que se diga que circula mucho dinero alrededor de su convocatoria, no basta saber que esos días se benefician comerciantes y otros agentes ligados a la festividad: sastres, coreógrafos, músicos, artesanos u otros; de lo que se trata es de saber cómo esa red de participantes, ese tejido social, es capaz de pensar como sector, como beneficiarios y como responsables de un producto cultural que puede ser un medio de vida.

También se trata de que el Estado, a través del Ministerio de cultura, canalice, regule, acompañe (sin contaminar), todo el proceso que debe seguir una natural estructura, no espontánea, que involucre los portadores y demás agentes que se benefician de la manifestación cultural.

Entre las tareas por definir, tenemos que intervenir la comercialización para establecer con claridad, los destinatarios y beneficiarios, no serían en todo caso, solo los carnavaleros; comerciantes, artesanos, artistas, y otros oficios, también son impactados por el dinero que debe moverse, pero sabemos que deben ser los carnavaleros los mayores beneficiarios, y eso requiere una normalización que solo puede lograr en su fase inicial, el Estado a través del Ministerio de Cultura.

Sin embargo, cuidado con sobredimensionar lo monetario, sin considerar, la esencia, el motivo mismo de la convocatoria, su función como catarsis, sátira, crítica social, divertimento y creatividad popular. El propósito de conversión del carnaval en industria cultural, debe cuidar sus posibles consecuencias en la mentalidad de quienes son sus portadores y de la tradición misma. Solo eso advierto, por lo demás, no satanizo el proceso y el reto, todo lo contrario, lo veo como una tarea pendiente.

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