Otro artículo sobre ser mujer

Gnosis Rivera - 11 de Marzo de 2017 - 12:08 am - Deja un comentario

Al momento en que redacto estas líneas, la caravana de felicitaciones por conmemorarse el Día Internacional de la Mujer es tan larga como cualquier longaniza de fritura. Yo la verdad que no comprendo esa tendencia -o necesidad- de felicitar por todo; no sé si obedece al hecho de querer celebrar cualquier cosa con tal de eludir el significado y las calidades de los hechos, o si se trata más bien de seguir la corriente sin detenernos a pensar al respecto. Lo cierto es que me han felicitado más que en año nuevo y apenas voy por media jornada.

Yo nací brava y hembra. Con vagina y pechos; al principio estos eran más planos que el llano de Pedernales, pero con los años la promesa del brote femenino no se hizo esperar, trayendo con ella la complicación de unos pezones que debía esconder a como dé lugar, pues no está bien visto que una chica escandalice al resto con unos pezones de velitas de cumpleaños. La vergüenza asociada a tu cuerpo empiezan a inculcarla desde que una es pequeñita, con esa primera mirada de censura que te ordena: ¡cúbrete!, ¡tápate!, ¡siéntate bien! No tienes la más mínima idea de qué está mal, mientras tus pares varoncitos juegan libremente llevando solo unos pantaloncitos.

Eventualmente la bravura hubo de ser matizada y me enseñaron que tenía entre las piernas una suerte de gema con pelos que hala más fuerte que cualquier yunta de buey. Y no a todas las mujeres les explican el poder que la cultura le ha concedido a la dichosa gema, que no es más que una vagina. Solo te dicen que en ella está tu bendecido o bien frustrado futuro. Apenas tenía diez años cuando conocí la mirada de lascivia en un hombre, que parado frente mi cuerpecito desnudo, se quedó mirándome por unos segundos que parecieron horas, mientras me echaba agua con una lata en el patio de la casa de mi abuela. En ese entonces no conocía el morbo, solo sé que una parte de mi sentía que algo andaba mal y que debía cubrirme. Observen la diana del asunto: El problema no era el hombre, el problema era yo y mi cuerpecito de niña, desnudo y mojado. La suerte de mi condición de mujer ya estaba echada.

El tiempo transcurre y nos hacemos mayorcitas; nosotras llevamos la vagina, cargamos las mamas y los pezones, igual las nalgas y las caderas, pero parece que todo ello está supeditado a la aprobación o censura del resto. Cuando eres una nena debes mantener tus piernas cerraditas -eso de abrirlas a confianza no es de señoritas-, con lo bueno que es brincar y saltar y trepar árboles sin estar pendientes de los dichosos pantis. Igual con los pechos. ¿Tiene idea un hombre de lo que es llevar las tetas forradas todo el día? ¿Se han puesto a pensar en lo que pica el encaje? ¿Se imaginan el placer que produce quitarse los brasieres apenas llegas a la casa y se acaba la pose de pecho erguido? Probablemente no. ¿Han visto lo ridículas que lucen algunas chicas haciendo ejercicio con un abrigo atado a la cintura, solo para tapar el trasero? ¡No hombre, no!

Hace unos días, en plena faena de limpieza, tenía pendiente entregar el auto al mecánico, para unos ajustes. Pues yendo y viniendo del patio a la casa, lavando, barriendo, caí en la cuenta de que mis mamas saltaban como jóvenes enardecidos en verano. Pocas cosas más cómodas que la tela de franela rosando piel desnuda, ¡pero claro!, no tuve de otra que engancharme unos aburridos strapless negros, porque el señor mecánico ¡es un hombre!, y como tal, podía sentirse “provocado por mí”. Entonces mis tetas son mías, pero la sola presencia de un varón me obliga a taparlas. Aunque claro, yo me cuelgo de los anillos de Saturno cada vez que veo a mi vecino salir en bermudas de interior y sin pantaloncillos –sí, ¡que me doy cuenta!-, pero eso no importa, es un hombre y puede hacerlo.

Y eh ahí la frasecita incómoda: Ellos pueden hacerlo, una mujer es diferente. Esa es la idea que hay que revisar. ¿Es diferente la mujer o lo es la mirada que la sociedad pone sobre ellas? Recordemos que ambos somos la sociedad. Mientras un hombre puede hacer muchas cosas, a las mujeres no “se nos permiten” algunas. Peor aún, si tal o cual hecho se acepta, no siempre lo es por derecho, sino ¡una concesión! El problema, destaco, no está en un hecho particular, no estriba en qué se permita o qué no, está en el pensamiento subyacente a la prohibición o a la concesión. Entonces lo que hay que modificar es el patrón mental que pone a hombres y mujeres en posición de ventaja y desventaja ante una misma circunstancia. Y que quede claro, si hay ventajas y desventajas será para ambos géneros. No se trata de libertinaje ni privilegios ni bondades gratuitas. Se trata de no favorecer o desfavorecer a una persona respecto de otra, solo por la base de un pensamiento excluyente y discriminatorio asociado a su género.

Esos patrones mentales instalados en la psique colectiva son los que dicen que: 1) Una mujer que sonríe más de lo normal es una mujer que está coqueteando y ofreciéndose abiertamente al macho. Y que me expliquen qué carajos es reír más de lo normal; 2)- Si una mujer está sola en cualquier lugar donde se venda desde café hasta whisky, está diciendo: abórdame, busco compañía; 3) Si se daña el auto debo asegurarme de ir al mecánico con un amigo o mi esposo “a que me represente” no sea que me engañen; 4) Si conduce mal, seguro es mujer, si no, es homosexual…; 5) ¿Inteligente, bella y soltera? Seguro es loca o complicada; 6) La sociedad está bien fastidiada y todo empezó cuando la mujer decidió salir a trabajar. De aquí se desprende que “la mujer es la que educa… mira cómo estamos”; 7) Las mujeres son hormonales, resentidas y rabiosas, en tanto que los hombres sensibles solo están conectados con sus propias emociones. Mientras en la mujer la emocionalidad es una condición que la debilita y la predispone ante el resto, en el hombre la sensibilidad es un punto a favor que le confiere la empatía de los demás, en tanto que pocos quieren lidiar con las sensibilidades de una mujer; 8) Una mujer comprando condones es una puta; 9) Una mujer soltera que se embarazó, dio un mal paso y es una descuidada, se puso de loca.  La lista es larga…

Lo más irónico de todo esto, es que este conjunto de patrones de pensamiento han terminado atrapando al propio hombre. El mismo machismo ha construido la imagen del masculino fuerte, que provee, que cuida, que no se cansa, que no llora ni gime. Un verdadero varón que no tiene miedo a nada y que siempre irá a su amada a protegerla. Y tanto hombres como mujeres se han prestado al juego alienante de criar machos  y princesas, generando toda suerte de crisis existenciales. ¡Craso error!

El feminismo es el resultado de siglos de exclusión y discriminación, sustentada en constructos mentales tan fuertes que supone un gran esfuerzo el poder transformarlos. Véase que no he mencionado aspectos como el salario, profesiones, inclusión en política, ciencia, etc. Hablo de pequeños detalles, aquellos donde opera nuestro más llano y simple modo de pensar, eh ahí el mejor termómetro de cómo andamos. Hace poco una actriz auto declarada feminista fue hostigada por redes sociales, solo porque posó para una revista luciendo un hermoso escote. La sindicaron de hipócrita en su discurso solo por mostrar un atuendo en el que su seno lucía atrayente. Entonces ¿Si eres feminista no puedes insinuar unos pechos? Imaginemos la lucha que supone lograr derechos como salario, salud, educación, ¡si apenas se toleran las tetas!

Antes de felicitar, invito a mirarnos a lo interno y reflexionar sobre lo que implica ser mujer en esta sociedad. Más que educar para la subversión, propongo educar para el diálogo sincero de estos temas, ver todas las aristas posibles, escuchar puntos y contraponerlos. ¡Edificar! Si bien es cierto que vivimos en sociedad y las normas nos permiten vivir y convivir en relativo orden, lo que propongo es al menos conocer el porqué de estas cosas. Que las niñas y los niños conozcan el trasfondo real de lo que implica la masculinidad y la feminidad. Más allá de un pene y una vagina. Mostrarle dónde radica el verdadero poder de cada uno de nosotros. En un escenario donde el respeto y la cultura del autoconocimiento permee el antivalor de la discriminación y la exclusión sí que vale la pena la felicitación.

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