“Atados a los Recuerdos”: El narrar de la memoria

Julio Cuevas - 17 de Marzo de 2017 - 12:06 am - Deja un comentario
Cuando el discurso narrativo surge del devenir de la cotidianidad y los hechos entran a formar parte del entramado novelado, lo dicho por quien narra, se convierte en parte vivencial, muy propia de nuestra existencia. Es eso lo que se entrecruza y se encadena en el dramático panorama rural y/o bucólico que fluye desde los capítulos que estructuran el corpus narrativo de esta obra, donde las costumbres y los sanos valores procuran consolidar el núcleo familiar.
“Atados a los Recuerdos” es el narrar de la memoria, para situar al lector entre la melancolía y el ensueño de un romance que desdibuja su delirio, su amor y su desamor en un ambiente campesino, agrietado por insalvables diferencias sociales, a partir un tramo temporal que data de finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX, en una precariada sociedad de repentinos alzamientos montoneros, donde “bolos” y “coludos” se disputaban el poder político para seguir arrendando o hipotecando nuestro país, en ocasiones a España y al entonces naciente imperio norteamericano, quienes tildaron a nuestros patriotas de ser unos viles “gavilleros”.
Al entrar en los soportes estéticos que se mantienen en el discurso narrativo de esta obra, nos encontramos con un poetizar que se desliza por las enunciaciones descriptivas que el narrador asume, para argumentar sus enlaces y desenlaces narrativos. Veamos:
“El tiempo se detenía, el sol se deslizaba por entre las ramas de los árboles para alcanzar el claro donde estaba el complejo donde moraba el don, que hasta unas dos o tres horas atrás era un ambiente cargado de una acústica de altos decibeles resultado de la intensidad sonora emitida por los animales domésticos”.
Para el narrador, lo temporal marca el sentido del vivir de los personajes que interactúan en esta novela, por lo qué hay una manifestación cronológica de fechas y recuerdos que configuran la épica de nuestra historia novelada, mientras “el otoño tropical caía en suspenso en aquel paraíso consejo”. El narrador nos contextualixa el espacio de los hechos y nos configura fechas que son claves dentro del calendario oficial de nuestro pueblo, como sucede al ubicarnos en el 1905, año que, aunque como fecha de un natilicio, nos remite al inicial dominio de nuestras aduanas por parte del poder financiero norteamericano, lo que marca el primer paso de la intromisión directa del poder anglosajón norteamericanos, en los asuntos de nuestro país. De ahí que el autor de esta novela asume como excusa la ficción desde el discurso narrativo, para retomar situaciones propias de la realidad dominicana para fortalecer su decir novelístico.
Hay un narrador homnisciente, con dominio de las acciones y del pensar de los sujetos actuantes, que, en ocasiones, se auxilia de expresiones muy propias el filosofar de los hombres y mujeres del campo, para recordarnos siempre “cuidarnos del remolino del ciclón”.
La memoria, los recuerdos, lo onírico, lo lírico, el despecho y lo bucólico, son los ejes temáticos que se entrelazan con el costumbrismo rural cibaeño de aquella sociedad donde la exigencia del “pedigrees “, era un válido requisito para establecer una relación de amorosa o de cierta intimidad, y dónde tenía inconmesurable valor, un pelo del bigote, más allá del respeto sacramental del sujeto, por encima del fundamento ético y de la moral.
A manera de rejuego con la temporalidad y con lo espacial, el narrador retrotrae al lector imágenes de un pasado lejano a un pasado inmediato, sin perder el ritmo narrativo y, en la medida en que avanza en su narrar, proyecta el conflicto novelesco dentro de la melancolía de un romance inconcluso y la angustia existencial, traumática, somática o psiquiátrica, de una pareja flechada por el destino y derribada por los tabúes de terceros que se interponen al idilio de dos corazones que fueron derribados por el remolino de las diferencias sociales y raciales, lo que todavía suele aflorar hoy en día en nuestra sociedad.
El narrador, desde las acciones de “Pilo” y de “Mered”, los dos personajes claves de esta novela, hace desbordar el tratamiento sociológico y político de una realidad que, en el presente, todavía nos sirve de referente ante la irracional defensa de falsos abolengos.
Se trata de una novela que nos lleva desde las luchas internas e independentistas de Món Cáceres y Juan Isidoro Jiménez, el pleito de “Bolos” y “Coludos”, hasta llegar al “(…) trágico idilio de un largo y lúgubre discurrir…de un amor prohibido que, desde la clandestinidad de sus pasiones, agonizaba, porque la “hija de mami y papi”, no podía quedar embarazada de un “vulgar peón” y había que hacerla botar o abortar la barriga.
Se trata de un narrar, en ocasiones matizada de una filosofía cotidiana, existencial, metafísica, subrrealista, encaminado a resaltar los más sanos valor del sujeto, en contra de un mundo que se diluye entre lo fatuo, lo light y lo pasajero…
Al final de la novela, el narrador nos sitúa en una paradoja psico-existencial, donde lo metafísico y lo fantasmal obliga a buscar una respuesta que nos permita deslindar los vínculos entre la vida y la muerte. Yo no tengo, por ahora esa respuesta. Y tú, la tienes? Ayúdame a responderla, mientras yo vuelvo a leer esta novela.

No aceptamos comentarios ofensivos ni denigrantes.
Estamos interesados en el debate de las ideas, no auspiciamos ninguna ofensa contra nadie. Los comentarios que contengan mensajes denigrantes, ofensivos, difamatorios, injuriosos, por razones de raza, de política, de religión o de cualquier otra índole serán eliminados y sus autores excluidos de continuar comentando.